martes, marzo 31, 2009

Informe BAFICI 2009

Habidos en Buenos Aires por motivos Radioheadísticos, quiso el calendario que nos encontrásemos en la ciudad durante las primeras cinco fechas del BAFICI –el célebre Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires. Indudablemente asistimos a cuantas funciones permitió la tiranía del presupuesto y cronogramas (además de la, algo justa, idea de no ir de viaje para pasarse el día en el cine). Balanceando, pues, esas tensiones, alcanzamos a ver cinco películas, que a continuación comentamos, compartiendo nuestras opiniones sobre una pequeñísima parte del festival.


“Mamachas del Ring” (2009) – Dir. Betty Park

Venidos del tercer mundo (¡Ay el complejo de inferioridad!) el hecho de estar en una premiere mundial, con el director en la sala para presentar su película –y después quedándose para el Q&A– ya ponía la cosa como para enmarcarla en la memoria; pero había que añadirle el hecho de tratarse de un documental rodado en Bolivia y sobre un tema nacionalísimo: las cholitas cachascanistas.
Adoptando un formato híbrido en el que la narración de los protagonistas conduce la trama, el tono retrospectivo y dialógico (de entrevista, es decir) que se da a lo largo del documental, lo hace a momentos redundante y excesivo. Hay imágenes que se entienden, y sobreentienden, solas. No hace falta añadir una explicación -forzada- a cargo de los propios protagonistas. Menos si estos parecen demasiado al tanto de la cámara, demasiado guiados por una voluntad externa. La recurrencia de este mecanismo termina vaciando escenas poderosas tanto de carga dramática como humorística.
Esta dudosa decisión de enfoque, en la que todo se dice antes que mostrarse, se redobla con la inclusión de segmentos animados (vía la cada vez más popular técnica de stop-motion con monigotes de plastilina), que no hacen otra cosa que ralentizar el flujo de la historia. Así consiguen socavar el saludable ritmo del filme, que con repetitivas “recreaciones animadas” se hace bastante reiterativo y –hacia el final– apresurado e inconclusivo con sus propias ideas.
Es indudable que “Mamachas del ring” tiene momentos interesantes. Respuestas sincerísimas de los protagonistas, jocosas salidas de tono (en una incorrección política que es casi todo lo “político” que tiene este documental), lo exuberantemente visual de ese amorfo ballet violento que es la lucha libre, las analogías trazables desde el simulacro vivido en el ring, lo notable y peculiar de los personajes y sus historias (Carmen Rosa "La Campeona", El Gitano, etc.), etc. Tal vez los suficientes para hacer que el visionado del documental valga la pena –para cualquier cinéfilo curioso (extranjero) y aún para los que pueden acercarse cada domingo al “multi” de El Alto–. También llama la atención el uso de canciones de los estupendos Chicha Libre, grandes revivalistas de la cumbia psicodélica de la amazonía peruana, lo mismo que la aparición de Juana Molina en algunos instantes de superior intensidad emocional (qué tienen que ver y cómo llegaron ahí esos sonidos, no lo sé.)
Apoyándose en la lucha de género, pero dejando lo racial, social, económico, fuera del ring, “Mamachas del ring” parece desaprovechar varias de las oportunidades que su propio pietaje le sirve. ¿No vemos al esposo de Carmen Rosa gimotear casi en actitud femenina?, ¿No se preguntan las célebres e internacionales “mamachas” si Evo sabrá que existen?, ¿Y existe vida para estas cholitas luchadoras fuera de El Alto?, ¿Por qué el extranjerizante "mamachas" y no cholas o cholitas?, ¿Ese bizarro choque visual es realmente la televisión de Oruro?, etc. etc.
Sin atrevernos, como algunos medios argentinos, a compararla con la extraordinaria “The Wrestler” (¡A igualar “Raging Bull” y “Bloodsport”!), satisface seguir encontrando miradas frescas dispuestas a dirigirse hacia temas bolivianos –más si estos no son atendidos por los documentalistas locales, o terminan siendo descubiertos por azorados connacionales en festivales de cine foráneos.

“Jesus Christus Erlöser” (2008) – Dir. Peter Geyer

El catecismo según Klaus Kinski. Todo un festín para los erotómanos del histrión alemán, el film de Peter Geyer es un documento valioso por recobrar las históricas actuaciones de Kinski en su polémico unipersonal "blasfemo" “Jesus Christus Erlöser”, en las que hacía una muy particular reinterpretación de la figura de Jesús y de la tradición cristiana. Dícese que Klaus se proclamaba vocero de un nuevo y distinto mesías, un paria enfrentado a los poderes de la iglesia y sociedad modernas. Y esto, dicho por un famosísimo sociópata conocido por su adicción al sexo y al dinero fácil, resonaba con más grande contundencia.

Casi sólo un registro audiovisual, pues se nota que la filmación no tenía ni la dirección ni consistencia de un documental, la cinta se sostiene exclusivamente por la presencia de Klaus Kinski –que es suficiente para los 80 minutos de caótico documental. Esto también se pone en evidencia cuando las cámaras toman un ángulo caprichoso, o enfocan un reflector, o se da un corte intempestivo, o un “boom” se cuela en el encuadre, o una segunda cámara estorba el campo visual, etc. Esto no se filmó para hacer una película, pero lo filmado es tan valioso que la película impuso por sí sola su destino.

Como fuera, Klaus Kinski es aquí el texto. Poco interesa el real contenido de su relectura facinerosa/hippioide del evangelio; lo que arrebata es la cercanía desnuda del proceso creativo (vemos a Kinski recomenzar la interpretación hasta seis veces, interrumpido por gritos y murmullos, al punto de quejarse por las 30 páginas mecanografiadas taladrando su memoria), la compenetración con la obra (cuando el rostro granítico, de un Kinski que ni pestañea por 40 minutos completos, es surcado por lágrimas conmocionadas uno hasta siente escalofríos), etc. Claro que la frontera entre la performance y la realidad deja de existir en el momento en que el público, con gritos y hasta irrupciones en el escenario, obliga a Kinski a quebrantar su concentración, a confundir a los fariseos cobardes con su indignada audiencia, a interrumpir de plano la personificación. Esto, casi como cuando los ojos de Kinski llenan la pantalla, es también estremecedor.

