domingo, abril 27, 2008
"Día de Boda" : Cine letrina
viernes, abril 18, 2008
Bug en 100 palabras
Celebramos el vigésimo aniversario del lanzamiento de Bug de Dinosaur Jr, la banda under más reconocida –valga la redundancia- de América. Este grupo con su trilogía de discos presentados en los ochentas (Dinosaur 1985 y You’re living all over me 1987) iba a preparar el terreno para que muchos grupos venideros coqueteen con las distorsiones para realizar su propia versión, entre ellos My Bloody Valentine.
Bug es un disco perfecto. La distorsión mezclada con tintes de hard rock y pop es increíble. La banda, que comenzó influenciada por el hardcore de la costa este, llega a una madurez impresionante. Si bien su placa antecesora es considera la mejor de toda su producción, Bug es el que los lleva a tener un mayor reconocimiento ya que el sonido es un poco más accesible, lo cual los lleva a tener un tema que se iba a convertir en clásico. Freak Scene es la probada de lo que se vendría en los noventas: melodía y mucha distorsión.
sábado, abril 05, 2008
Creo que olvidé la cabeza en el baño

Este trabajo se encuentra cronológicamente adelantado al resto de lo que se hacía en Estados Unidos por aquel entonces, y rivaliza en su frescura solamente con "Murmur" (1983) de R.E.M., "Doolittle" (1989) de los mismos Pixies, y tal vez "Let it be" (1984) de The Replacements. Si bien en los ochenta existió una movida musical bastante interesante, en especial con el post-punk, el hardcore, el revival sónico del jangle pop o el naciente hip hop (ya en otras aguas este último), estas vertientes fueron perdiendo fuerza conforme la década llegaba a su fin. Es ahí que esta banda surgida en Boston iba a revolucionar la música, creando un disco de furiosa intensidad, que capturaba el zeitgeist del cambio de década sin sonar fechado, más aún, casi con un sonido condenado a parecer perpetuamente moderno. Los Pixies, un grupo considerado como parte del rock universitario, iba a ser el buque insignia de lo que sería conocido posteriormente como indie rock, fundándolo todo con un disco que iba a definir todo este movimiento en la forma de componer y producir, en la forma de pensarse y pensar la música. Ese disco es justamente "Surfer Rosa".
El contenido violento, sexual, un tanto existencialista, pero principalmente surrealista, es el componente lírico de este segundo disco de la banda. Los temas compuestos por Black Francis, guitarrista y frontman del grupo, tocan de una manera algo insana éstas temáticas, predilectas suyas aún hoy. Las sensaciones, dignas de un esquizofrénico, y el mensaje que transmite el disco, es una de las primeras innovaciones que hace el grupo con éste álbum; encargándose, en resumidas cuentas, de presentarnos un lado oscuro y algo degenerado en la música, dejando claro que en los ochenta no todo era neón, new wave, “Safety dance” y Wham, pero lo hace sin caer en el oscurantismo poético de The Smiths, y aparentemente con un afán más lúdico del que rezumaba la tradición post-punk.Esa agresividad lírica se desplaza también a otro plano, el musical. La violencia en la interpretación, con guitarras distorsionadas y bastantes gritos, es uno de los componentes más notables de esta placa; sin embargo, también existen elementos armónicos a lo largo de toda la misma, que inclusive rozan el pop -y a veces incluso en una misma canción-, creando una mezcla de versos armónicos edificados sobre tensas guitarras, en desplome sobre una base musical en la que predomina una batería tremendamente energética y de pulsos nítidos, un bajo embriagado y mimetizado en el tejido rítmico sin perder su identidad, y una guitarra no tan destruida en su vocalización (a cargo del magistral Joey Santiago), consolidando una estructura que en los estribillos daba paso al caos total, al ruido descontrolado y a los alaridos de un grupo que se dejaba llevar hasta llegar a extremos insanos.
Tal balance entre melodía y disonancia remitía instintivamente a elementos de la música concreta y el free jazz, pero en realidad esa intuición no podía mirarse sino era desde una evolución muy propia del garage rock, destilada siguiendo nociones que se distanciaban en lo más explícito de punk, pero que tampoco tenían demasiado que ver con el rock clásico. Ese concepto, por fuerza novedoso, se heredó como un descontrol virtuoso a la hora de tocar –sin renegar del gancho melódico o del riff abortado entre ruido blanco– lo iban a heredar posteriormente bandas “indie” como Nirvana, Pavement o Built To Spill, reacomodándolo dentro del canon rock, con inflexiones siempre interesantes, pero debidas al sonido original de los Pixies.
