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domingo, marzo 10, 2013

Cosas que se te pueden ocurrir viendo a Yo La Tengo



Más que un esbozo de crónica, esta es una colección de las ideas que se me ocurrieron mientras veía a Yo La Tengo el miércoles pasado. Espero que sirvan como invitación para escuchar esta banda, evocando al mismo tiempo algunas de las sensaciones del gran show que dieron los estadounidenses.

Uno: Ya fue eso de analizar canciones usando terminología marxista. Lo de aplicar aparatos de corte ideológico a la cultura popular es muy sixties. Además, la muleta académico-filosófica les pertenece a los críticos de rock que hoy pisan su quinta década de vida. Pero, cuando Ira Kaplan presentó una canción diciendo “Nos apenó mucho enterarnos de la reciente muerte de…”, lo primero que se te vino a la cabeza fue Hugo Chávez. Por algo la política es el pasatiempo favorito de los bolivianos. En un país tan rácano en la producción de divertimentos pop, política y entretenimiento sufren un inevitable isomorfismo. Como está sucediendo aquí. Total, la banda se refería a Kevin Ayers. Acordemos, mejor, que eso de Tesis-Antítesis-Síntesis es una idea Hegeliana. Así se puede decir que “Ohm” es la canción sintética de Yo La Tengo sin desatar dramas dogmáticos. Cosa además indudable: si Yo La Tengo fuera un solo individuo, esta sería su composición más personal. Pero tampoco hace falta tirar de la ficción. Basta notar la forma en que las voces de los tres miembros del grupo se mezclan y conducen la canción. O recordar que en realidad todos tocan, a su turno, todos los instrumentos. Quizás no en “Ohm”, pero allí hay dos guitarras que se funden en el flujo rítmico de la batería, como si se tratase de la vibración de un mismo instrumento. Además, “Ohm” es la clase de cosa que no estaría fuera de lugar en “The Velvet Underground” (1969). Un elogio mayúsculo para un trío que desde siempre se ha perfilado como heredero de la Velvet. Aunque “Ohm” es demasiado british invasion para pasar por una obra de V.U. Demasiado garage, demasiado brillante en su desaliño. Está tocada por esa esencia hip pero relajada tan típica de Yo La Tengo, de su Hoboken natal y de esa cepa germinal del rock indie que integró el trío. Es, por algo, la canción que abre su más reciente disco y (en versión acústica) también este concierto, con el que se supone vienen a presentar “Fade”. Hegel o no, si tuviésemos que destilar un concentrado de lo que es, cómo suena y qué representa Yo La Tengo, “Ohm” no sería una mala opción.

Dos: Parte del éxito de Yo La Tengo es aspiracional. El gancho más claro está en ese Ira Kaplan que pasó de crítico de The Village Voice a liderar una de las bandas más respetadas, longevas e idiosincrásicas de la esfera indie. Pero no todo el mundo es un crítico de rock con ganas de cruzar la barda. El atractivo del grupo es mucho más universal, y pasa por la encantadora pareja que forman Ira Kaplan y Georgia Hubley. Son contadas las bandas de rock independiente en las que un matrimonio juega un rol tan fundamental. De hecho, con la otra gran pareja del indie disuelta hace poco, la primacía no se le discute a Yo La Tengo. Pero la que anclaba Sonic Youth no era una relación horizontal... Kim Gordon tocaba el bajo en una banda de guitarras. En cambio, Ira y Georgia confunden sus registros vocales adrede. No cuesta imaginar que esta pareja de fanáticos del béisbol de verdad se enamoró en una tienda de discos. Por esto la transparencia de “Big day coming” es esclarecedora, contándonos cómo una cita ideal para esta pareja implica pasarse la noche tocando juntos rarezas de los Stones. La felicidad doméstica, profesional y estética que proyectan Kaplan y Hubley es completa. Nos seduce de una forma en la que el matrimonio ejemplar de un pastor bautista serviría para preservar la moral de su congregación. Incluso se permiten escenificar ese equilibrio al tocar “Big day coming”, que cierra la mitad acústica del concierto. Si lo usual es que Georgia Hubley cante desde detrás de la batería e Ira ponga las cascadas eléctricas, aquí tenemos a Kaplan susurrando sobre el piano mientras Hubley dibuja filigranas de feedback con una guitarra. Así, una canción que con sus caminatas ‘agarrados de la mano y en silencio’, podría terminar siendo la versión indie de una balada melosa, se transforma en un gesto de complicidad tan sublime como auténtico.