El valor del film, sin embargo, está en su capacidad para capturar la cruda energía de Kinski en su mejor momento y contexto: en un teatro (sobre un texto propio) y cuando malvivía (apropósito) el éxito de “Aguirre”. Kinski es aquí incluso más Kinski que en su personalísima “Paganini”. Y es casi mejor actor que nunca: consigue, pues, articular la tensión de toda una obra en su rostro, cuerpo y voz. Así, durante la hora y algo de puesta, Kinski se va transformando, la luz esculpe formas en su cara, le crece el pelo, su rostro pasa de un rictus acongojado a una faz joven y hermosa, sus gritos se aplacan en amabilísimas bienaventuranzas, etc… Aún así el público sigue reclamando por la conducta "impropia" del actor, por el contenido del texto, por el costo de las entradas, etc. Y Kinski, enfurecido, cancela la obra definitivamente.

Pero es ese abrupto final el que –a pesar de tomar por sorpresa a más de la mitad de la sala, que abandona tras los primeros (falsos) créditos– el momento que otorga sentido a la performance. Y es que Kinski vuelve a salir a escena, ya frente a escasísimo público. Agotado, aturdido, levitando, comienza a declamar sin micrófono. Para un círculo de jóvenes que, como los discípulos de Jesús a su alrededor, se sientan en silencio y escuchan. Comprenden. Y recién vemos al público en detalle, frente a la luz. Rostros aniñados, hermosos, son hippies pelilargos y chicas de piel delicada. Escuchamos las últimas líneas de la obra. Y Kinski ya no está. Ha sido absorbido por el haz de luz de un reflector, se ha transformado nuevamente. No alcanzan los aplausos.

Todo esto lo ofrece el documental de Greyer. Claramente no es para todo público, pero sin duda una joya para fanáticos de Kinski e imprescindible para cualquiera medianamente interesado en las artes escénicas –incluida, por supuesto, su faceta cinematográfica


“Arroz con leche” (2009) – Dir. Jorge Polaco


Una basura del tamaño del obelisco. Un festín de traumas y de simbolismos enrevesados hasta el punto de ser inaguantables. Una colección de ideas e imágenes “raras” que bordan el psicoanalismo con una supuesta vanguardia cinematográfica, en lo que al parecer ya es una tendencia para hacer lo que a uno le da la gana y venderlo por arte.
¡Cuánto daño le ha hecho Jodorowsky al mundo!
Me corrijo, ¡cuánto daño le han hecho sus malos imitadores al mundo!


“Rip! A remix manifesto” (2008) – Dir. Brett Gaylor



Un torbellino de grandes ideas, un canto militante por la libertad de la cultura y sus manifestaciones en un siglo en el que el forcejeo del poder y de la inventiva está estrangulando a esta última. (Y a este punto, que levante la mano el “criminal” que no haya bajado nunca una canción de internet).
Construido al ritmo y estilo “collage” de Girl Talk, el estupendo documental del director canadiense consigue lo que el mejor Michael Moore jamás soñaría hacer: un documental sumamente brillante, armado con los recursos y modos del objeto documentado, divulgativo/político al tiempo de ser divertidísimo, y por supuesto accesible para todo el mundo. Literalmente abierto a la cultura popular, su vistazo resulta esclarecedor y contundente, y demuestra que la cultura no puede (jamás) ser lastrada por lógicas económicas, políticas o afines. Aunque esto mucho se intente, por supuesto.
Lo que Gaylor ofrece en "Rip! A Remix Manifesto" se disfruta segundo a segundo, en ideas sólidas que mutan como un remix, que se nutren de fuentes impensadas y dispares (Gilberto Gil + Mickey Mouse + Robert Johnson + Doctorow, etc.), que sobrevuelan y recolectan voces de los nuevos medios y trabajan con ellos no desde la preplejidad del cine clásico o de la academia, sino con la irreverente mordida de un post de blog, con la estética de youtube, con el nervio político de Stephen Colbert.
El copyleft como salto al futuro, la virtualidad como nuestra única comunidad posible.
El equivalente de “On the road” para las huestes Taringueras, suficiente para jubilar a los de Frankfurt y su vieja charla sobre la Industria Cultural, el primer documental 2.0 (y tal vez el único documental político con predicamento posible en nuestra era)… genuinamente cine del futuro. Y cine del mejor, si cabe alguna duda.

“Hadas y duendes” (2009) – Dir. Homero Cirelli


Un interesante ensayo visual sobre las naturalezas y sus continuidades, sobre el equilibrio que adquieren en el tenue espacio de la memoria.
Cirelli propone con “Hadas y duendes” -en una apuesta mucho menos convencional que sus anteriores films, pero sin romper con lo que ha denominado "Cine del cuelgue"- un caleidoscopio fenomenal para descubrir los estados mentales que se entretejen en este mundo.
Hay que verla. (Y mejor, si como en el BAFICI, precedida por el genial corto de Lisandro Alonso y su Buho).

“Encarnaçao do Demonio” (2008) – José Mojica Marins


Una sorpresa total, la función de trasnoche de lo que esperaba fuera un festín de gore berreta, resultó ser el bizarro cierre de una trilogía a cargo de un auteur del horror clase B –casi un Orson Welles de esos pagos, como dijera sin exagerar Santiago Espinoza.
En la proyección más concurrida a la que asistimos, “Encarnaçao do Demonio” reveló más de un tesoro cinéfilo a los osados espectadores. Excesiva desde el primer fotograma, el destilado del horror más vintage, de Polanski, Oswald de Andrade, del sadismo excéntrico de escuela Hostel/Saw, de Fellini, la provocación Buñueliana, de infumables diálogos alambicados y lentísimos, y de toques de neorrealismo favelístico (con sacerdotisas santeras y policías corruptos) da por resultado una película capaz de engullirlo a uno y provocarle más de una pesadilla. Casi una iteración “de alto presupuesto” del caro tío Jess Franco.
Conociendo la pasión avant-la-letre del provocador Mojica Marins, cuesta mantener los ojos en la pantalla ante tanto castigo, pero la diversión la asegura un humor mucho menos infantil que el de Alex de la Iglesia –cortado en seco por raptos de acción que no dejan de ser, retorcidamente, cautivadores– y por los ostentosos manierismos de Ze do Caixao (el mismo Mojica Marins), nunca del todo serios y nunca del todo digeribles; y, todo hay que decirlo, de tanto en tanto también aburridores.
Con un paseo por el infierno, un personaje que casi y se llama “Satanás” al revés, sacerdotes masoquistas, policías tuertos, minas en bolas, sexo post mortem, las clásicas uñas kilométricas de Ze do Caixao, flagelaciones diversas, blasfemias a raudales, venganzas de ultratumba y un derroche de crobo rojo rojo, la obra de Mojica Marins, sin ser genial, alcanza para cotizar entre las mayores de ese cochambroso subgénero del terror que va del gore al culto más trash. Cine siniestro y anormal para estómagos (y retinas) resistentes.

