Hace treinta años David Bowie, con la ayuda de Robert Fripp, Brian Eno e Iggy Pop, lanzaba desde Berlín una trilogía de discos que se convertirían en pieza fundamental para la historia de la música, debido a que estos iban a ser el eslabón entre el krautrock netamente alemán y la experimentación internacional, logrando así los primeros ejemplos del synth rock, electro pop, música ambiental e incluso rock industrial a finales de los setenta.
Pero ¿Por qué Berlín? ¿Qué tiene de bueno una ciudad que marca la división física de las dos potencias enfrentadas en aquel tiempo? Para David Bowie e Iggy Pop la respuesta era simple: encontrar tranquilidad, escapar de los excesos y trabajar a pleno en un nuevo disco. De hecho, Iggy lanzó su primer disco solista The Idiot en Berlin, y luego el Lust For Life, siendo también participe y testigo de lo que hicieran Eno, Fripp y Bowie juntos. Por su parte, Eno y Fripp fueron allá en búsqueda del característico sonido que era producido en Alemania por entonces (krautrock), para experimentar con él y así poder exportarlo al resto del mundo.
David Bowie huyó de Los Angeles porque se encontraba en una situación terrible. Su adicción a la cocaína lo consumía y estaba a punto de separarse de su esposa, finalmente la fama lo había hastiado. David comprobaba en carne propia que estar bajo los reflectores puede acabar con una vida fácilmente. "No le desearía la fama ni a mi peor enemigo”, diría mucho después. La condición limítrofe de Berlín dispararía en él otros apetitos.
Así es como el Duque Blanco comenzó su éxodo. Primero pasó una breve temporada en Suiza, y luego en Francia, en desintoxicación creativa y trabajando en lo que sería la primera mitad del Low. La otra mitad la concluiría en Berlín, con la participación de Eno y con la producción de Tony Visconti, mente maestra tras la producción de la Trilogía de Berlín.
Para 1977, Alemania, Berlín y el mundo, se encontraban divididos en dos. El alguna vez país de floreciente arte había dejado de existir hace mucho y la misma nación era casi ilusoria en su existencia. La mayoría de sus pensadores y artistas habían emigrado o pasado a mejor vida, y el esplendor de mentes como Jung, Lang, Benjamin o Bretch se vio opacado por la nube de muerte y destrucción que azotó a
Pero, a pesar de las adversidades causadas por la Cortina de Hierro, comenzaban a erguirse nuevos movimientos artísticos en el país. A principios de los sesenta Alemania volvía a estar a la vanguardia, esta vez gracias a los sintetizadores. La música electrónica daba sus primeros pasos. Junto con esta, el krautrock ganaba renombre, siendo únicamente Alemania el lugar donde se daba esta mezcla entre sonidos sintetizados en una máquina y rock de avanzada, mezclados en una poderosa conjunción amorfa, que a la larga iba a ser fundamental para el rock en los siguientes treinta años. Quizás tal cosa solamente era posible en Berlín.
Es por eso que “hipnotizados” por ese sonido, Brian Eno y Robert Fripp viajaron hasta Alemania para buscar a los productores de bandas como Can, Kraftwerk Neu! o Popol Vuh, para trabajar con ellos y así “aprender” a lograr esa mezcla perfecta entre rock y electrónica. Desafortunadamente ningún productor accedió a trabajar con ellos y los geniales ingleses terminaron desahuciados, librados a su suerte.
Mientras todas las puertas se les cerraban para Eno y Fripp, Bowie se encontraba extasiado de estar en un lugar como Berlín. La presión, los excesos y la fama se habían quedado en Los Angeles. Aquí David frecuentaba galerías de arte y bares, disfrutaba de la arquitectura y la moda, además que pintaba y componía como no lo había hecho en años. David Bowie debía terminar el disco que dejó incompleto en Francia, su excesiva creatividad lo demandaba. El encuentro con el dúo de ingleses fue una fortuita y feliz coincidencia espaciotemporal.
La primera parte de la trilogía berlinesa fue el Low (lanzado en enero del 77), demostrando la experimentación que Eno y Bowie abrazaban. El disco es un “subibaja” en franca búsqueda de nuevos sonidos, que van desde las guitarras angulares de “Be my wife” hasta el brutal paisajismo minimalista de “Warszawa”.
Este disco fue producido –al igual que el resto de la trilogía- por Tony Visconti. Los trazos más pop y rítmicos se deben a él, mientras la ambientalidad acongojante corre a cargo de los teclados y arreglos de Brian Eno. La técnica de grabación desarrollada por el equipo fue muy avanzada y singular. Ritmos procesados por máquinas alienantes, bases minimalistas llevadas al extremo, la ausencia de voces cuando parecerían indispensables, etc. Entre el uso de umbrales de sonido – con tres micrófonos instalados uno más lejos del otro, contra una pared, activados a distintos volúmenes de registro cada uno y todos en secuencia, creando así una reverberación natural y amplísima – o la composición disociativa que emplearon en las letras, probarían estar muy por delante de otros músicos.
Para la segunda parte, el disco Heroes de finales del 77, se uniría a la grabación Robert Fripp, quien aportó con las bases de guitarra y las consabidas frippertronics. Este álbum quizás representa la máxima conjunción entre guitarra y sintetizador. Un ejemplo “ilustrado” de ello es el tema “Heroes”, que cuenta con un recordadísimo y épico riff de guitarra reverberante de Fripp, las bases de sintetizador de Eno como ecos infinitos rebotando contra un muro y la afectada voz –adulterada con la formula de los micrófonos triples- de Bowie. Además, el Heroes quedaba como la muestra de un nuevo sonido arduamente trabajado por todos los que se vieron envueltos en la grabación, representando mejor que ningún otro disco el espíritu que impulsó esta colaboración.
El Lodger (1982), última pieza de la trilogía, contó nuevamente con la participación de Eno y con la producción de Visconti. Aunque el disco ya no era tan “alemán” como sus antecesores, porque algunas partes del mismo fueron grabadas en Suiza y Nueva York, y se noten los 5 años transcurridos respecto a los otros dos, el Lodger cierra la trilogía con notas similarmente llamativas. Con este trabajo Bowie concluía su colaboración con Eno y Visconti, abandonando también su extrañamiento curativo, pues con la nueva década el gran camaleón apuntaba hacia el new wave con gran olfato, retornando al ojo público.
Al final de la estadía, cual en didáctica historia, todos habían aprendido algo nuevo y era hora de retornar a los caminos particulares; aunque siempre quedaba la experiencia de haberse encontrado con un sonido y una nueva manera producir los discos en un pequeño estudio, a pocos pasos de un puesto de guardias rusos que controlaban el ingreso al otro lado de la ciudad, a la sombra del Muro. El exilio había resultado muy favorable a Bowie, quien no había podido encontrase consigo mismo en Los Angeles, rodeado de tantas distracciones. Una estadía en el lugar más triste y socialmente golpeado por las circunstancias políticas del momento – exceptuando