Tres: Hace poco descubrí lo qué es un candado chino. Me parece que es la analogía perfecta para describir el solo de guitarra en el rock. Son pocos los músicos que se salvarían de ese estereotipo, e Ira Kaplan debería estar entre ellos. La táctica de Kaplan consiste en otorgarle a la guitarra un vértigo físico, que no intenta integrar el solo en la arquitectura de la canción, sino que busca la coherencia jazz de James ‘Blood’ Ulmer o Sonny Sharrock. De ahí que el público entero haya contenido el aliento los instantes previos al primer solo de la noche. Con “Stupid things” comenzaba el segundo set, la mitad eléctrica del espectáculo, y por unos instantes se hizo un vacío en el auditorio. Esa es la clase de emoción que genera el trabajo guitarrístico de Kaplan. Lo que también explica el bajo vuelo de su presentación en el Primavera Sound 2012. Aquella tarde había algo que no terminaba de funcionar para Yo La Tengo, y no era el tamaño del escenario, el horario, ni mucho menos la seguidilla de hits que se sacaron de la manga. Poco después nos enteramos que Ira Kaplan estaba muy enfermo, aquejado por una dolencia que no le dejaba completar un concierto de pie. Mal podría entregarse al torbellino de energía que le exige su estilo al tocar la guitarra. Imagínense, si Hendrix tocaba la guitarra de espaldas, Ira Kaplan lo hace con la espalda, restregándosela por todo el cuerpo. Ya recuperado, hoy se ve a un Kaplan que ha recobrado la energía, la vitalidad y hasta la capacidad de divertirse. La confiable brújula que constituye el guitarrista, explica la consistencia de una banda que, con tres años de diferencia, viste hacer dos de los mejores conciertos de tu vida (el 2010 y el 2013). Además de otro muy bueno (el del Primavera 2012). Es un promedio más que notable.

Cuatro: El otro secreto del éxito sostenido de Yo La Tengo es su carga genética más próxima al garage rock que al indie. Me explico: para mí Pavement es la quintaesencia del indie noventero. No es sólo una cuestión generacional (Ira Kaplan le saca una década a Stephen Malkmus), sino de filosofías de vida. Cierto que Malkmus y James McNew fueron DJs en la misma radio universitaria y que tanto Kaplan como el líder de Pavement comparten la excentricidad velvetiana en su acercamiento al pop, al uso de la guitarra, etc. Pero, apelando a un símil esclarecedor, Pavement son Los Simpson y Yo La Tengo Rocky & Bullwinkle, o el “Adventure time” original. Parte del atractivo de Pavement está en su posmodernidad cool, en su cinismo formado al calor de la cultura popular y los medios masivos. Como Foster Wallace o Tarantino, bestias noventeras por excelencia. Yo La Tengo carecen esa perversidad. Una malicia, por cierto, autodestructiva. Puede que Stephen Malkmus sea hoy un tipo mucho más tolerante, pero incluso así es imposible imaginarlo haciendo un cover de George McRae, como con el que Yo La Tengo cerraron este concierto. O tocando ese pastiche de Prince/Sly Stone que es “Mr. Tough”. Los de Hoboken tienen la inocencia de una banda primeriza, encantada con la oportunidad de tocar, sea lo que sea. Claro que eso no quiere decir que son ingenuos; al contrario, muerden hasta sus propias canciones, como hicieron al tocar con incuria y crudeza “Is that enough”, tan prístina en su versión original. Podrán comenzar el show con un set de nueve canciones acústicas y hacer un bis a cappella, pero en el medio te aturden con latigazos de ruido, con un volumen que en “Blue line swinger”, “Before we run” o la paradigmática "Pass the hatchet I think I'm good kind", aclara que hay más de un motivo para su célebre colaboración con Kevin Shields. Y sí, es la misma banda que le saca brillo a The Seeds, Devo, The Go-Betweens… o graba un tema titulado “We’re an American band”, como ese himno de Grand Funk Railroad, quizás la banda de rock menos cool de la historia.


Cinco: A juzgar por la tapa de “Fade” y la decoración del escenario, el emblema de Yo La Tengo en esta gira es un árbol. Con una ambientación más que sobria, el único elemento visual extra provino de tres  (bastante caricaturescos) arbolitos de cartón, cada uno colocado detrás de donde se sitúan los miembros de la banda. Es una metáfora sencilla y perfecta. Kaplan, Hubley y McNew son tres individuos distintos, pero tan parecidos entre sí como tres árboles de una misma especie. La versatilidad de la banda también se describe muy bien en un árbol, que varias veces al año pasa de estar cargado de hojas a perderlas, de mecerse con la brisa a ofrecer refugio del sol. Igual, Yo La Tengo cambia tanto que puede abrir y cerrar el concierto con “Ohm”, primero como una especie de raga acústico y luego con arrebatadora contundencia eléctrica. O parecer una banda falta de tablas, a la que cualquier escenario le resultaría grande con esa batería destartalada y sus vocalistas que no afinan; para de inmediato convertirse en una aplanadora de rock torvo haciendo covers de Sun-Ra. Lo mismo derrochan inventiva en espectaculares solos de guitarra noise como traman un ensayo encima del escenario, tratando de recordar “There is no life without love” de los Kinks, y así poder tocarla, pues se les acaba de ocurrir la idea. Es probable que todas esas señales sean decisivas en su espontanea discordancia, pues tocar en Yo La Tengo es el trabajo soñado por este trío de obsesos musicales. Es un proyecto personal, libre y orgánico, más allá de lo que uno creería posible en un ente con tres cabezas. Por eso es capaz de regenerarse y perdurar en su integralidad. Como un árbol, que aguanta el flujo del tiempo tanto como se deja llevar por este. Incluso, en inglés, Three y Tree son homófonos. O tal vez este dislate no es más que un efecto inducido por tres horas de felicidad extrema. Mierda, siempre tres.