domingo, marzo 15, 2009

La venganza del Dengue



“Tiene una caringa de dengue peligrosa la tipa esta”*

La cultura de la televisión basura en nuestro medio comenzó a cobrar fuerza en los últimos dos años. Momentos de risa histérica (sin ninguna intención por parte de los emisores) que abundan en las televisoras nacionales resultaron ser una mina de oro para personas que, aprovechando su derecho a la pereza, generan productos multimedia a partir de declaraciones, acontecimientos y otros dislates aún más graciosos –relacionados en su mayoría con el contexto social y político de la patria. Si bien hace algunas semanas dábamos cuenta del inicio del chisme 2.0, ahora debemos mencionar el salto del dengue como un producto cultural gracias a un personaje que a través de esta epidemia consiguió posicionarse, nuevamente, como el protagonista más iconoclasta de la política actual: Percy Fernández

Alcalde de la ciudad de Santa Cruz, comediante bienintencionado y profesional del escándalo, a lo Charly García, Percy aseguró su lugar en la historia ofreciéndonos una gran variedad de descabelladas situaciones que llevaron a más de uno a cuestionar la integridad de su salud mental. En la retina de muchos quedó grabada la ocasión en la que, al ver a Sánchez de Lozada bajar de un avión, Fernández se puso de rodillas ofreciéndole todos (?) sus respetos al entonces presidente. Sin embargo, esta temporada las actividades de Fernández estuvieron un poco tibias, poco show estuvo ofreciendo el vodevilesco burgomaestre y los que admiramos profundamente su “arte” queríamos desesperadamente más. Por fortuna Percy no nos decepcionó, haciendo la espera totalmente valedera, cuando hace un par de días nos presentó el clásico instantáneo, hit musical y sensación en youtube: Cara de dengue.

El martes tres de marzo, durante una conferencia de prensa, el Alcalde cruceño perdió los estribos y agredió a una periodista. Los gritos e insultos no fueron nada, comparados con lo que se venía. La infantil reacción de la defensa Cara de dengue será, quizás, el acto (dentro de sus performances, entiéndase) más grande que haya llevado a cabo este personaje. Lo curioso de todo es como, en menos de cuatro días, esta arremetida contra la indefensa reportera se convirtió en un hit multimedia gracias a las nuevas tecnologías.

El realizar una canción con las frases lanzadas aquella conferencia por Percy es uno de los mejores homenajes que se le puede hacer. Si bien el tema no es muy bueno (es sólo una base de karaoke para cualquier reggaetón), el éxito de la “canción” fue demoledor, convirtiéndose instantáneamente en ringtone y ficha fija de los rankings radiales cruceños. Es un verdadero placer, estando en una reunión o en el cine, y escuchar de repente a Percy gritar una y otra vez Cara de dengue. Otro éxito suyo germinó en youtube, donde además de subir el video original y el tema oficial de este escándalo, algunos fanáticos se dieron el trabajo de colgar otras grandes actuaciones del burgomaestre cruceño, llegando a tener alrededor de quince videos que documentan a la perfección las actuaciones (nunca mejor dicho) de Percy. Vale mencionar que todos llegan a ser insuperables a su manera, y existen algunos que parecen salir de una ficción digna de Monty Python. Un Alcalde canoso, un tanto gordo, extremadamente honesto que hace gala de su bizarro sentido del humor en público, sin una pizca de escrúpulos y en el menos recomendable de los contextos. No está demás sugerir aquel video, casi surrealista, en el que canta, baila, bendice, chapucea en inglés y latín, coquetea y cuestiona la belleza de ciertas misses durante un acto conmemorativo de las efemérides de la capital oriental, improvisando –de paso– un arcano “homenaje” (?) al Plan 3000.

Y quizás ése sea el mayor aporte de Fernández a la humanidad. Realizar, a partir de su mera irresponsabilidad como autoridad, las bromas e insultos más divertidos del país. (¿Alguien recuerda el victorioso discurso en el referéndum ratificatorio?, ¿El de los prefectulis y el “escuchenmén”?) Pues es realmente fascinante que un alcalde se entregue al oficio de la risa de la misma manera que lo hacen aquellos decadentes, y un tanto obesos, comediantes que bien conocemos. La diferencia es abismal cuando comparamos los lugares donde acontecen ambas actuaciones: mientras los acabados cómicos reducen sus presentaciones a un par de teatros y a una suerte de café concerts de ínfima categoría, Percy nos deleita con su iconoclasia sacando la lengua a huelguistas, humillando y lanzando disparates a quemarropa a concejales en sesiones extraordinarias, imitando al Papa, cantando sobre las bondades de la guayaba y piropeando modelos en actos de honor.

Fernández es consciente que los medios serán, a la larga, quienes mitificarán su figura además de dejar una linda colección de momentos para archivos de varios coleccionistas. Por eso realiza la mayor parte de sus números cuando las cámaras están encendidas. Si bien las distintas patologías que atacan a este personaje originan su conocida conducta en cualquier circunstancia, él no deja pasar una cámara sin reafirmar su condición, aquella que lo llevó a ser reelegido muchos años después de su primer periodo como Alcalde. A la sazón demasiado poco memorable, de no ser por las salidas de tono tan propias del dicharachero funcionario edil.

Pese a la controversia desatada por la forma en la que Percy agredió a la periodista –totalmente reprochable, ni que se diga–, el coraje y la (in)cuestionable honestidad de este personaje hacen que ese desliz pase desapercibido. Esto porque el hecho de consagrarse como una figura (para bien o para mal) del 2.0 es un motivo de celebración. Poca gente llega a cultivar un escuadrón de seguidores con la misión de conseguir las declaraciones del Alcalde para colgarlas en youtube. Si lo vemos desde esa perspectiva, Fernández es el único en gozar de una verdadera popularidad entre sus conciudadanos. (¿Cuántos fans tiene Chaly en youtube?, ¿En alguna parte?) Al final de cuentas, y siendo conscientes de lo vil que puede llegar a ser la política en nuestro medio, Percy se transforma en una suerte de caballero andante de la tragicomedia política nacional; un cable a tierra para tipos como Peter Griffin, para gente como nosotros.

