"El periodismo literario no tiene nada que ver, pues, con los suplementos literarios y otros dominicales, cuya oferta se hace hoy por arrobas, sino que está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Una buena columna vende más que el rancio destape o la muerte de un torero. Porque los columnistas, como los rockeros, de los que algo tienen, son unos viejos muchachos que nunca mueren."
Francisco Umbral
Se nos mueren todos. Una larguisima lista de ilustres óbitos enluta este 2007, superando la capacidad de reacción periodística y obligándonos a evaluar –en una “celebración de la muerte” que no debería ser necesaria– a quién se dedicará el obituario ésta semana; tanto así que últimamente parece haber mayor interés por leer la sección necrologica de los diarios antes que cualquier otra. La semana pasada (martes 28 de agosto, la demora de este encomio no es culpa sino de las excesivas demandas temporales "de la vida real") lamentamos la muerte del más importante prosista que haya dado España en el último siglo, el gran escritor y periodista Francisco Umbral.
Corrección: Catalogar como “escritor y periodista”, por separado y como si fueran cosas distintas, al hombre que (de este lado del idioma español) hizo más por fundir ambos oficios, es por lo menos impreciso. La importancia de Francisco Umbral en la reivindicación del periodismo como forma literaria es tal que podemos afirmar que el español no era “sólo” un columnista, o un periodista ordinario, sino un “escritor de columnas”, con toda la contundencia semántica del rótulo.
Aunque su muerte ha tenido relativa resonancia mediática
, el de “Paco” Umbral no es un nombre demasiado conocido fuera del espectro peninsular, a pesar de que en España casi no hay periodista que no le considere un maestro. Muy a pesar de ello, el aporte de Umbral al género periodístico como una de las grandes manifestaciones literarias contemporáneas, hacia la transformación de la columna en forma poética, es tan grande que, por mucho que él renegara del oficio (“no soy periodista pues nunca he dado una noticia”, aseguraba), el periodismo vernáculo, usualmente de ideas angostas y voces minúsculas, encontraba en “Paco” Umbral un Prometeo rompedor, que proclamaba desde la contratapa de los diarios –con la contradictoria opinión que le era característica– el summun de la realidad hecha literatura.Hay muchos escritores hibridados entre periodistas y literatos, pero la principal diferencia la marca el propio Umbral, que rompe la tradición “alimenticia” de este oficio, dotándole de innegable valor como “carrera para escritores”. Por ejemplo, si Ortega y Gasset accedía a publicar en diarios “para sobrevivir”, con Umbral el autor comienza a existir para escribir columnas periodísticas. Quizás la mejor prueba de esto sea la cantidad de premios literarios que mereció “Paco” Umbral, obtenidos a pesar del permanente recelo que guardaba la academia por un tipo de “Corte y calle”, que apoyado por sus mentores Camilo José Cela y Miguel Delibes, recibió los Premios Cervantes y Príncipe de Asturias como revalida postrera a la notable carrera de un autodidacta en el sentido más pleno.
También gran escritor de narrativa (verbigracia la ampulosamente humana "Mortal y rosa", o sus reconocidas "Las ninfas", "Leyenda del César visionario" o "La noche que llegué al Café Gijón"), Umbral inventó al periodista como autor –al menos en lo que a España se refiere– enraizado en las tradiciones ibéricas, costumbro-vernaculistas, y en continuación de un legado que iniciaba con Quevedo y se prolongaba con Larra, Azorín y Gómez de la Serna. Para ello se preocupó de darle a sus columnas una nueva dimensión lírica, construida desde su estilo ingenioso y vívido, en paralelo con la poesía y de exquisita sensibilidad lingüística. La naturaleza de las columnas diarias –hermanadas en volatilidad y capricho al mercurio– no fue óbice para que Umbral hilara con sutileza entre realidad y narración, entre poiesis y crónica, haciendo de la memoria (colectiva o personal) y de la disección de lo cotidiano una forma artística que hallaba su vehiculo máximo en las paginas de un periódico.
Individuo profundamente escéptico e idiosincrásico, caprichosamente amarrado a sus ideas y voces, Umbral escribía excelentes columnas en las que no se leía a la persona –como suele hacerse de ordinario en las abundantes y medianas columnas diarias– sino un discurso articulado desde la sabiduría personal, que no quería hacerse didáctico ni reglamentariamente “comprensible”; sin concesiones temáticas o formales. “Paco” Umbral, "rara avis" literaria de inclasificable estilo, cultivó la ironía de trabajar grandes párrafos, aparentemente “herméticos” para el lector desprevenido, a la vez que se acercaba en temas al “español de la calle”, propugnando el suicidio escatológico de la “escritura burguesa”, en jaque entre una “derechona” que no lee y una “izquierdona” que no tiene tiempo para hacerlo. Lanzado como antropólogo de la interurbanidad tribal madrileña, se hizo indispensable para comprender el postfranquismo desde su (a)critico sarcasmo desencantado, mientras se ocupaba de redibujar el limite literario del columnismo, forzando en este el uso del adjetivo como exceso resonante, cuando la prosística típica del genero periodístico reniega de ellos. Retratista de su sociedad y renovador del lenguaje, ambas facetas del extenso campo de influencia de Umbral, alcanzaba así una entelequia fundamental.Una suerte de icono cultural por derecho propio, con el aspecto de “dandy chingui”, sus gruesas gafas con marco de pasta, su melena gris, la voz bronca y una infaltable bufanda blanca, “Paco” Umbral era un personaje identificable incluso para aquellos que, sin leerle, le conocían por la mordacidad de sus apariciones televisivas o su legendaria aura de “inconformista conservador”, parte esencial del panorama cultural español del Siglo XX y paradigma periodístico universal.
Lo triste de habituarse a un deleite cotidiano es que uno lo da por sentado y comienza a olvidar agradecerlo. Ahora que no podremos leerle diariamente, en esa parte “heterodoxa dentro de la ortodoxia del periódico”, nos queda el consuelo de tenerle en sus afortunadamente numerosas columnas, poseedoras de la “gracia y virtud de fijar el momento en su escritura”, un ejemplo que hay que imitar, agradeciendo por siempre a Francisco Umbral el habernos mostrado un paraíso que ya nadie podrá arrebatarnos; un paraíso que como las palabras o los hombres, el tiempo y la memoria, es mortal y rosa.
