sábado, marzo 18, 2006

Gracias Manu

Después de haber dado unos cuantos pasos, y ver que en el lugar algunos volvieron a sentarse, en forma de círculos, tomando cerveza, y fumando un porro. Algunos seguían tomando agua de las botellas que minutos antes habían arrojado del escenario. Me recosté en el suelo, lleno de colillas de cigarro, vasos de cerveza, y otras cosas, llevé mis manos a mis ojos, y traté de recordar lo que había vivido las anteriores cuatro horas. Seguía agitado por el pogo, sofocante como nunca, una sed terrible, y la extraña sensación de haber consumido marihuana sin siguiera haber fumado. La gente que pasaba por donde yo estaba, entre ellos varios conocidos míos, pensaba que estaba borracho, drogado, o desmayado, nadie me pregunto nada, solo me miraban en silencio.

Había salido de mi casa a eso de las ocho menos cuarto, boludamente pensé que las canchas de voley estaban cerca de mi casa, que podía llegar a pie en menos de media hora, lo cual fue mentira, y llegue a las canchas en una hora, atravesando calles desabitadas, algunas sin luz, cruzando el puente que une la Libertador y El Prado, uno se da cuenta que hay que caminar aun más, porque no hay un lugar seguro por donde caminar. El reloj lo había olvidado en casa, lo que creaba una ansiedad por llegar al lugar, lo cual me condujo a caminar, haciendo trucos para no ser atropellado, por las pequeñas áreas verdes. De verde solo era el color, porque lo único que había en las áreas era barro.

Luego de haber escapado del pantano, ya estaba cerca del lugar, mis zapatillas, eran una masa de barro, que subía hasta la altura de mis pantorrillas. En la puerta las filas ya se estaban formando, y poco a poco ingresaban los primeros. No esperé mucho para ingresar, y el tiempo que estuve en la fila la pase muy bien, ya que un rasta se molestó por que no dejaban el ingreso de bebidas alcohólicas, y empezó a putear a los policías que estaban por ahí, nadie le hizo caso.

Luego de pasar por una extraña revisión por parte de una oficial. Nos dirigían al lugar donde era el concierto, atravesar un pasillo sin luz. A la derecha vendían algo de merchandising del Manu, y en otro quiosco, y para alegría del rasta, vendían cerveza.
Luego de atravesar el pasillo, se llegaba al lugar donde se realizaría el concierto.

Estaba en la puerta, y frente a mis ojos se encontraba una imagen de lo más parecida a una tribu. Decenas de rastas, sentados en círculos en el suelo, tomando cerveza, quizás comiendo algo, pero todos esperando de una vez el concierto.

Lo que fue realmente impresionante fue la cantidad de turistas que se encontraban en el lugar, más de la mitad de todo el público era de otro país, lo que le dio un tinte distinto. No todos los días se puede ver a turistas alemanes beber hasta quedar borrachos, y escuchar sus cánticos de la selección de fútbol de su país. O los turistas argentinos, que mientras hacían el aguante, fueron víctimas del abuso del guarapo.

Ingresé solo, pero no tardé en verme con varios amigos, algunos que no sabían de la existencia de Mano Negra, otros que - para variar - van a los conciertos a joder, a buscar chicas, o a emborracharse. No me quedé con ninguno de ellos, resultaba mejor estar solo.

Después de haber recorrido el lugar por curiosidad, me encontré con unos amigos, a quienes conocí en un taller de narrativa el año pasado. Decidí quedarme con ellos, ya que la charla iba a ser más amena y era mejor que estar solo.

Tuvimos que esperar como unas dos horas para que empiece el show. Romeo, yo, Cecilia y un tipo que no recuerdo su nombre. Que mejor manera para esperar que tomando cerveza, charlar y sentir como el humo de segunda mano del porro también trae sus efectos.