*Percy Fernández refiriéndose sobre la atacada periodista.




domingo, febrero 15, 2009

La gran estafa


Nadie puede negar que una de las figuras más representativas, en términos estéticos, del punk '77 fue Sid Vicious. Reconocer algún aporte suyo fuera del fashionable resulta mucho más complicado, ya que en los treinta años posteriores a la explosión del género, la figura del bajista de los míticos Sex Pistols estuvo (y está) cada vez venida a menos. Parece irónico, pero el deseo de Vicious de convertirse en una leyenda maltida está lejos de materializarse. Sus mismos colegas se encargaron de que su figura no pase a la historia como él hubiera querido. Es más, muchos punks reniegan contra su imagen, calificándolo como un traidor del movimiento y todo lo que este aspiraba. Algo por lo menos irónico si se recuerda que Vicious es visto, desde fuera de las filas punk, como el arquetípico punk rocker.

Durante los ochenta muchos afirmaban que el punk estaba muerto, que se vendió y los ideales revolucionarios de sus primeras figuras no fueron nada más que una moda extravagante. Mucho se lucró a partir de la furia contenida de cientos de muchachos que deseaban expresar la forma en la que el sistema los condenó por el simple hecho de no tener dinero. El cambio propuesto dejo de importar cuando el No Future tuvo copyright y fue consumido por gente que si tenía futuro y solo deseaba causar un mal rato a sus progenitores con sus extravagantes ropas y peinados. Mucha culpa de la decadencia punk como movimiento de cambio social la tuvo Sid Vicious, quien sólo parecía buscar diversión en los lugares más inverosímiles. Aquel muchacho que parecía no estar consciente de sus actos fue el verdugo de toda una generación. Mientras The Exploited afirmaba que los punks seguían vivos, Sid y su novia demostraron lo contrario, viviendo de excesos, sexo, dinero y otros gustos bizarros que gozaba la pareja.

Desde que Lemmy Kilmister, bajista y cantante de Motorhead, afirmó que Vicious nunca tocó una nota en su vida se desató una polémica sobre su verdadero aporte a los Sex Pistols. Muchos coinciden que no fue nada más que un groupie que gracias a su elevado grado de obsesión por la banda fue convocado para sustituir a Glen Matlock. Otros dicen que fue idea de McClaren, quien veía en el comportamiento radical y violento del muchacho una fuente más de ingresos, ya que el emergente movimiento necesitaba una imagen con la cual todos pudieran identificarse. Por su parte, John Lydon (Johnny Rotten) sentenció en su autobiografía que Sid era bueno para los tres acordes fundamentales, nunca fue un virtuoso pero amaba lo que hacía. Pese a ambas afirmaciones, es necesario reconocer que el propio punk no es algo típico de conservatorio; al contrario, surgió como una respuesta al excesivo barroquismo de la música en aquella época. El punk sigue la de filosofía DIY (siglas en inglés de” hazlo tú mismo”) por lo que no es de esperar que los músicos de este género conozcan a la perfección sus instrumentos, sino que transmitan sus impresiones sobre las injusticias sociales que les toca vivir.

La vida de Vicious fue muy turbulenta desde sus inicios y siempre apuntó a un final dramático. Huérfano de padre, tuvo que aferrarse a su progenitora para sobrevivir en sus primeros años, rodeados de mucha miseria. Una salida fácil fue emigrar a Ibiza y dedicarse a la venta de drogas. El pequeño John Ritchie ayudó a su madre con el negocio repartiendo la mercancía en distintos lugares. Ese prematuro acercamiento con los alucinógenos desarrollo una adicción de la que nunca se recuperó. Además se le diagnosticó un severo desorden de conducta. Para darle un mejor tratamiento, su madre lo llevó de vuelta a la isla británica, donde Sid terminaría de darle forma a ese rebelde e inmoral personaje que marcaría el destino del punk inglés.

Antes de ingresar a Sex Pistols, el todavía conocido como John Ritchie estuvo envuelto en otras bandas que se encontraban relacionadas con el movimiento punk, y por supuesto con la banda manejada por Malcolm McClaren. La primera banda fue The Flowers of Romance, grupo que recogía a Keith Leverne (bajista cofundador de The Clash y posterior miembro de Public Image Limited), y otros miembros de bandas como The Slits o Palmolive. Luego Vicious estuvo con la mítica Siouxsie & the Banshees, tocando la batería en su concierto debut. Luego de su breve período detrás los platillos, Sid dejó la música como prioridad para seguir a todas partes a sus venerados Sex Pistols.

Luego de un tiempo alejado de los escenarios, Vicious tuvo la oportunidad de tocar con la banda que había estado siguiendo obsesivamente. Su talento como músico no era el mejor, pero junto con Johnny Rotten conformaban una explosiva pareja que incitaba a la violencia entre los asistentes -y contra los músicos también. Quizás su único aporte a la música fue la creación del slam dance. La explicación de lo qué esto es no es necesaria, ya que todos conocen la intensidad de los recitales punk y los golpes que se recibe en ellos. De todas maneras, la violencia y su adaptación bailable le otorgaron cierto reconocimiento al bajista.

Cuando Vicious ya se encontraba oficialmente con los Sex Pistols, una groupie viajó desde el otro lado del océano (Estados Unidos) para poder tener alguna clase de contacto o relación con cualquier miembro de la banda. De esa manera Nancy Spungen llegó a Londres. Al igual que Vicious, Spungen era adicta a la heroína y su vida se había reducido a la prostitución y recitales de punk. En uno conoció finalmente a Sid y comenzó la debacle de la banda y la pareja. La relación mediada por drogas, alcohol y violencia destruía cada vez a Vicious, quien dejó de asistir a los ensayos del grupo, alejándose cada vez más de este. Luego vino la fatídica gira por Estados Unidos en la cual Sid se alejó por completo de Sex Pistols, Spungen se convirtió en su manager y dirigió terriblemente su futuro. A esta altura Sid tenía 21 años.

Luego de varios meses cargados de furia y adiciones, Spungen murió. El mítico Hotel Chelsea de Nueva York fue el escenario de un misterioso asesinato. Nancy falleció desangrada por una herida punzocortante que atravesó su vientre. Al haberse inyectado la noche anterior, Sid fue acusado del homicidio de Spungen; él no recordaba nada y eso no lo ayudo en absoluto. A esta altura del partido los mismos The Exploited cantarían Sid Vicious was innocent. El sueño había terminado.