El responsable de que este disco fuera tan diferente es Steve Albini, músico americano de noise-rock, frontman de Big Black, Rapeman y Shellac, además de ingeniero y productor. Albini fue contratado para darle a la banda algo que la
distinguiera del resto. Es así que utilizando sus peculiares y poco ortodoxas formas para grabar produjo este sonido, extraño pero tentador, y completamente inédito en aquella época. Un iconoclasta que compartía filosóficamente con la banda, Albini también había advertido que sus técnicas de grabación directa ayudarían a mejorar el registro de la banda, estableciendo su identidad de una vez por todas. De tal forma la resonancia de la batería y las guitarras es impresionante, incluso de algún modo calificable de “natural”, así como la voz y gritos de Black Francis, que parecen convertirse en un certero golpe que va directamente a la nariz. Tampoco debemos olvidar la participación vocal de Kim Deal, bajista del grupo, quien en “Gigantic” –canción que oculta una historia cargada de sexo entre aparentemente inocentonas líneas, esparcidas en una melodía no necesariamente lasciva– ofrece una interpretación magnífica, consiguiendo que una simple tonada de bajo se junte con una guitarra sabiamente distorsionada, ofreciéndonos uno de los mejores temas del disco.Capturando perfectamente la dinámica inexplicable de la banda (un estallido asordinado), "Surfer Rosa" también fue una revelación para los propios Pixies, que nunca habían podido canalizar su energía y crudeza melódica sino hasta colaborar con Albini. Así es que este disco no solamente ha pasado a la memoria rock como una obra reveladora, sino –y quizás ayudado por no tener el ancla conceptual de futuros trabajos de la banda– como el contenedor de gran parte de los hits del grupo. Canciones inoxidables que es imposible desmerecer por su condición exitosa, como “Bone Machine”, “Vamos” (¡y sus alucinaciones en español!), “Cactus”, “River Euphrates” o la esencial “Where is my mind?”, forman parte de este perfecto disco, en el que ni un solo tema parece fuera de tono o lugar.
"Surfer Rosa", el disco que sacó del agua a PJ Harvey, Billy Corgan, J. Mascis y cientos más, a pesar de haber sido lanzado hace veinte años, no se ha desgastado con el pasar del tiempo; es más, en las décadas posteriores ha ido recibiendo el reconocimiento por parte de la crítica y de un gran número de músicos, fanáticos de la banda, quienes en su mayoría nombran a esta placa como la que los convenció de dedicarse a la música, y no es para menos. Esta es una obra insuperable, desde la llamativa y provocadora tapa, pasando por el demente contenido lírico, hasta llegar a las capas de distorsión (la primera dosis en la que se mezcló perfectamente el noise y el pop) que ofrecen los Pixies en su mítico álbum, que sentó las bases del rock indie en las décadas siguientes y presentó el lado perverso e innovador de la música en los ochenta, anticipando lo que vendría en la próxima década por influyo suyo, habiendo llenado la cabeza a miles de jóvenes que -unos años más tarde- iban a crear su propia versión de ese sonido de halitos inalcanzables. Pero esa ya es otra historia.

domingo, marzo 30, 2008
Estética de la grandeza

Nacido en las afueras de Londres el 25 de marzo de 1908, su crianza rígida y religiosa le otorgó las guías morales y estéticas en las que fundaría su obra. Descubriendo el cine desde abajo (comenzó como mensajero en un estudio y escaló rápidamente hasta transformarse en el técnico de edición más respetado de su país), debutó como director junto a Noel Coward en la bélica "In which we serve" (1942), aunque fue la memorable "Brief encounter" (1945) la que lo puso en la mira de la crítica y el gran público. Esa preciosa historia suburbana sentó el tono de las primeras películas de Lean, más enfocadas en lo humano que en la pompa de sus posteriores filmes.