Las últimas dos fotos son de Pablo Luna Chao

domingo, junio 24, 2012

Gaudete in Primavera Sound semper


Como es tradición desde hace dos años, hoy publicamos nuestra crónica del San Miguel Primavera Sound 2012. La experiencia fue igual de extraordinaria y por eso estamos tan interesados en compartirla con ustedes. Podrán encontrar la crónica en páginas de La Ramona (aquí). Sin embargo, dada nuestra inclinación por la prosa expansiva –con perdón anticipado de los lectores– se nos hizo imposible hablar de las 37 bandas que vimos en el finito espacio que ofrece un diario. Queriendo completar nuestro recuento y suponiendo que existen lectores igual de completistas (o raros) que nosotros, a continuación les presentamos el “bonus track” de nuestra crónica. Ocho micro-reseñas que redondean lo publicado en La Ramona, dando espacio a bandas tan célebres como Mudhoney o Atlas Sound, pero en especial intentando socializar cada molécula de felicidad que nos regaló el Primavera. A ver si lo logramos.


Una de las curiosidades del viernes fue la coincidencia de Wilco y Death Cab for Cutie en el cartel. Si bien hoy tienen la vitola de dinosaurios de la escena, hace apenas una década plantaron las semillas de todo esto. Aún así, su suerte ha sido dispar: al margen de sus vaivenes, Wilco están consagrados como un activo fijo del rock independiente, mientras que Death Cab nunca ha conseguido sacudirse la imagen de sensación post-adolescente. No planeábamos verlos, pero alcanzamos a escuchar sus primeras cuatro canciones. Llamaba la atención el ímpetu de la banda (“Doors unlocked and open” sonó como un digno rip-off de “Hallogallo”, “I will possess your heart” se deja escuchar mucho, y eso que me insistían que su techo es el “Transatlanticism”), pero los problemas de sonido, el tono nasal-quejumbroso de Ben Gibbard, lo monótono del registro de DCFC y lo mal que le sentaba a su propuesta un escenario tan abierto y masivo como el MINI, terminaron por aburrirnos. De vuelta en el escenario ATP, Mudhoney demostraba que en el bien envejecer hace mucho la dieta que uno sigue. Luciendo musculatura estilo Stooges, los protomártires del grunge animaron el primer pogo de la noche, libres de cualquier presión o compromiso. Lo malo fue que, aún sonando más limpios y machacadores que sus últimas entregas discográficas, su contundencia se fue atenuando en la repetitividad de sus canciones. A menos que uno sea muy fan o guarde cariño juvenil por estas composiciones, se hace difícil meterse del todo en el concierto. Igual ya tocaba buscar sitio para ver a Wilco. Y por ahí nos fuimos.

El sábado, luego de ver a Jeff Mangum en el Auditori, la primera dosis de oscuridad retro la ofrecían The Chameleons, una seminal banda de post-punk que a pesar de haber sido tan influyente (véase The Horrors e Interpol), jamás trascendió. Con un giro más acerado de lo habitual, combinaron canciones de su clásico “Script of the bridge” con temas nuevos (anunciaron “Eden” para otoño), sin desentonar. No es poca cosa, más si el frontman se las arregla para cantar desde el foso sin sacar la lengua (aunque necesite ayudita para volver a subirse), mientras la banda consigue conectar su “Singing Rule Britannia” con Joy Division y The Clash sin quedar en vergüenza. La clase de cosa que sirve para recordar que los artículos originales rara vez se devalúan.

