domingo, julio 01, 2007

Pesos Pesados (jazz para las masas)


Que el taller teatral de la universidad más costosa y elitista del país haya presentado una obra de Raúl Salmón, hace un par de semanas atrás, es sin duda extraño. Habrá quien, aun pecando de iluso, busque en ello algún sentido. El pasado jueves, en el Centro Simón I. Patiño, el prestigioso elenco del Teatro de los Andes daba inicio a sus actuaciones en Cochabamba, presentando "120 kilos de jazz", una obra unipersonal, de corte cómico, basada en un relato escrito por César Brie hace algunos años, y adaptado al teatro por Daniel Aguirre, quien también interpreta la obra. Esto tampoco es del todo común: el grupo de Yotala presentando una comedia ligera y de tonos populares. Mutatis mutando, el teatro, en uno y otro caso, nos sorprende por temas y contradicciones.

Comencemos aclarando que "120 kilos de jazz" no me gustó, lo que no quiere decir que haya carecido de la calidad usual del Teatro de los Andes, ni mucho menos. Tal vez ése es, parcialmente, el problema. César Brie y su talentoso equipo mantienen las expectativas demasiado altas, y que yo no haya podido disfrutar de su más reciente producción no quiere decir otra cosa que el problema debe ser mío, pues hay cientos de personas que podrán alabar la obra, con razones propias, seguramente valederas ¿No es así? Advertidos de una opinión divergente, podemos comenzar a tocar algunos puntos que, personalmente, considero pertinentes.

Daniel Aguirre es el versátil actor que se pone en las macilentas carnes del Gordo Méndez, un obeso personaje condenado al desdén de una sociedad obsesionada con mujeres hiperdelgadas, de plásticas maneras, y hombres de quijada tan cuadrada como su espalda trabajada en gimnasio. Y El Gordo, como es de esperarse, ama –desde el silencio y tan tímidamente escondido como su robustez lo permite– a una preciosa señorita de “clase media-alta” (que es hoy algo así como el nuevo lumpen, permitiendome la digresión), y que, es lógico, jamás se va a fijar en él. La celebración de una exclusiva e importante fiesta servirá de pretexto para que Méndez encuentre una forma de escabullirse dentro, al no poder contar con una invitación. El resto, casi una sucesión de chistes, nos lo contará el narrador desde el entarimado de su cuerpo, con gran vitalidad, y al finalizar los cincuenta minutos de hiperkinesis y carcajadas sabremos cómo puso El Gordo su talento de contrabajo humano a su servicio, y si es que finalmente pudo, o no, conquistar la gracia de su doncella.


Hay que recordar que 120 kilos de jazz es un monólogo. Es importante apuntarlo puesto que Aguirre presta su cuerpo, rostro y voz a un puñado de personajes muy distintos, con una soltura y eficacia sorprendentes. La gruesa humanidad de Méndez, el garbo porteño de El Flaco, las “chingonas” evoluciones de unos mariachis devaluados y algunos otros personajes más, son recreados por el actor casi de la nada. Su virtud para narrar una acción tan profusa con recursos tan escasos es sorprendente. Lo lamentable fue que, a momentos, Aguirre no manipulaba el “switch” de personajes a tiempo, y terminábamos escuchando al narrador hablando como El Gordo, o al director de orquesta como un mariachi agauchado. Entre ese problema y una de las más tristes parodias del estereotípico “argentino melancólico y vividor” que haya visto, la interpretación flaquea un poco (no pun intended); aunque la gran proeza física de Aguirre para “engordar” lo suficiente y encajar en el abultado vientre del Gordo, o para transmitir el juguetón dinamismo del texto, es admirable, salvando cualquier pequeña imperfección.

"120 kilos de jazz" no solamente debe representar un reto histriónico para Aguirre, quien demuestra por demás su capacidad para la actuación física. Su imitación del contrabajo humano es memorable y queda perfectamente sincronizada con una coordinación musical impecable. La elección de las piezas que versiona El Gordo, con maromas y gesticulaciones cercanas a las de un sapo en electro-shock, y el sonido de un fuelle sincopado, es más que correcta para cumplir los propósitos escénicos y generar la avalancha de risas pretendida. Se nota ahí una conocedora mano, pues el uso de la música no es ni de lejos incidental, sino casi protagónico. Trabajo coordinado que corresponde a Aguirre (que seleccionó la música), Gianpaolo Nalli (el gordo "original", que además de ser el gestor moral de la obra que inspira, también prestó la fonoteca de donde terminó saliendo la música) y al director y autor del texto, "La jam session de Méndez", César Brie.

En cuanto a lo temático, la enternecedora premisa de la obra me parece demasiado ligera para significar algo. Quizás no hace falta, esta es una “simple comedia”. Lo mismo sucede con el par de “apuntes críticos” que se cuelan en la obra. Sí, la clase media es (auto)racista. Pero eso es algo que todo el mundo sabe, hasta la misma clase media. Criticar lo que ya es convencional criticar no es criticar, no vale la pena hacerlo. Mucho menos si es que consideramos el público natural del Teatro de los Andes, que es - a saber - el más progresista y (pretenciosamente autoproclamado “culto”) de la ciudad.

Sería demasiado lapidario tildar a "120 kilos de jazz" como “Tra-la-la para snobs”, pero los elementos para conformar la comparación están ahí. Esta es una obra inocente y ligera, y cumple su objetivo, que no ha de ser otro que el de divertir y hacer reír lo más posible, por cuanto es una comedia popular (no es lo mismo que “teatro popular”, está claro). Y Aguirre lo consigue gracias a su notable capacidad actoral, esto hay que reconocerlo.

¿Si la obra fue un éxito? El público rebasó la capacidad del espacio habilitado para la representación, se vio a no usuales adeptos teatrales junto a “notables personajes del mundo cultural cochala”, casi compartiendo asiento y riendo juntos, es decir, se confirmó el rótulo de "taquillazo" que la obra arrastraba de anteriores presentaciones. Sí, el público disfrutó, rió, vitoreó y ovacionó de pie. Aunque la obra no me haya terminado de convencer, aquí huele a un triunfo. Bueno, es el Teatro de los Andes, ¿no?

1 comentario:

David dijo...

La obra 120 de kilos de jazz nos ahorró horas en el gimnasio para cagar de risa y adelgazar un poco, aunque quizá no adelgazó en nada nuestro sentido crítico, más bien lo hinchó. Espero que Cesar Brie y Cia. lean su comentario del blog, que a fin de cuentas, de comedia pasó a café concert o snob concert, un abrazo desde Santa Cruz.