Malcolm McClaren forzó a que EMI pagué la fianza, ya que el polémico manager tenía otros planes para el devastado músico: "Sid Sings". Este curioso material fue la solución económica de Vicious para los gastos del juicio. Desafortunadamente una terrible depresión marcó sus últimos meses, en los cuales Sid nada más deseaba estar solo. Cuando Vicious recuperó su libertad, varios amigos y colegas ofrecieron una fiesta, en la cual su propia madre le vendió una fatal dosis de heroína. Al día siguiente su progenitora encontraría su cuerpo sin vida. No hubo ceremonias de despedida ni tiempo para decir adiós. Sid fue cremado y sus cenizas esparcidas alrededor de la tumba de su amada. Un historia de amor culminaba, así como la vida de un showman del punk, una persona que no dejó un legado claro o incontrovertible, pero cuya imagen prevaleció sobre sus actos como marca histórica del movimiento punk.

La muerte de Sid Vicious, hace treinta años, es para muchos el final de la primera oleada de punk. El hecho de que Vicious fue un espectáculo netamente superficial causó enojo en varias otras bandas que estaban mucho más comprometidas con el ansiado cambio social, como Crass. Al final, Sid es una marca registrada del punk, una figura que no hace más que probar que en el punk existe una delgada línea entre el activismo y la parafernalia. Ninguna banda volvió a cantar himnos a favor de Vicious, es más, luego de su muerte los anarco punks de Crass comenzaron a afirmar que el punk había fallecido. Parece que no están tan equivocados como algunos creen.

miércoles, febrero 04, 2009

John Updike: Lirista de la vida cotidiana

Updike tenía mucho que agradecerle a la psoriasis. Preocupado por no rascarse, procuraba mantener las manos ocupadas en el teclado, escribiendo como alivio a esas tan mundanas comezones. Pero no sólo le otorgó esa compulsión -que le permitió labrar una carrera de autor con suficientes libros (la abrumadora mayoría de ellos excelentes) para llenar varios estantes; sino que lo exoneró del servicio militar, allanándole el camino literario –y hacía otros intereses– como a pocos de sus contemporáneos, enfangados en una generación empujada hacia la batalla. Afeado por esa permanente guerra con su piel, tartamudo y obcecadamente asentado en sus orígenes, John Updike se convenció de ser escritor, se obstinó con la idea y la blandió hasta el final, con una fruición recompensada cabalmente por el éxito. A ritmo de tres páginas de cuentos, ensayos, poemas, críticas, historias cortas o novelas por día, Updike jamás se detuvo. Esa incansable producción –proeza del “hombre de letras” por excelencia– fue cortada recién el pasado 27 de enero, cuando el cáncer fulminó a uno de los últimos colosos de las letras estadounidenses, arrebatándonos con él una forma de entender y escribir la sociedad media norteamericana.

John Updike será sin duda recordado como uno de los principales exponentes de la literatura estadounidense en el siglo XX, capaz de mantener el sutil equilibrio de la popularidad, la aclamación literaria y una producción copiosa –trifecta en la que tal vez sólo lo rivaliza Philip Roth– y adjudicándose de paso un lugar preeminente entre sus pares y compatriotas. Tal distinción provenía de su prosa precisa y delicada, resuelta con el aplomo del que entiende el lenguaje como una forma de belleza, como un constructor de significados en sí mismo. Recorriendo con amplitud envidiable todos los campos literarios, Updike cultivó una versatilidad que ya podía asegurarle la leyenda; pero él entendía que uno sólo podía ser escritor escribiendo, y por ello no admitía desvíos como la automitificación o el regodeo inescrupuloso de varios de sus contemporáneos (Mailer, Wolfe, etc.). Tenía esto mucho que ver, no cabe duda, con la que fue su gran preocupación y veta temática: las posibilidades poéticas de lo ordinario, la vida cotidiana y la gente normal, las posibilidades poéticas de la middle America.

Decía Updike que no conseguía sentirse cómodo en ningún lugar que no fuese la realidad. Pero esta era una realidad poco cercana a la de los literatos consagrados que compartieron años y ámbitos con él (Roth, Bellows, Mailer…), sino una pequeña población suburbana a la que la gente no va si no es de paso, más cerca de Kansas que del cosmopolitismo neoyorquino. Así John Updike pondría la más bella literatura en esa estrecha rutina en la que las goteras o los tropiezos laborales angustian tanto como las perspectivas ambiguas propias del lugar donde las ideologías y dogmas no acuden sino para colisionar. Enfrascado en esa maravillosa fabulación, Updike dedicó su vida a, como el mismo dijo, llevar al papel sus observaciones como “espía literario en la América promedio, suburbana y de supermercados”. El resultado serían monumentales obras que comprenden la más perfecta cartografía moral de los Estados Unidos durante la segunda mitad del Siglo XX.

Este camino comenzaba el 18 de marzo de 1932, cuando John Hoyer Updike nacía cerca de Reading, Pennsylvania. Hijo de un profesor de matemáticas y la encargada de una tienda, Updike heredó las visiones políticas post Gran Depresión de su padre, mientras las aspiraciones literarias provenían de su madre. Igualmente significativa sería su estancia adolescente en una granja rural, donde comenzó a interesarse por la prestigiosa revista literaria “The New Yorker”, en cuyas páginas “tomaba clases” con Cheever y se empapaba del humor preciso y fino que cultivaría durante su vida –aún después de abandonar sus intenciones iniciales de convertirse en caricaturista. Tras un académicamente exitoso paso por Harvard, en el que llegó a presidir el “Harvard Lampoon” antes de graduarse summa cum laude, Updike vería reorientado su destino con la publicación –en 1954– de uno de sus poemas en las páginas de su adorado “New Yorker”. Desistiendo de proseguir sus estudios como ilustrador en Oxford, Updike iniciaría una larga y productiva relación con aquella revista, basa habitual y central de sus publicaciones hasta el final de sus días, al mismo tiempo que arrancaba oficialmente su carrera literaria.