Nosotros también nos habíamos sentado en círculo. Charlando, y esperando a que llegue el tipo al que mandamos a comprar la puta cerveza, y cuando llegaba, traía consigo solo medio vaso, diciendo que compró medio vaso, aunque la espuma estaba hasta el tope. En la espera, recordábamos viejas épocas, lo que había sido aquel taller narrativo, que fue de nosotros y en que estábamos metidos ahora. Acusando a nuestro sentido agudo de observación, en especial Cecilia y después yo, observábamos a los presentes, nos divertía ver la diversidad de personas que había en el lugar: Los rastas que ya estaban en onda, los chicos que pidieron permiso a sus papas, algún metalero despistado, las típicas “lolitas”, una pareja ya entrada en años, que tenían la pinta de discoteca para mayores de treinta, un ex hippie que estaba tomando cerveza, y un montón de gente tan extraña como nosotros.

“Esto es como un in sectario”, y así observando, charlando sobre la posesión del Evo, y tomando unas cervezas. Llego la hora del concierto.

Cuando se apagaron las luces nos separamos, por azares del destino, Cecilia estaba delante mío. En la segunda fila para ser exactos. Quedamos en que yo me quedaría en esa posición, ya que algún degenerado podía aprovecharse de la situación y ella la pasaría mal. Yo accedí a quedarme ahí.

El show empezó con un grupo de percusión que puso a bailar a toda la gente, excepto al tipo de cuyo nombre no me acuerdo, quien solo quería ver al Manu y pedía por el a gritos, esta acción hizo que varias personas que estaban a su alrededor lo putearan, el se fue al baño, mientras decía que este concierto era una mierda. No lo volví a ver hasta la salida. Los percusionistas realizaron un viaje por todo el continente, incluso interpretaron canciones conocidas por todos, lograron crear una atmósfera muy interesante, donde hasta el que menos sabe bailar, o moverse de un lado al otro, lo hizo. Cuando terminaron todos pensamos que salía Manu, pero estábamos equivocados la peor parte del concierto estaba por llegar.

Las luces en el escenario se apagaron, y salio delante un tipo que llevaba el gorro que caracteriza al Manu, todos se enloquecieron y se sintió un leve empujón de la gente de atrás. Se encienden las luces y nos llevamos una sorpresa. “El Manu se ha vuelto negro” le digo a Cecilia, ella sonríe y no responde, porque el supuesto Manu era el vocalista de un grupo de hip-hop alteño, que canta en aymara. Lamentablemente para el grupo, la desinformación les jugo un mal papel. Creo que hasta ahora no se enteraron que el Evo gano las elecciones, o que de octubre negro ya ni el Goni se acuerda, no se entendía nada de sus letras por dos motivos: el tipo no sabia cantar, o vocalizar, y no se porque diablos lo hizo, pero el vocalista, que llevaba una ridícula campera militar, estaba con la boca llena de coca, lo que hizo más ininteligible. Resulta que cuando el Manu estaba en el Alto, los conoció a estos tipos, de quienes se tiene malos recuerdos desde el concierto de Molotov, le gusto que cantaran en aymara y los invito a tocar con ellos en Cochabamba, grave error.

Después del mal trago del grupo de hip-hop que canta en aymara. Las luces se encendieron en todo el escenario, se corrió una cortina, y vimos por fin, los instrumentos y en el fondo una especie de bandera, con la misma foto del póster publicitario. Sale de uno de los costados una especie de roadie que empieza a conectar los instrumentos, mientras lo hacia, los rastas que estaban casi a mi izquierda se emocionan y empiezan a charlar con él “te queremos loco”, “dale, veni acá que nos fumamos un porro”, y cosas así.

Luego de una espera de diez a quince minutos bajan las luces, la gente empieza a realizar cualquier clase de ruido. “Agarrate, que ya nos empiezan a empujar”, le digo a ella. Y mientras la gente distraía con los ruidos, sale el Manu.

En ese momento recordé cuando estaba yendo a las canchas, cuando estaba pensando en que seguramente el Manu iba a salir con su guitarra y nos iba a cantar todas las canciones de sus últimos tres discos, pensaba que iba a ser una gran hippeada, y que si teníamos suerte iba a tocar alguna que otra canción de Mano Negra. Me equivoque.