Un par de horas más tarde, todavía en el tren post-punk, fuimos a ver a The Cure, que se mandaron un show tan largo como histórico (hablamos de eso en la crónica oficial). Con la espalda y los planes hechos pelota –tres horas de concierto cuando esperábamos a lo sumo 90 minutos nos obligaron a perdernos a Napalm Death, Dirty Three, Big Star’s Third, M83 y Codeine–, nos quedamos en el escenario más cercano a ver a The Drums –más interesados en tumbarnos un rato que en quienquiera estuviese tocando. El caso es que los neoyorquinos ya pasaron por el Primavera en 2010, nunca fueron santos de nuestra devoción por su sospechoso olor a hype, y tenían en contra el obnubilamiento post-Cure, pero parecen haber templado sus aspiraciones y no sonaron nada mal en las pocas canciones que los vimos tocar. De allí nos arrastramos al escenario Pitchfork para ver a SBTRKFT, una de las sensaciones de la electrónica actual, con la que no pudimos sincronizarnos del todo, preocupados como estábamos por descontracturar nuestras pobres extremidades y conseguir una balsámica cerveza. Tan contentos como exhaustos, seguíamos sufriendo la paliza de los veteranos darks ingleses. Algo parecido nos pasaría un poco más tarde, cuando la electrónica con sabor regional del supervato Rebolledo no terminó de contagiarnos. Para tener el resto físico y moral necesario para engancharte con el mood fiestero luego de 16 horas de conciertos, hacen falta muy buenas drogas o niveles de stamina increíbles. Muy buenas, he dicho.

El sábado tocó repetir con Jeff Mangum. A diferencia del show del viernes, la cercanía con el público fue extrema. Al punto que Mangum se llevó una montaña de obsequios, que le fueron entregados en mano propia por sus fanáticos. Tan de buen humor estaría que un poco más tarde se lo vio en el concierto de The Olivia Tremor Control, confirmando como ya hicieron sus shows, que es un humano normal y amistoso. Tal vez demasiado para el que hasta hace pocos meses era el Salinger del rock indie. Pero bueno, luego de su segundo show en el Auditori, la onda expansiva de felicidad nos atrajo al escenario San Miguel, en el que los Kings of Convenience tenían a una muchedumbre comiendo de su mano gracias a su infalible empatía y a un folk de brisas mediterráneas, que sigue validando eso de que “quiet is the new loud”. De ahí nos movimos en busca de otro de los fijos de este festival, que también tuvimos oportunidad de ver en 2010 y que hoy sigue creciendo: Bradford Cox, en esta ocasión con su proyecto solitario Atlas Sound. Cox siempre ha presentado esta veta expresiva como su versión “bedroom pop” de los cantautores folkie; y así se lo vio, ataviado con una guitarra acústica y con un porta armónica al estilo Dylan, pero manipulando capas sonoras con pedales y samplers. Hasta se atrevió con un cover de Hank Williams (hablando de eso, no pueden perderse su versión de Leonard Cohen, en YouTube hace meses). Alivia ver que el traspié de “Parallax” fue sólo eso, y que Bradford Cox sigue siendo el más talentoso, excéntrico y visionario de los ídolos del mundo indie. En él confiamos.

Tuvimos que abandonar Atlas Sound pronto, pues había que cruzar el Fórum para llegar temprano al escenario MINI, donde Beach House iba a presentarse. Lo hicimos con algo de renuencia, pero el sacrificio fue justificado. Con todo, tras 90 minutos de sensibilidad dream pop, había que recuperar los niveles de testosterona con urgencia. Nuestros lectores conocen nuestra formación punk, así que entenderán cómo nos costó poco saltar del erotismo algodonado de Beach House, al hardcore clásico de Off! Casi no los hemos escuchado, pero su música rabiosa es imposiblemente familiar. El tipo de sustancia que dispara en tu cerebro las ganas de hacer pogo –incluso al tercer día de un festival, o estando ya viejo (y calvo, como Keith Morris). De hecho, con su inmisericorde martilleo, Off! es la banda perfecta para festivales, pues incluso en salas sus sets jamás rebasan la media hora. Si el rock indie noventero es nuestra comfort food, el punk es lo que tiene nuestro superyó en el Ipod. Como estaban en el escenario de al lado, Off! terminó pronto y había que hacer parada en boxes para tomar algo de aire, nos quedamos en el escenario Pitchfork para ver cuatro canciones de Chromatics, que en vivo redimen el italo disco de marca blanca que ofrecía su más reciente álbum. Habrá que otorgarles el beneficio de la duda.

Y bueno, el cartel del concierto de clausura del San Miguel Primavera Sound, programado para la tarde del domingo, era más que atractivo: Nacho Vegas, Richard Hawley, etc. Mea culpa, nos lo perdimos. Aunque puede parecer una decisión imperdonable, ya no asistimos, primero por la amenaza de lluvia, segundo por habernos despertado cuando la tarde casi no lo era, y primordialmente por el bajón post-Primaveral –una maldición llena de gozo que no nos cansamos de sufrir. Resulta que Nacho Vegas tocó una extraordinaria versión de “Devil town” de Daniel Johnston. Para que vean que ni los que vamos al San Miguel Primavera Sound podemos ser felices todo el tiempo. Al menos la canción está en YouTube. Por todo lo demás, nos vemos el año que viene.


domingo, junio 06, 2010

Primavera Sound 2010: Celestial desorden postraumático

Hoy "La Ramona" publicó una extensa crónica del festival San Miguel Primavera Sound 2010, realizado en Barcelona la pasada semana. Por motivos de espacio no pudimos "embutir" -es la palabra justa- más contenido en las páginas del suplemento, por lo que allí se publicaron crónicas de los conciertos más taquilleros del festival (Pavement, Pet Shop Boys, Broken Social Scene, The XX, etc.), dejando para este blog a otras bandas y artistas que también pudimos disfrutar en esos tres días de extasis indie. (Aquí pueden leerlas) A continuación, y sin más preámbulo, los dejamos con las mini-crónicas de los conciertos de Wilco, Pixies, Delorean, Orbital, Lee "Scratch" Perry y algunas otras bandas que igualmente se presentaron en ese fabuloso y agotador Primavera Sound 2010.