aso la obra de Pasternak), Lean ayudó a George Stevens a rodar su fallida versión de la vida de Jesús, “The greastest story ever told”; desastrada obra en la que se reconoce la mano del inglés en algunas escenas y secuencias fenomenales. Pero suceder a "Lawrence of Arabia" era una tarea dificilísima, por lo que la mucho más mediana "Doctor Zhivago" (1965) –que aún en sus deficiencias argumentales rayaba en la genialidad visual– pareció dar pie a los críticos (incluido Truffaut) de la cada vez creciente talla de las producciones del inglés. De cualquier modo, el film fue un éxito en taquilla y le trajo una nueva cosecha de premios al cineasta inglés.
sábado, marzo 15, 2008
Ensayo express

Una vez allí, cada uno de los jugadores deberá elegir de manera aleatoria—esto es lo principal—tres o cuatro libros*. En una de las variantes del juego, cada jugador explica a los otros su manera— la única regla es que sea aleatoria—de elegir sus libros[2]. Si la biblioteca está ordenada por áreas se puede, si así lo quieren los jugadores, establecer que no se permite seleccionar más de un libro por sección.
Cuando cada jugador tiene elegidos tres o cuatro libros*, los jugadores vuelven a encontrarse. A partir de ahí corre el tiempo. Cada jugador debe buscar un lugar tranquilo donde escribir. Puede hacerlo con lápiz o computadora*.
Para escribir su ensayo express, cada jugador tiene entre dos y tres horas*. El ensayo debe combinar argumentos y fragmentos de los libros elegidos[3]. Por supuesto, queda en manos de cada lector jugador la elección del número de páginas que leerá de cada libro y, por tanto, del tiempo que le dedicará a la lectura y la escritura del ensayo. La manera de construir su argumento con el material que obtuvo es libre. El límite del texto será de dos mil palabras*.
Una vez que el tiempo ha terminado. Los jugadores se reúnen de nuevo: cada uno lee en voz alta su ensayo (por eso es importante que no sean demasiados los jugadores ni muy largos los textos). En secreto, cada jugador vota por el que considera es el mejor ensayo. El ganador es, así, elegido democráticamente.
A partir de este momento, este blog recibe todos los express ganadores.
* Sujeto al acuerdo de los jugadores.
[1] La Biblioteca Central de la UNAM me parece el lugar ideal.
[2] Las variantes de la elección son infinitas y sus reglas están sujetas al grupo de jugadores. Mi amigo J. L. tiene un método muy original de selección pero un poco cansador: llama a un número telefónico al azar, pregunta con quién habla y usa las iniciales del nombre de su interlocutor como guía para la clasificación de sus libros. Si le contesta un Luis Rodríguez, por ejemplo, los libros que elige en pisos distintos –que corresponden a áreas distintas—deben todos estar dentro de la clasificación xyz LzyxR. Mi método es mucho más sencillo. Elijo al azar tres pisos distintos de la biblioteca (la biblioteca central tiene 10) y al llegar a cada uno de ellos camino hacia el primer punto en el que se fija mi mirada: así encuentro mis tres libros.
[3] Un día de mucha suerte, en la biblioteca de mi amigo A. B., a mí me tocaron Tecnologías del yo de Michel Foucault (Barcelona, Paidós, 1996), Ferdydurke de Witold Gombrowicz (Barcelona, Seix Barral, 2004) y La presentación de la persona en la vida cotidiana de Erving Goffman (Buenos Aires, Amorrortu, 2004). A ver si un día me animo a poner el resultado aquí.
domingo, marzo 09, 2008
Pablo Picasso bajo la lente de Brassai (G.a.U.t.)
Gustavo A. Urquidi T.

domingo, febrero 24, 2008
Litigare necesse est
Darle con fuerza a las corporaciones, y lo malvadas que son, debería estar prohibido. Y es que es muy fácil, casi como pegarle a un niño. Ciertamente es una actividad comprensible y necesaria (por mucho que las victorias obtenidas sean pírricas, o restringidas al celuloide, habrá a quien hace falta contarle que Enron o Monsanto son “chicos malos”), pero tal ejercicio tiende a hacerse redundante en su abundancia, y se degrada a una pasteurización de la siempre presente “lucha de clases” hoy, trasmutada en el contexto de las transnacionales y la globalización.En días en los que ser “progresista” es certeza de popularidad y tino, las películas de la temática parecen haberse habilitado como un género aparte, y como tal la alternancia de buenas y malas películas filmadas en su dominio es natural. “Michael Clayton” es la última y más notable adición a una lista que, al tiempo de robustecerse en cantidad, incrementa sus enteros como seria veta exploratoria, merced a películas de excelente factura que se han producido dentro de dichos cánones.