El Manu dijo algo que no entendí, pero empiezan a tocar melodías entre punk y ska, donde él, su bajista y guitarrista tocan como locos, con una potencia y un sonido increíbles. Obviamente el público no se quedo quieto, y se desató un pogo nunca antes visto, los rastas se pusieron como locos, empujando y haciendo cosas típicas de un pogo. Los turistas europeos que hasta ese instante no conocían el pogo, lo conocieron, fueron empujados, recibieron codazos, patadas, arañazos y otros, algunos reaccionaron de mala manera, otros se quitaron las poleras y se unieron.

Mi situación era completamente distinta. A Cecilia y a mí, el pogo nos agarró mal, empujándonos, y para no fallar a mi promesa, la tome por los brazos y no la solté, la gente nos llevaba de un lado al otro, unas dos veces medio cuerpo de ella ya estaba en el suelo, realmente en la primera canción ella no la pasó del todo bien, generalmente las chicas no van al pogo, y si van se desmayan, o las pisotean, como a un par de chicas que corrieron con esa suerte. Yo estaba bien, aún sosteniéndola y con medio cuerpo en el pogo. Esta fue una de las pocas veces en las que pude realizar más de una acción satisfactoriamente. La sostenía a ella, y levantaba la mirada para poder ver al Manu.

La primera canción duró por lo menos unos quince minutos, donde la Radio Bemba, demostró que no es solo la banda de apoyo del Manu, el bajo se podía sentir hasta el piso, el guitarrista demostraba su experiencia, al igual que el resto de la banda, el ambiente se encendió, y duraría por mucho tiempo.

Las pausas entre las canciones eran mínimas, me recordaban a los primeros conciertos de los Ramones, cuando las pausas eran de entre quince y veinte minutos. Seguía sujetando a Cecilia, aunque cada vez se ponía más difícil, el pogo se ponía agresivo y las canciones del Manu, al principio la mayoría eran de Mano Negra, y estaban enganchadas, lo que daba el efecto de que duraban más de diez minutos. A momentos era la violencia y speed de una canción de punk, para luego pasar por el ska y terminar con el rock steady.

La situación mía en el pogo no cambió mucho, Cecilia y yo seguíamos siendo llevados de un lado al otro, sujetándonos como podíamos, y salvándonos por poco de caer y ser pisoteados.

El Manu saltaba en el escenario, entregando todo al publico que no paraba de pedirle más. En el centro del pogo el aire se ponía pesado y resultaba difícil poder respirar, el calor me estaba matando. Mi cuerpo quería parar, pero estaba mentalizado en seguir, y estar lo más cerca posible del Manu. Las veces que podía acercarme a Cecilia y preguntarle si estaba bien lo hacía, realmente me preocupaba, ya que mi protección no llegó a servir de nada, y ella la estaba pasando mal.

Una chica que estaba en la primera fila se desmaya, se la llevan y dejan el espacio libre. Cecilia aprovecha el espacio libre, y con las dos manos se sujeta de la especie de muro que había entre el público y la banda, yo la dejé ahí. Ella ya estaba a salvo.

El calor me estaba venciendo, y en una pausa que hizo el Manu, me saqué, con un solo movimiento, mi polera, la metí dentro mis pantalones, volvió la música, y yo me quedé dentro del pogo, el olor a porro se ponía cada vez peor, el alcohol ya estaba haciendo efecto en varios, que bailaban y entraban al pogo con más ganas. Cuando desvié la mirada, la mayoría de los tipos que estaban en el pogo no tenian poleras, lo que me recordó a un concierto de Los Piojos en Buenos Aires, donde la mayoría de las personas no llevaba polera, y cantaba con todas las ganas los versos de Andrés Ciro.