Delorean: La bestia que vino del Cantábrico
Escenario Pitchfork – Jueves 27 de Mayo, 3:15 am

Esto de pensar que el producto nacional es inferior parece que también lo heredamos de los españoles. Delorean, una banda vasca que está mereciendo el “amor” de toda la comunidad indie-hipster global, es prácticamente ninguneada en su país (que sigue prefiriendo el repulsivo pseudo-folk de Astrud, por ejemplo). Tuvo que ser la todopoderosa Pitchfork la que le recordase a los españoles que ésta banda existía y merecía “mucho” la pena. Tocando un miniset de media hora, por eso mismo plagado de hits, los de Zarautz se despacharon con una impecable presentación que no pocos calificaron entre lo mejor del festival. Evidentemente, para muchos de los asistentes al Primavera Sound, que apenas curioseaban por ahí ese trasnoche de jueves, también debió tratarse de uno de los descubrimientos más gratos de la jornada.

Cebando en su exitoso EP “Ayton Senna” del año pasado tanto como en su reciente disco “Subiza”, la indietrónica post-Animal Collective hibridada con ondas baleáricas de los Delorean abarrotó el último escenario en pie de una noche que en principio debía llevar solamente la impronta Pavement, pero que se la supieron robar –de a poquito– también sus herederos.


Wilco: Secuelas de la vida en pareja
Escenario San Miguel - Viernes 28 de Mayo, 22:30 pm

No funcionan tus pedales, amplificadores, monitores, o algo peor. ¿Qué haces? Tomas la acústica y le pides a los 20 mil presentes que canten contigo. Claro, una maniobra de esa naturaleza no está al alcance de todos, y probablemente sólo Wilco (y de entre su catálogo, especialmente "Jesus etc.") se pueden permitir algo así. De acuerdo, esa clase de gesto te pondrá en el mismo vagón populista-pop que las más atrofiadas bandas del siglo pasado, pero cuando eres capaz de reflotar el show -que se te iba de las manos a pesar del interludio "de fogón"- con salvajadas ruidosas como "Kicking Television", no tienes nada de que preocuparte. ¿Esto es lo que la gente llama oficio? Si es así, Wilco tiene toneladas de eso. Ni duda cabe.

La verdad es que con el frecuente paso de Wilco por Barcelona, sopesando esto con las 6 otras bandas que tocaban en simultaneo, es muy posible que buena parte de su público aquella noche los haya estado viendo por primera vez. Entonces se agradece mucho más que la banda no haya escaqueado la revisión de sus "clásicos", ofreciéndonos de entrada la genial "I'm trying to break your heart", a la que siguieron "Via Chicago", "Heavy Metal Drummer", "I'm the man who loves you", "Handshake drugs", "Impossible Germany", etc. Cayeron también algunos de los temas de su reciente "Wilco", con lo que repitentes y primerizos pudieron darse -imagino- por satisfechos.

Claro, si algo hay que reprocharle a la banda, es el gustito descafeinado que a veces se le percibía a las performances. Sí, genial escuchar canciones capaces de empujarnos al llanto "en vivo" por primera vez, pero como que uno notaba que Tweedy, Cline, Sansone, Kotche y compañía ya no pueden encontrar la misma garra al momento de tocar esas canciones. Con un catálogo tan amplio como el suyo (¡No tocaron ni una de Woody!) eso no debería ser un problema. En todo caso, reducir la frecuencia de giras tampoco le vendría mal a una banda que seguiremos admirando a pesar de todo.

Cuando Jeff Tweedy se permitió decirnos que el Primavera era el mejor lugar para tocar porque todas las bandas que importa ver estaban tocando allí, pareció innevitable sentir un poquito de miedo. Ese tipo de autoconciencia es precisamente lo que mató a varias de las grandes bandas que Wilco, con su alt-ernativo acercamiento en los noventas, canalizó y reimaginó. Tal vez por eso es que algunos le colgaron la etiqueta de dad rock (lo que los más veteranos cultores indie escuchan) a Wilco. Bah, da igual. Si esto es dad rock, quiero reproducirme ahora mismo. Y es que, ¿No tocó ya Tweedy alguna vez con su hijo a la batería?