El visionado de “Michael Clayton” invita a una sencilla exclamación: ¡Cómo quisiera ser abogado! Esos mercenarios amorales, campeones de un nuevo orden ético a quienes detestamos tanto como amamos cuando nos urge de su correosa colaboración. Tan glamorosos y coquetones como corresponde a los vicarios de la potestad para determinar, con el mismo guante, los destinos de vulgares mortales y altos señores, son casi los conserjes del mundo –“limpian” las más intimas de nuestras suciedades–, pero comparten con los políticos el éxito que sólo los avales del metal ofrecen. Caballeros de fina estampa con muy bien remunerados “trabajos sucios”. Pero, ¿Cuánto daríamos por ver cómo le “saltan los tornillos” al más malnacido de los querellantes? Y es que eso es algo que no va a pasar nunca. No mientras “el deber” pese más que la conciencia. “Michael Clayton” juega con los anteriores argumentos, y especialmente con esta última posibilidad, elaborando un intenso thriller, que invita a estudiar la moral en un contexto campante de corrupción como el legal/corporativo.
Se sabe que en “Michael Clayton” nos espera el relato
del litigo entre una enorme empresa dedicada al procesamiento de químicos, de letal latencia, y los afectados por tales acciones. Y sucede así, aunque la cinta no se enfoca en la retaliación, sino en el intriguilis que envuelve a los abogados como personas, lo mismo que a los gerifaltes de la transnacional. Ese juego de complejidades dota una nueva dimensión al film, limando toda posible obviedad. Con todo, esta no busca ser una película “aleccionadora”, y simplemente se vale de la tensión y vigencia inherentes al tema para construir un ejercicio narrativo-fílmico impecable.Un thriller personal antes que “judicial”, nos recuerda a las viejas películas de los setenta –especialmente las de Alan Pakula– por su appeal adulto, su gusto lento y su ritmo hecho para verse pensando, para pensarse mientras se ve, prestando debida atención a los relieves discursivos. Con ese mismo aire de cine negro de segunda generación (el perteneciente a la eclosión urbano-revisionista de tal escuela, ocurrida justamente en los setenta), el debutante director Tony Gilroy sobrevuela un guión potente, balanceado entre desarrollo de historia y personajes, entre la narración meticulosa de la historia principal y la extensión de subtramas complementarias. Además del excepcional guión, una riquísima fotografía (muy cuidada en su sobriedad) y unas excelentes actuaciones redondean la película.
Hablando de las actuaciones, con la ambigüedad propia de los viejos (anti)héroes, George Clooney –como Michael Clayton– conduce el film, confirmando su postulación a Robert Redford “cool” de su generación. Junto a él sobresalen Tilda Swinton y Tom Wilkinson como contracaras de una simbiosis inconsútil, en la que un conmovedor Wilkinson merece apenas mayor destaque que la frigidez estresante de Swinton. El tenso contrapunto de ambos personajes (Wilkinson como un abogado de conciencia rápida y peligrosamente despertada, y Swinton como la maquiavélica impostación de una ejecutiva desencajada) comprueba ser letal, y revierte sobre Clayton (Clooney) el papel de punto de apalancamiento de la historia, robusteciendo su concurso y permitiendo que la película confluya sobre un personaje atractivo, pero a su vez aquejado por ambivalencias y problemas personales.Pareja y eficiente, una invitación a meditar sobre la moral y los trade-offs a los que nos someten las convenciones sociales, laborales y familiares; “Michael Clayton” se acerca más a “Mille Milliards de Dollars” que a “A Civil Action”, a la madurez introspectiva de “The Insider” que a la altisonancia de “Erin Brokovich”. Por ello se mantiene poco formulaica dentro de un armazón clásico, que jamás compromete por sus defectos, ni se permite transformarse en una melaza discursiva de difícil digestión. Y aunque arranca la carrera por el Oscar a Mejor Película sin posibilidades, como sucedió con la endeble “Crash” hace un par de años, no vaya a sorprender que, en un año en el que los dados y la politología yanki dan por posible a Barack Obama, las perspectivas de “Michael Clayton” sumen, invitando a tomarla muy en serio como probable sorpresa de la gala, sin ser la más fuerte de las que esta noche aguardan el veredicto.