A pesar de que su debut novelístico fue recibido con receloso entusiasmo –"The Poorhouse Fair" (1959), ambientada en un asilo de ancianos de Nueva Inglaterra–, no fue hasta la publicación de "Rabbit, Run" en 1960 que John Updike sería tomado en cuenta como algo más que un periodista con medianas condiciones literarias. Y aunque suena tendencioso afirmarlo en un hombre tan prolífico y parejo como Updike, efectivamente la “Tetralogía Rabbit” contiene la cumbre de su obra. Una reacción a "On the road", como aseveró el propio Updike, esta novela de indiscutibles ecos Salingerianos (al menos en su primer episodio, la ya mencionada "Rabbit, Run") presagiaba los temas y el estilo que consagrarían a Updike, además de postularlo como autor de la tan perseguida “Gran Novela Americana”.

Esta saga narra en sus cuatro volúmenes, "Rabbit, Run" (1960), "Rabbit Redux" (1971), "Rabbit is Rich" (1981) y "Rabbit at Rest" (1990), el periplo de Harry “Rabbit” Angstrom, una metáfora para el hombre común norteamericano que a su vez servía –desde la cambiante fortuna de una ex estrella de baloncesto juvenil– para diseccionar con agudeza el destino de Estados Unidos, en este caso reflejados desde una familia intencionalmente común. “Rabbit” –también un poco el alterego de Updike, de no haberse hecho escritor– atravesaba las prisas conspirativas del amor y sus consecuencias mientras, atrapado por esa pesada mentira que llaman “Sueño Americano”, deseaba incesantemente el escape; zarandeado por los sismos paradigmáticos de los Estados Unidos y sumido involuntariamente en las brasas morales de una generación que no hizo otra cosa que desvariar a lo largo de esas cuatro décadas, “Rabbit” Angstrom logra la maravillosa proeza de metaforizar en su existencia a su país y generación, representando así el logro mayor de un escritor cuya gran preocupación fue precisamente aquella: encontrar la metáfora más certera y hermosa para su país y sus tiempos.

Posteriormente la producción de Updike mantendría una copiosa regularidad, que en la mayorái de los casos no comprometía su calidad. Y aunque un tanto menores que la saga “Rabbit”, obras como "Couples" (1968) merecieron elogios por –a decir de Martin Amis– llevar "Ulysses" a los Estados Unidos en los sesenta. También hay que recordar otra “saga” suya, en la que Updike se reinventaba como el escritor judío Henry Bech, “ajustando cuentas” con sus colegas Roth, Malamud, Mailer y Bellow así como con algunos críticos que recelaban de su origen blanco, protestante y de clase media (algo casi criminal en un entorno en el que los mejores escritores se repartían entre excéntricos judíos, como los mencionados, o multiculturales exponentes). Incluso Updike se permitía otorgarle el Nobel –que, a pesar de merecer, nunca recibió él mismo– a Bech, en una justiciera jugarreta literaria que fue festejada por muchos. Probablemente si, como decía el desaparecido David Foster Wallace, John Updike fue el sumario exponente de esa generación de (autores) “grandes machos narcisistas”, Henry Bech es suficiente evidencia para sostener tal argumento. Que Updike mismo haya sido el primero en vislumbrarlo dice mucho de su capacidad observadora y satírica. Igual resalte corresponde a sus colecciones de ensayos sobre arte o sus exquisitamente justas reseñas literarias (John Updike es mejor crítico literario de lo que se suele recordar), cuentos cortos (aunque padece de exceso barroco si se lo compara con Carver, su calidad autobiográfica hace de estas iteraciones breves algunas de las más interesantes que produjo Updike), poesía (un clasicista poco atento a las modas, sin duda dejaba claro en ellos que entre el lirismo pulcro de su prosa y su poética había apenas un cambio de tiempo), que fueran publicados en numerosas antologías, usualmente intercaladas con los también numerosos libros que publicaba –al sagrado ritmo de al menos uno por año– hasta el anterior curso.

A pesar de las críticas que recibió por recientes empresas (fallidas recontextualizaciones de Shakespeare o Tristan e Isolda) o por una aparente pérdida de finura en su sintonía sociopolítica (su libro "Terrorist" de 2006 fue vapuleado por su incapacidad de introducirse en la mente del protagonista, un adolescente musulmán y neoyorkino), es evidente que Updike no necesitaba ya probarle a nadie su cimera estatura en las letras americanas. Tal vez tampoco le convenía aventurarse en el Brasil o la Dinamarca medieval, cuando reconocía sus raíces firmemente plantadas en la “América media” que con tanta soberbia retrataba; lo mismo arriesgarse en el agitado estanque de la política, cuando él mismo se sentía políticamente inferior a -digamos- John DeLillo. Eran estos “errores” los que invitaron a más de uno a acusarle de ser un viejo que no había ganado sabiduría con los años. Sonreirían los espejos al notar que Updike escribía desde mucho antes sobre lo riesgoso que podía ser envejecer; y que lo hacía con la resuelta contundencia del que ha vivido demasiado.

Un esteta de la prosa, John Updike logró el imposible de balancear la pulcritud estilística máxima con el tesón prolífico más envidiable; alcanzando en el proceso una capacidad de interpretar su país tan portentosa que no sorprende que –si vale la anécdota– tanto Obama como McCain le hayan tenido entre sus autores de cabecera. La promesa meditativa de su prosa (que le hace discípulo de Karl Barth) o las extendidas reflexiones sobre el adulterio y la contrición que le sigue, son todavía insuperables en sus escritos; por lo que difícilmente podría afirmarse que haya estado más interesado como autor en los macrocontextos que en la tirante microfísica de sus personajes. Y eso es todavía indispensable para entender nuestro mundo. Como no hace falta explicarnos sus elogios y galardones, podemos pensar que el ataque que Updike soportó recientemente –proveniente de los escritores más jóvenes, siendo Foster Wallace el más incisivo de ellos– responde quizás a un temor a emular los alcances, a vivir bajo una eterna sombra titánica; sombra capaz de esconder (aún en sus momentos más flojos) algunos de los esfuerzos más logrados de la escritura norteamericana reciente. Como el hijo que tiene que pelear con la idea de, eventualmente, llenar unos zapatos muy grandes. Pero ahora, cuando tendremos que comenzar a acostumbrarnos a no recibir uno o más nuevos “Updike” al año, y cuando ya el riesgo de sustituirle es algo superfluo –como innecesario fuera desde el primer instante; conmemoramos también el definitivo y merecido paso de ese coloso al panteón donde Herman Melville, Nataniel Hawthorne y Sinclair Lewis le esperan.

Updike at Rest.