The Pixies: La gravedad lo puede todo
Escenario San Miguel - Viernes 28 de Mayo, 01:15 am

Entonces, ¿ya no es cool que te gusten los Pixies? Cuando el revival ochentero de finales de la pasada década parece estar agotándose cronológicamente, resulta irónico que la postrera "masividad" de los Pixies los haya expulsado del canón indie. Ya, se los emparenta demasiado con lo peorcito del grunge y el rock alternativo (¡puag!), pero esos pecados no son ni de lejos razón suficiente para privarse de un show como muy pocas bandas pueden ofrecer hoy. Un repertorio fuera de serie, el rodaje y "profesionalismo" asentados ya tras su ¡quinto! año de reunión, un público vendido antes del primer acorde y el festival más cool de este lado del Atlántico -¿habrá una combinación más infalible?- es lo que esta banda fue capaz de ofrecernos esa noche de viernes. ¿Puede alguien en pleno uso de sus facultadas hacerle ascos a eso?

Evidentemente apegados a un guión que les vio salirse de los consabidos "Doolittle" y "Surfer Rosa" ("Head on" el mejor rescate de esa inmersión a la segunda parte de su carrera), los Pixies fueron capaces de entretener por casi dos horas a una multitud que retrocedió en el tiempo y hasta saltó y gritó con inusual energía -al menos en públicos indie/europeos. Pero tal vez así, ahogados en la multitud, es como se tiene que disfrutar a los Pixies. En fin, cumpliendo al milimetro su papel, la banda tampoco bajó el ritmo, demostrando así que la edad no es pretexto para comenzar a "racionar" energías escénicas. Que están (y nosotros también, no le hagan la gambeta al espejo) más gordos, viejos, lentos... seguro que sí. ¿No es un maravilloso testimonio del poder eterno de sus canciones, precisamente, que aún más viejos, gordos y calvos, nos sigan haciendo sentir así?

El momento de la noche, a juzgar por la cara de Kim Deal, llegó con el cierre: treinta mil personas coreando "Where is my mind?" -imposible evitar que se le ponga a uno la piel de gallina. Felicidad eterna para un eco que se hará infinito en la memoria de todos los presentes. Uuuuuuuu, Uuuuuuuu, Uuuuuuu...



Gary Numan: Todos lo haremos mejor en el futuro
Escenario Vice – Sábado 29 de Mayo, 0:15 am

Esperar por un buen concierto de rock suele ser tolerable y hasta normal. Pero cuando lo que se obtiene a cambio de los minutos de retraso está tan por debajo de las expectativas, la cosa se pone menos agradable. Obvio, nada de eso tiene que ver con la valoración “objetiva” del concierto. Igual, cuesta mucho hablar mal de uno de tus ídolos, de quien se sabe fue inventor de ese sonido mecánico, agudo como el punk pero sintético como casi todo lo moderno. Bueno, si es que las bandas actuales pueden sonar mejor que tú, tocando un material cultivado en tu parcela, hay algo que no está funcionando. Treinta minutos después de lo anunciado, frente a un público que menguaba sin parar, Gary Numan apareció en el escenario comandando una banda que recordaba más el sonido industrial de NIN o Killing Joke que el minimalismo electrónico de sus días con Tubeway Army, o del magnífico “The Pleasure Principle” (1979). ¿Nos timaron o era éste el Gary Numan que debíamos estar esperando? En cualquier caso, ¿Qué demonios le pasó a Gary Numan para estar tocando esta basura?

Era de esperarse que Numan, uno de los bendecidos por el advenimiento del retrofuturismo –rehabilitador de la electrónica y pop de teclados ochentosos, proyectándolos como fantasías cyberpunk y ya no las visiones naif de un futuro que jamás llegó–, retornase a los escenarios para reinar sobre sus herederos, pero no fue así. Casi sin dejar concesiones a los teclados, base esencial de su minimalista sonido electrónico original, Numan adopta ahora una formación de Guitarra-Batería-Bajo que suena duro y como el metal industrial alemán (más estilo "chorizo blanco" que KMFDM), completando su paleta con dos músicos armados con laptops, polymoogs y una maraña de otros aparejos electrónicos que no justificaron su sofisticación. Con esta plataforma Numan arremete sobre algunos de sus hits: “Cars”, “Are friends electric” (le sale mejor a The Dead Weather, una banda que saben que detestamos) o “Metal”, pero se resiste a entender que el sonido industrial es parte del pasado. El futuro sigue estando en el sonido que el propio Numan engendró a finales de los setenta. ¿Para darte cuenta de eso, hacía falta montar toda esta patraña, Gary?