domingo, febrero 10, 2008
El cliente siempre tiene la razón
En los últimos años la tecnología se ha ido desarrollando de manera abrumadora. Desde las primitivas maneras de comunicación hasta la llamada era nano los avances tecnológicos han sido pieza clave para definir cómo se iban a realizar las nuevas formas de interacción. Es por eso que hoy la herramienta que ha evolucionado hasta posicionarse como la más importante vía de conexión interpersonal con el resto del mundo es el internet.lunes, febrero 04, 2008
El Espectrómetro Engolosinado

“Los Andes No Creen en Dios” sería un libro de postales perfecto. Pedirle más que eso, incluso que funcione como una fotonovela medianamente decente, ya sería demasiado. La película acabaría tropezando con sus propias limitaciones tarde o temprano pues un despliegue de producción tan ambicioso no alcanza para hacer una gran película. El eye candy, como llaman los yankis al deleite visual puro y gratuito, lamentablemente no sirve para sostener la narrativa cinematográfica, que encuentra su completitud en el roce del lenguaje audiovisual y el de la textualidad literaria, con todas sus aristas creativas. No hay otra forma de hacerlo si lo que se espera lograr es una película redonda y robusta. Probemos poniendo a un sordomudo a cantar scat, si persisten las dudas.
La historia no es en sí mala. Hasta podemos decir que la forma en que se arma la misma es la adecuada, aunque si observamos las sub-tramas como historias independientes es fácil percatarse que están pésimamente resueltas, una constante falla en el trabajo de Eguino. Por ejemplo, y volviendo a la película de la que hablamos, solamente sabemos –o se nos sugiere vagamente– cuál ha sido el destino de Claros y Joaquín veinte años después de los eventos narrados; pero los otros personajes quedan simplemente colgados, a pesar de que su concurso es, en un determinado momento de la película, muy relevante.
Otro eje que vale la pena discutir es el temático. Antonio Eguino se ha hecho en nuestro cine algo así como un cronista histórico de excepción, pero sigue sufriendo en la dirección de actores y encima trabajando con guiones proverbialmente malos, como el de esta película. Y no me refiero a los acentos de los actores y su adecuación –algo menos que una exquisitez, si se me permite– sino a una construcción discursiva absolutamente risible. Y si es que estas cosas suenan tan mal en el papel, en la pantalla lo harán incluso peor. Salvo que seas Shakespeare o un anacrónico discípulo del Siglo de Oro, la regla general para escribir diálogos cinematográficos digeribles debería ser: “Si te lo dijeran, ¿Te reirías?” o “¿Se lo dirías así a tu vecino?”. La tiesa contorsión de los actores al espetar semejantes parlamentos, cuesta la película.
lunes, enero 28, 2008
Al diablo con las categorías

El Nuevo Periodismo, desde una perspectiva histórica, corresponde a la escuela literaria que nació cabalgando la contracultura, durante las transformaciones de la década del sesenta, y que se apoderó del periodismo con esquemas conceptuales modernos, aproximándose a la realidad con una ventaja que el devaluado periodismo, miope y reduccionista en su praxis, no contaba. Arrancando en revistas como "The New Yorker", "Rolling Stone" o "Esquire", puso la agitación del protagonismo generacional (propio de la crónica de los medios “underground”) al nivel de las mayores manifestaciones literarias, dotando a este hibrido de un reborde estético cuya identidad se sostiene en la amalgama escritor–reportero–personaje.