N. del E.: Pase por nuestra habitual y querida Editorial "El Cuervo", guarida de jeques perversos y finolis rematados, donde encontrará un doble homenaje, en el que Joh Updike -con su habitual precisión y detallismo- comenta a un grandísimo colega, que este año alcanza fechas de homenaje: J.D. Salinger. Están entonces invitados a pasar por la guarida de los cuervos, que los tujsillos van por cuenta de la casa.

viernes, enero 30, 2009

Historia averiada de la literatura portátil

Texto presentado en el evento "Web 2.0 para todos - 1ª Cumbre de Voces Bolivianas"

Hace no más de dos años la comunidad bloggera boliviana –y uso comunidad con excesiva libertad– iniciaba su existencia de forma oficial, orgánica y quizás definitiva. La adquisición de una autoconsciencia plena, plasmada en el surgimiento de modos organizativos simbólicos y prácticos, convergía con un floreciente interés social y mediático por el soporte y sus productos. Sin duda era un gran momento para ser un bloggero en Bolivia. El momento fundante de la experiencia que se ha llamado blogósfera boliviana.

Durante ese tiempo, así como en el mundo los blogs han experimentado intensas transformaciones y avances, en Bolivia su crecimiento y consolidación ha continuado, aunque sin el momentum inicial ni con los alcances de otros contextos. Sorprende sin duda –considerado el pobrísimo estado de los medios tradicionales bolivianos– que los blogs y medios 2.0 no hayan conseguido establecerse como elementos conformadores de la realidad boliviana, en este caso desde el correlato social. Pero son otros cambios los que despiertan mayor interés, puesto que sin obedecer arquetipo alguno, la blogósfera boliviana ha mutado bruscamente en los últimos tiempos.

Las características de desterritorialización semiótica que ésta tenía, por ejemplo, han desaparecido. Ahora la lectura de cada blog demanda una actualización contextual que se replica en los encuentros bloggeros realizados -casi como queriendo eliminar este territorio sin territorio- primero en Santa Cruz y luego en La Paz, e incluso en éste [la cumbre de Voces Bolivianas]. Las ventajas léxicas del soporte tampoco se han aprovechado en plenitud, proliferando blogs empleados como sucedáneos de publicaciones físicas antes que ensayos, nativos del campo bloggero, por expandir las características distintivas del medio. Y finalmente, la arbitraria omisión de la primera comunidad de blogs bolivianos y sus remplazo por una iniciativa privada, ha terminado anulando el proceso de constitución social de la blogósfera boliviana –que ciertamente tenía numerosas falencias pero no carecía de legitimidad y se encaminaba con naturalidad preclara.

Pero no son todas invitaciones al lamento. Los blogs continúan ganándose espacio en la esfera pública, prueba de ello son las varias notas y secciones que se les dedica desde la prensa nacional. Lo mismo los blogs institucionalizados que mantienen entidades usualmente ligadas a los medios, la opinión pública o las artes. Se han publicado igualmente –incluso en revistas académicas, pero primordialmente en la blogósfera misma– interesantísimos artículos analizándola desde perspectivas sociológicas, comunicacionales, discursivas o tecnológicas. Estos procesos apuntan hacia la continuidad del desarrollo de la blogósfera nacional, pero no son indicios suficientes para determinar su actual situación, o posición, dentro de nuestra sociedad. Superada la vertiente estadística pura, habrá que esperar mayores y más claras manifestaciones en tales aspectos si es que se quiere establecer o inferir políticas organizativas en la blogósfera nacional.
Pero, ¿cómo se ve la blogósfera desde su interior? A pesar de una evidente desaceleración en su crecimiento y de la desaparición de algunos de sus exponentes más señeros, la blogósfera nacional continúa enriqueciéndose a diario. Atestiguamos así la aparición de voces cada vez más plurales, como las presentes en esta cumbre, y la constante participación de bolivianos dispersos en todo el país y hasta en el exterior; bloggeros migrantes que mantienen un contacto intenso con el país por medio de los blogs y sus tecnologías afines. También se ha producido una migración bidireccional entre los blogs y los medios de comunicación tradicionales, pues muchos periodistas y escritores han abierto su blog –casi en una movida desesperada para no ser arrollados por la tendencia–, mientras algunos bloggeros comenzaban a ver sus notas reproducidas en periódicos o revistas. Claro que todo esto con menor significatividad que en países donde ya existen semanarios completamente integrados por notas tomadas de blogs o donde se publican blogs en formato físico; pues en el país se da una simbiosis que parece ser más beneficiosa (por la pluralidad de enfoques) para los medios tradicionales que para los blogs (que ven condicionadas sus oportunidades de “éxito mediático” a la mitigación de las lógicas renovadoras propias de la escritura blogosférica). Es posible no considerar estas “transcripciones” de medios tradicionales –que ven el soporte de los blogs como un medio gratuito de publicación y nada más– como blogs per se, pues éstas revistas estarían publicándose sin cambios en papel o en una web pagada, por lo que tal relación no carece de polémica. Sucede algo parecido con la prosa [y poética, como acabamos de ver] absolutamente menor que suele plagar la mayor cantidad de los blogs nacionales e internacionales. A medias entre la ficción confesional y la narración maximalista de lo cotidiano, no tiene sentido quejarse de las virtudes literarias de los blogs, valor que jamás se han arrogado, cuando la prensa tradicional tampoco están mucho mejor en dicho ámbito, dejando escapar yerros de auténtica verguenza.

Los blog también han conseguido mantener intacta la polisemia que les es tan distintiva, conservando su potencial para dejar huellas productoras de interacciones textuales (a veces diferidas). Su escritura también se ha mantenido inalterablemente como un proceso lingüístico metafórico –en esto según Fauconnier, Turner, Lakoff y Johnson– y hasta se podría arriesgar uno afirmando que la creciente subjetivización de las noticias, que cada vez contienen más opinión y menos información, se entrelaza con la tendencia opinativa típica de la blogósfera, donde predomina lo subjetivo y personal sobre la data y exposición.

Un fenómeno que también se ha profundizado en el país es el relacionado al uso de las tecnologías web 2.0 (blogs particularmente) como dispositivos para la espectacularización del yo. Un canal para, como sugiere el nada gratuito título de esta nota, desencadenar al shandy homuncular de cada bloggero. Guy Debord presagiaba este fenómeno al hablar de la Sociedad del espectáculo, que Paula Sibila –autora de “La intimidad como espectáculo”– actualiza categorizando la blogósfera como el lugar de lo ex-intimo, sugiriendo una intuitiva "superación" de la realidad en los modos de los blogs, mientras abre un terreno indagativo vastísimo para las ciencias del comportamiento humano, que podrían deleitarse abocándose al análisis de la la ficcionalización de la vida privada o de la exposición del yo espectacularizado.