Lee “Scratch” Perry: Intergaláctico pastor de Jah
Escenario Pitchfork – Sábado 29 de Mayo, 01:30 am

En lo que debió ser la mayor concentración de cannabis por metro cuadrado de Europa, unos pocos curiosos y más fumetas de los que pueda contar, se dieron cita para la ceremonia que oficiaría Lee “Scratch” Perry, titán del reggae, inventor del dub y leyenda jamaiquina apenas ensombrecida por su ocasional socio Bob Marley.

Parecía que todo iba a marchar a la perfección, pues unos diestros músicos, arrancados de los estereotipos más profundos del roots reggae -con un groove intergaláctico como punta de lanza- esperaban prestos a un Lee "Scratch" Perry que por lo menos había que intuir como legendario. Hablando de eso, el aspecto y estilo de Perry en vivo distan muchísimo de su obra de estudio, donde se beneficia de los trucos, efectos, ecos y demás artimañas que son baza del dub. En vivo la cosa apunta más a un soul-reggae divagante pero sin duda hipnótico. Eso sí, el carisma de Perry no merma en absoluto, y se proyecta tanto en su atuendo estrafalario como en sus letras, que ya nos mandan a clamar por la liberación de África o a sacudir las rodillas como si fuésemos un pollo descontrolado.

Combinando temas propios con estándares del género (reggae en el Primavera Sound, sí, sí), algún saludo a Sly Stone y Bob Marley, el set de Lee “Scratch” Perry era más cosa de iniciados y amantes del reggae que de la habitualmente tan curiosa como despistada fauna festivalera; pues sin duda los que no estaban colgados de la nube narcótica, saltando-bailando (¡Como el guitarrista de Wire!), seguro se aburrieron antes de la sexta canción y, pidiéndole disculpas al septuagenario músico, abandonaron el escenario hacia las mieles, más inmediatas, de vaya uno a saber qué otra banda.


Orbital: Que bailen esos cerebros
Escenario Ray-Ban – Sábado 29 de Mayo, 3:00 am


Durante los noventa parecía una anomalía que una “banda” electrónica tuviese la capacidad de llenar estadios. Los músicos electrónicos eran -a lo mejor limitados por la tecnología- invisibles bestias “de estudio”, apenas disponibles en clubs o discotecas. Con el cambio de siglo y gracias a bandas como The Prodigy, Daft Punk o The Chemical Brothers, esto cambió, y es hoy perfectamente cotidiano encontrar ya no bandas, sino festivales enteros enfocados en la electrónica. De hecho, el Primavera Sound habitúa cerrar sus jornadas con una fuerte, y trasnochadora, apuesta electrónica. (Claro los que más disfrutan de esa propuesta son los que mejores camellos tienen, pero esa es otra historia).

Los pioneros de ese movimiento son, sin lugar a dudas, Orbital. Antecesores de todas las bandas arriba mencionadas, fueron ellos los “inventores” de los shows multimedia e hiperestimulantes que explotaron desde la escena techno (Evidencia puntual, ¿quién puso de moda eso de que los DJs usaran linternas en sus cabezas?), y continuan ejerciendo como maestros de las experiencias sensoriales fuera de serie. Precisamente eso ofrecieron la última noche del Primavera, empeñados en agotar hasta la última pisca de energía de un público que abarrotó las graderías, pista y aledaños de este anfiteatro-escenario. También conscientes de que este festival quería, de algún modo, reivindicar a los ídolos de los “otros noventa” (allende grunge, rock alternativo y similares esperpentos), Orbital se afincó en sus hits más perdurables, iniciando con una brutal “Satan”, a la que siguieron “Chime”, “Halcyon on and on” y “Remind”, intercaladas con algunos temas nuevos e improvisaciones que, por una hora, arrebataron la imaginación, intelecto (¡intenten reconocer todos los samples usados!) y caderas de todo el Primavera Sound 2010.

domingo, abril 22, 2007

Cinema Paradiso

cocalero


Se recomienda escuchar “lo mejor de los ochenta”, en casette, para disfrutar esta nota

Son las primeras horas de la mañana y el calor empieza a sentirse poco a poco. El bus que llevaba a los periodistas a cubrir el estreno de “Cocalero” había partido de La Paz el día anterior. El poco placentero y largo viaje debía hacer una parada obligada en Cochabamba, para recoger a los medios locales que también iban a cubrir el estreno. Ahí entramos nosotros.

Lo poco que se pudo dormir en el viaje fue interrumpido en la tranca por un perro “entrenado”. Su amo lleva una extraña polera (¿coincidencia?) que dice “K-9-1987”. El perro huele, placenteramente, a todos y luego se baja del bus.

Ya en Villa Tunari nos quedamos en un Hotel, a esperar al Alejandro Landes, para hacerle las notas y así terminar pronto, para poder así ir a almorzar un buen surubí. Un encargado de la presentación de la película nos dijo que Landes llegaba en media hora. Casi dos horas después el mismo encargado nos decía que Landes estaba en Lauca Ñ y que no iba a venir a Villa Tunari. Debíamos partir a Lauca Ñ.