Luego de una hora de concierto, hubo una pausa. Las luces se encendieron. La gente se miraba, algunas tratando de despertar del sueño, otros, incluyéndome a mi, estábamos sedientos y cansados por la intensidad del concierto y el pogo. Luego de tomarse una pausa, la banda volvió, e interpreto una de las canciones que toda la gente estaba esperando, Clandestino. Era impresionante ver a más de dos mil personas cantar en una sola voz le canción que para muchos es casi un himno.

Y así siguieron las canciones, el Manu interpreto los éxitos de Mano Negra y también los suyos, mientras que el publico estaba cerca del éxtasis. En el pogo las cosas seguían igual, los valientes que se quedaron estaban a punto de desmayarse, la sed los mataba y no había manera de conseguir algo de agua. Estando en el pogo, de vez en cuando dirigía mi observación a la gente, sus rostros apenas podían verse, los empujones me llevaban de un lado a otro, mientras yo trataba de verle la cara a alguien. Mis ojos daban vueltas junto con mi cuerpo, las luces cambiaban, el escenario estaba completamente iluminado, dentro del pogo no había luz, solo un calor sofocante.

Las canciones no pasaban, se mantenían en el ambiente, los ojos no se veían pero las voces se escuchaban, el calor de los cuerpos se sentía, poco a poco nos fuimos transformando en uno. Mientras el Manu, no paraba al ritmo frenético de sus canciones. Mientras yo era llevado por el pogo, mientras las luces estaban apagadas.

Luego de más de dos horas, el concierto llego a su final, y Manu quiso despedirse con una ranchera que lo decía todo “Y volver, volver, volver, a tus brazos otra vez”, la clásica ranchera se había convertido en un punk-ska cover, donde se desato el “último” pogo, donde todos esperaban que esta ranchera nunca termine. Pero términó y el Manu se despidió de Cochabamba, con un adiós y unas gracias. Nadie quiso irse, y todos pedían una más “otra, otra, otra…”, al Manu todavía se lo veía deambular por el escenario, nadie creyó que esa era la despedida, y no lo fue.

El Manu volvió, con la misma energía, y tocó, y volvió el pogo, con más intensidad y la gente cantó con más fuerza. Viajamos a la Luna y volvimos, nos entregamos, al igual que él. Nos ofreció uno de sus mejores shows a cambio de nada. En el delirio, un rasta se sube a la especie de torre, donde se encuentran los parlantes, era el mismo rasta al que horas antes le había ayudado a que sea pasado por las manos, se montó en mi espalda, lo empujé donde estaba la gente, y lo empezaron a pasar. Cada vez más eran los objetos que arrojaban al escenario, recuerdos para el Manu. Al rasta lo bajaron, pero volvió a subir. El Manu invitó a uno tipo que estaba detrás del escenario para que cante, y lo hizo, y estuvo muy bien. Canciones que nunca bajaron de intensidad ni de sonido, canciones que eran interpretadas con el corazón y los huevos. Como preludio a su despedida, el Manu interpretó una canción solo, bajo una luz azul cielo, y siendo acompañado por las voces de miles de personas. La energía volvió por unos veinte minutos más, donde la gente, el pogo y el mismo Manu no querían abandonar el lugar.

El final llegó, y esta vez fue en serio, el Manu se despidió “No te olvides de nosotros” le gritaron, el solo levanto el brazo derecho y le sonrió al que le dijo. Todos habíamos presenciado un concierto donde el artista lo hace con el corazón, entregando todo, para un público que lo esperaba por seis años, y dejando a un público con ansias de volver a verlo.

Las luces se encendieron, traté de buscar a Cecilia, pero no la encontré. Hasta que una voz, la suya, me hablo. Empezaba a sentir frió, había sudado en exceso, y lo primero que hice fue volver a ponerme mi húmeda polera. Le pregunte a Cecilia si estaba bien, y que le pareció el concierto, las dos respuestas fueron positivas. El olor a marihuana seguía en el ambiente, mi cabeza daba unas cuantas vueltas, así que decidí recostarme un momento en el suelo, tapar mis ojos con mis manos y recordar lo que había sucedido. Minutos después fuimos interrumpidos por un policía que nos dijo que el concierto había termina do y que debíamos irnos.