Suele confundirse el Nuevo Periodismo con las variantes más narrativas que se han cultivado dentro del género informativo (esto sin salirse de sus límites en el plan rupturista del auténtico Nuevo Periodismo). Al parecer todavía existen problemas al momento de diferenciar novelas de no ficción (caso “In cold blood” de Truman Capote) de textos alumbrados en otro plano mental y con aspiraciones a veces distintas (como “Radical Chic…” de Wolfe). Y es que hablamos de algo en extremo sutil de discernir, pues: ¿Leemos Nuevo Periodismo cuando la crónica roza la autobiografía? o ¿Es arriesgado llamar a John Dos Passos periodista antes que novelista?, no son preguntas fáciles de responder, y de algún modo representan la disyuntiva confrontada cada vez que un texto pretende pasar (con justicia) la criba anterior a ganarse el rótulo de "neoperiodística".Veamos, a continuación –y quizás “rizando el rizo”– nos animamos a apostar por un set de diferencias entre periodismo narrativo, periodismo literario y Nuevo Periodismo, esperando encontrar referencias para la distinción de uno y otro abordaje. Elementalmente observado, el periodismo narrativo consiste en aplicar las técnicas de la literatura a la narración de experiencias y hechos de la vida real, todo enmarcado en una revalorización de la relación entre el autor, el hecho y los personajes; cabe resaltar enormes novelas “reales” como las de Capote o Walsh, muchas veces erróneamente tomadas como pioneras del Nuevo Periodismo, en éste género. En cambio, el periodismo literario gravita menos en el campo de la ampliación personal del texto y construye su aporte más como un efecto estético y no tanto formal; es decir, busca un nuevo planteamiento para el correlato de la realidad, con una distinta intensidad al utilizar los matices más sofisticados del lenguaje en la transmisión del mensaje periodístico, por lo que se le podría emparentar con el ensayo antes que con el cuento.
Entonces la distinción fundamental del Nuevo Periodismo está en el autor y la adquisición de un nuevo compromiso retórico, en una profesión ideológica y no meramente estética. El Nuevo Periodismo pretende alcanzar una lectura literaria de la realidad, dado que el proceso de constitución discursiva del periodismo es común a cualquier reconstrucción de la realidad, incluida la literatura “de ficción”. Esto quiere decir que, al menos en sus variantes más radicales, el Nuevo Periodismo puede prescindir del hecho noticioso explícito para sumergirse en una exploración mucho más profunda de la intercontextualidad. De ahí que un concurso de bastoneras sea igual merecedor de cobertura mediática que el asesinato de Kennedy.
De cualquier modo, el Nuevo Periodismo es todavía un tema urticante en círculos puristas (por su tendencia a vulnerar el precepto “sagrado” de la objetividad), cuando en realidad se trata de un periodismo que asume su real naturaleza subjetiva, compartiendo con el lector el juego entre verídico y verdadero, entre verosimilitud y contextura narrativa, que usualmente se purgaba en el fuero interno del redactor. Rescatando la importancia del quién y el cómo, incluso por encima del qué, al momento de construir el mensaje periodístico, queda claro que para practicarlo se necesita ser mejor estilista que transcriptor.
Aparecido en 1962 con el artículo “Twirling at Ole Miss” de Terry South
ern, y habiendo adquirido su denominativo con Tom Wolfe, el Nuevo Periodismo mutó en un gemelo decadente y maleducado –el periodismo Gonzo, que tuvo en Hunter Thompson a su principal cultor– mientras que autores como Gay Talese y su estupenda “Frank Sinatra has a cold” mantenían la sobriedad y rigor clásicos, a la vez que enriquecían el texto tanto como los neoperiodistas más afectos al discurso interno o al “directo subjetivo”. Durante las décadas del 60 y 70 grandes nombre como George Plimpton, Joan Didion o Nicholas Tomalin conseguirían hacer del Nuevo Periodismo sinónimo de periodismo (y literatura) de calidad, capturando el espíritu de una época con una fidelidad imposible de alcanzar de otro modo. Y aunque al ingresar a los 80 el enfriamiento nihilista le restó impulso al género, con el nuevo siglo éste recuperó fuerza desde la pluma de Matt Taibbi, P.J. O’Rourke o el polémico Stephen Glass.Denominado como el aporte “auténticamente norteamericano” al periodismo, lo que si es muy inexacto, por mucho que el género efectivamente haya nacido entre calles y redacciones yankis, la influencia del Nuevo Periodismo a nivel global es tremendamente amplia. Particularmente en Sudamérica, donde con una generación de retraso, escritores como Cristian Alarcón o Alejandro Seselovsky adoptan el Nuevo Periodismo como una forma de continuar la tradición de Rodolfo Walsh o de Pío Baroja, en un auspicio despertar que esperamos cunda en el continente. Tampoco hay que olvidar que parte de la culpa por la confusión léxica entre Nuevo Periodismo (new journalism) y periodismo narrativo la tiene Gabriel García Márquez, que habiendo practicado el segundo –y de excelente forma–, parece querer encabezar el capitulo “sudaca” del Nuevo Periodismo, aunque su trabajo queda muy lejos de los preceptos constitutivos del neoperiodismo y se acerca más bien (junto con el de otros periodistas narrativos usualmente confundidos por neoperiodistas como Tomas Eloy Martínez o Juan Villoro) a Defoe o Twain, grandes periodistas narrativos de herencia más tradicional.