¿Cuál es su nombre?


Ya en Lauca Ñ Landes concede una improvisada conferencia de prensa en un rústico lugar, construido de madera, sin paredes y techado con calaminas que habían visto mejores días. Según el director éste era el lugar donde se reunían los representantes de las federaciones del trópico antes de que se construya el imponente coliseo del frente.

A medida que pasan las horas el calor se hace sentir con mayor fuerza. Se lo puede notar en los rostros de los periodistas que vinieron de La Paz, Cochabamba, de otros lugares, donde sea. Las gotas de sudor crecen en número, se unen en frentes y cuellos, dejan una marca de humedad en la ropa, mientras los periodistas tratan de continuar con su trabajo, pese a que ya no saben cómo refrescarse, o liberarse siquiera por un instante del sofocante clima.

La conferencia continúa. Los primeros en preguntar son los de la televisión. Las preguntas van perdiendo lucidez, convirtiéndose un verdadero desafío responderlas. La conferencia terminará cualquier momento, ya nadie hace preguntas. Los equipos empiezan a ser desmontados, creando un silencio entre los periodistas que revisan sus notas y los camarógrafos que guardan su equipo. De repente entre el silencio que anuncia el fin de la conferencia se escucha una voz: ¿Cuál es su nombre? con una mirada de incredulidad el “director de la película en la que actúa Evo Morales” responde. El silencio continúa, los periodistas se marchan, Landes se queda a coordinar los últimos detalles de la función de esta noche, todo debe salir perfecto.


Down Under


Son las cinco y media de la tarde. ”Down Under” suena en la radio del taxi que nos transporta de Villa Tunari a Lauca Ñ cuando, de repente, un improvisado control en medio de la carretera, compuesto por una precaria señal de stop y dos soldados de Umopar, detienen el vehículo para revisarlo. Los soldados piden al taxista que abra la maletera. La abre. Observan con bastante prisa y nada más. El “control” duró algo menos de dos minutos. El taxista vuelve, pone “Down Under” otra vez a tocar y partimos nuevamente, a proseguir con estas aventuras de Realismo Mágico en tierras chapareñas.

Mientras el día va terminado la expectativa de casi todos los habitantes del Chapare crece proporcionalmente. Esta es la primera proyección en pantalla gigante en el trópico cochabambino. Antes de ella el cine, para los habitantes del Chapare, era una pantalla de un poco más de veintinueve pulgadas, que pasaba películas de acción y artes marciales de los ochenta, justo en el auge de los “grandes” de este género, como Van Damme y Chuck Norris.



El día en que mi padre me llevo a conocer el cine



La noche ya ha caído. El coliseo está repleto de periodistas, invitados especiales y toda la gente que espera ansiosa ver por primera vez una película en pantalla gigante. Los equipos son revisados minuciosamente. Landes camina de un lado al otro comprobando los detalles técnicos y estéticos de la presentación, así como del otro documental que estaba grabando, sobre la proyección de Cocalero en Lauca Ñ.

El tiempo pasa y de repente la gente se aglomera en la puerta lateral del coliseo. Los periodistas forman un grupo aparte, mientras la seguridad presidencial trata de abrir espacio para que circulen Evo, el embajador de Cuba y Santos Ramírez.

Luego de las palabras de bienvenida por parte de los ejecutivos de las federaciones y del director, da comienzo la función. Un silencio extraño se apodera del recinto. Los lugareños no podían esconder una sonrisa infantil, inocente. La alegría de una nueva experiencia. De reír, llorar, silbar, aplaudir, asustarse y alegrarse con lo que ve en la pantalla.

Esa pequeña risa contenida circulaba el lugar durante toda la función. Ya sea dentro el coliseo o fuera de él, donde también se habilitó una pantalla para que todos pudieran ver la película. El mundo era, como pocas veces, justo con todos. Maravillosamente justo, en medio del paraíso, a 37 grados, rodeado de selva.

Durante la película se escucha entre el silencio “mirá, ahí estoy yo” con un tono de orgullo, seguido de largas carcajadas. El cinema verité nunca estuvo más cerca de ser eso que ahora. Una película familiar, eso es lo que estamos viendo.

Luego de ver a sus líderes y a su lucha como movimiento en una pantalla gigante, llega a su final la película. El lugar se llena de aplausos, risas y mucha alegría. Observar los rostros sonrientes y felices de un grupo de personas que han pasado por una infinidad de malos momentos es una sensación indescriptible, que acerca al llanto. Y pensar que se creo un hecho anecdótico, que muchos recordarán por mucho tiempo, la vez que vieron una película en su pueblo, por primera vez, acompañados de Evo, en la noche más alegre que pasaron. Sólo el cine puede lograrlo. Sólo el cine.




El director de "Cocalero", Alejandro Landes, y el boliviano Martín Boulocq, rodando un documental, dirigido por el segundo