Y así lo hicimos, en la calle algunos rastas tocaban percusión, y bailaban, otros se iban a casa.

Mis cuerdas vocales empezaron a arder, sabía de qué se trataba, sentía cada vez más frío y cansancio. En el quiosco donde vendían cerveza nos encontramos con el Negro, quien fue él que organizó todo el concierto, personalmente, lo felicité, su labor era admirable. Cecilia y yo nos quedamos conversando con él, hasta que empecé a sentir un ardor que empezaba en mis pantorrillas y terminaba en mi espalda. Sabía que era la hora de irme. Antes de que me quede tieso y no pueda moverme.

Cecilia se quedo con el Negro. Me subí a un taxi y me fui a casa.

El concierto fue ayer, pero todavía no puedo recordar con perfección lo que sucedió, sigo adormecido e impresionado, los golpes todavía no me duelen, aunque mis cuerdas vocales están hechas mierda. Voy camino a la Universidad pensando en lo de ayer.

Espero no desmayarme en clases.

Por ahora estoy bien.

7 comentarios:

federico dijo...

puuuuuuuuta q envidia. entretenidisimo tu relato, gracias

flacazul dijo...

yo viví ese concierto sola y rodeada a la vez, cerca de manu y bailando y cantando todos los temas!
de verdad que se sentía la fuerza de él y de toda la banda.
aún no me saco su mirada, su sonrisa y su volver... su, que me he enamorado, y te quiero y te quiero, sólo deseo estar a tu lado, soñar con tus ojos, besarte los labios.
aaay (suspiro)....
gracias por revivirlo.
a.

Anónimo dijo...

bueno... yo no fui al concierto pero con tremendo relato creo q ya lo viví todo... felicidades luchito!!!

besos

Chioka

Luis Rodríguez dijo...

Gracias por tu comentario amiga. No te olvides de visitar siempre el blog, habrá nuevos posts. Para cualquier comentario, sugerencia o si quieres recomendar algo, o participar en el blog, escribime a mi mail: luis_f_rodriguez_c@yahoo.com
Gracias por el comentario, muchos besos y abrazos
Luis

the_passover_itself dijo...

Demasiadas oraciones inconexas para mi gusto.

Y todavía se te da por no contestar a los demás comentarios.

Bueno

Anónimo dijo...

"Después del mal trago del grupo de hip-hop que canta en aymara."
Jajaja, ojalá no vayas a escribir sobre la muerte del "Manu negro", lamentando su deceso y bla bla bla, por no ser hipócritas digo.

Javier Rodríguez dijo...

"Touché", amigo anónimo. "Touché".

No se nos había ocurrido escribir sobre Abraham Bojórquez -a quien no veo cómo le cabe lo de "Manu negro". Aunque sí debo afirmar, en descargo del Lucho, que es perfectamente posible cambiar de opinión, de gustos y hasta de cosas más serias (nacionalidad, religión, tendencia política, inclinación sexual, etc.) en esta vida. Creo que, y me lo corrobora la lectura de cualquiera de nuestros textos más antiguos, es bastante´valiente mantener "publicadas" cosas que uno escribió cuando tenía (como en el caso del Luis cuando escribió esto de Manu Chao) 16 años. Sería comodísimo eliminar las debilidades de una persona (ni escritor, ni periodista, ni nada) aún en formación, pero no creemos que sea honesto hacerlo. ¿No te parece? En todo caso, eso de los virajes, no lo hacemos muy frecuentemente. Eso sí, darse cuenta de lo deficiente de la visión pasada, es inevitable. Fijate que en determinado momento solía gustarme mucho Feuerbach. Ja.

De cualquier modo, gracias por la visita, la observación, el comentario, por leernos y por pasarte el trabajo de meterte tan "a fondo" en los archivos.

Un gran saludo