A casi cincuenta años de su aparición, algunas de las “revolucionarias” formas del Nuevo Periodismo se han hecho prácticas cotidianas del género, al punto que casi todas las crónicas que leemos hoy cuentan con alguna de ellas. En tanto, el surgimiento de un nuevo modelo comunicacional pluriárquico e intertextual profundiza la necesidad de un replanteamiento en los preceptos periodísticos. Hoy, cuando la información es tan abundante y su acceso se ha simplificado, los medios impresos deben poder capturar a un lector más exigente, ofreciendo textos de más largo aliento y volviendo al “viejo” dilema planteado por los neoperiodistas: afrontar al lector con el texto y al autor con la realidad. En su resolución está el quid de su supervivencia.
Un producto de su tiempo tanto como una forma de reflejarlo, esta innovación, pretendiendo eliminar a la novela como el vehículo principal de la literatura, consiguió conjuntar algunas de las mejores características del ejercicio narrativo con la satisfacción de las necesidades que el periodismo convencional aspiraba a llenar. A veces con la sutil belleza de un “cronismo para cronistas” o con la torpeza mentirosa de la ficción, esta práctica metaperiodística subvertida desde la literatura, hizo del Nuevo Periodismo la veta más intensa de la literatura en los tiempos que vivimos. Difícil de categorizar o explicar, bien hacía Tom Wolfe al mandar al cuerno las etiquetas genéricas –incluida la que él mismo inventó– y nos equivocaríamos al insistir en el retruque, no creyendo a William Faulkner cuando afirma que “la mejor ficción es mucho más real que cualquier tipo de periodismo –y el mejor periodismo siempre lo ha sabido.” De ahí en más no importa cómo lo llamemos.
domingo, enero 20, 2008
Folsom Prison Blues

La particularidad de este concierto no estriba en lo musical, sino en que Cash, al elegir una cárcel, no solamente confirmaba su viejo “enamoramiento” con esa imaginería, sino que decidía hacer el concierto para comunicarse con una audiencia muy específica. La fuerte identificación de Cash con los internos es la misma que sienten ellos con el músico, estableciendo un proceso único de comunión que finalmente podía aspirar a consolidarse en aquel momento. El respeto que sentían por el hombre de negro (que fue detenido hasta siete veces, la más notable de ellas por contrabandear 1163 píldoras "de varios sabores" desde México) era el respeto por un compañero de tribulaciones, cosa de la que Cash supo nutrirse a lo largo de su carrera, hasta el punto de que si algún músico había de tocar en Folsom, no podía ser otro sino él. La cuidadosa selección de canciones, todas relacionadas con temas carcelarios, consolidó definitivamente el nexo. La furiosa oscuridad de la experiencia encontraba, en la voz de alguien que obtiene su autoridad de la vivencia, el único vehículo posible. Ese pistolero, arrobado en el privilegiado escenario del comedor de la prisión de Folsom, había nacido para esto.
iversalmente recibido como una obra consagratoria, su éxito aseguró un reverdecer para Cash, por entonces lejos de su mejor forma. Dicho renacimiento músical, comercial y popular le que le permitió presentarse a una nueva generación, con la que compartió desde un programa de televisión que condujo y en el que recibió invitados como los nada menospreciables Cream, Ray Charles o Bob Dylan. En cuanto a lo musical, en la estela del "John Wesley Harding" y el giro de “el country es cool” potenciado por el viraje del gran Bob hacia el género, con "At Folsom Prison" el estilo campirano se insertó definitivamente en la música popular global, ya libre de reparos prejuiciosos. La aparición de otros músicos “forajidos” como Buck Owens o Merle Haggard, y su grato recibimiento, son también consecuencia directa del triunfo de Cash; del mismo modo que el surgimiento del country rock (de nuevo vía Dylan y sus “interpretes oficiales” en los sesenta, los Byrds) se debe en buena parte a este seminal trabajo.