Cerrando esta intervención corresponde declararnos escépticamente optimistas –en un maravilloso oxímoron– frente a las perspectivas de la blogósfera boliviana. Torpedeada por los mismos problemas que han hecho de nuestro país el extraordinario estado que es, la comunidad bloggera ni es la fallida réplica social que pintan algunos ni el adolescente inocentón que sugieren otros. Lo real es aquello que vamos viendo hoy y que iremos percibiendo, de a poco, alrededor nuestro; y esto va construyendo el futuro blogosférico nacional. Debemos, eso sí, evitar convertir la blogósfera en un ghetto (influyente solamente en su reducida esfera de lectores/autores) o una logia (la penetración del internet en el país es un grandísimo tema pendiente, delimitando los alcances e influencia posibles de la blogósfera a temas socioeconómicos).
Siempre el espacio ideal para la expresión pluriarquica, los blogs han abierto y consolidado un ejercicio que permite y empodera a todos lo que decidimos usarlo como materializador de nuestros derechos; sea como plataforma gratuita de publicación, herramienta social, lúdica interface para “sacarle la mostaza” a todo el mundo, diario personal en versión digital, etc., etc. Lo que está indiscutiblemente claro es que llamarlos “nuevos e inexplorados” es ya imposible.

lunes, enero 19, 2009

Javier Rodríguez: the Next Great Rock Critic

Desde aquí queremos felicitar a nuestro querido Javier Rodríguez por haber obtenido el primer lugar en el concurso de crítica de rock organizado por la prestigiosa revista norteamericana Crawdaddy!  En Diseccionando sabemos de todo el trabajo que hay detrás de este reconocimiento y esperamos que sea el primero de una larga serie.  

Pueden leer el artículo que decidió a los jurados aquí. 

lunes, enero 12, 2009

No Asheton. No Stooges. No Fun.

No había posibilidad de confundir esa melena rubia. El provocador sexual de turno no era quien recurriese a un puntiagudo braseare de Jean Paul Gaultier para volar las alarmas puritanas, sino un sujeto que –con gran contento– enseña el miembro, cada noche, hoy como hace cuarenta años. Ya por encima de los sesenta pero acompañado de la banda con la que básicamente se inventó antes de cumplir los 20, el semidesnudo demente que se contoneaba en el escenario del “Rock and roll Hall of Fame” era Iggy Pop, afortunadamente “completado” por los siempre estupendos Stooges (los hermanos Ron y Scott Asheton en guitarra y batería respectivamente, además de Mike Watt supliendo al malogrado Dave Alexander en el bajo). Así se zanjaba la polémica respecto a la inducción de la “reina del pop” [sic] en el salón de la fama del rock, y de paso Madonna se congraciaba al reivindicar a los padres del punk, que habiendo sido nominados ya en más de siete ocasiones, la tienen aún difícil para entrar a dicha “selecta sociedad”. Si bien es probable que el reciente fallecimiento de Ron Asheton termine por cuajar la tan postergada inducción, no creo que el reconocimiento institucional sea algo que preocupe especialmente a estos pioneros del punk. Como fuera, contando el inesperado link The Stooges – Madonna como uno de los momentos más extraños del año pasado y apenas empezando el 2009 con la noticia de la muerte de Ron Asheton, aprovechamos estas líneas para homenajear al desaparecido guitarrista.

Nacido en 1948 en Washington D.C., la vida de Ron Asheton está permanentemente ligada a dos ejes esenciales: Detroit y The Stooges. Aunque a la larga ambos terminarían ejerciendo la misma trascendental influencia en Asheton, pues de no haberse trasladado a Ann Arbor en 1963, no habría conocido a los otros miembros de la seminal banda, y mucho menos habrían podido crear a los Psychedelic Stooges en su sótano. El cambio permitió a Asheton pasar del acordeón a la guitarra, e introducirse en una escena en la que el rock de garaje era el lenguaje común.
A pesar de que su madre le compraba todos los discos de los Beatles o los Rolling Stones, no fue hasta que tuvieron de oportunidad de ver a The Who en Londres (en 1965) que los Asheton decidieron qué era lo que deseaban hacer como banda. El pandemónium hipnótico del cuarteto inglés les dio un vistazo del extremo al que aspiraban, un riesgoso estado alterado en el que la música empujaba al público y a los intérpretes al caos más puro.


Cuando conocieron al errático empleado de una tienda de discos llamado James Newell Osterberg –el futuro Iggy Pop– los Asheton decidieron finalmente iniciar una banda, que fue bautizada como The Psychedelic Stooges. Con otro amigo de la escuela en el bajo (David Alexander) y sin realmente saber tocar sus instrumentos demasiado bien, los Stooges decidieron hacer una suerte de rock vanguardista que incorporara algo de los Yardbirds, Harry Partch, Frank Zappa, Hendrix , los cantos gregorianos y la música budista. Así, intentaron crear una ópera rock de avanzada con una guitarra hawaiana de juguete haciendo de sitar y licuadoras, aspiradoras, viejos aparatos telefónicos y otros trastos caseros como efectos de sonido.
Casi sin proponérselo debutaron muy pronto, el día de Halloween de 1967, abriendo para los MC5 en un conocido antro local., el Grande Ballroom. Bordeando el arte performático entre los gritos de Pop y las fallidas evoluciones de cada uno en sus instrumentos –que obviamente apenas sabían tocar–, su impericia estalló en el escenario y consiguieron dejar al público azorado. Tristemente su próxima tocada, como tel
oneros de Cream, fue un desastre (probablemente debido a que su set completo duraba varios minutos menos que cualquier solo del trío inglés). Este incidente puso en pausa a la banda, que decidió replantearse su camino de inmediato.

Cuando regresaron en 1968, los Stooges no solamente habían quitado el Psychedelic de su nombre, sino que se habían transformado en una banda radicalmente distinta. Apuntando a la agresión sónica más pura, eliminaron cualquier señal de sofisticación musical y se aprestaron a barrer con todo a fuerza de una performance inmisericorde. Apoyados por la revista "Creem" y sus “hermanos mayores” MC5, los Stooges consiguieron inesperadamente un contrato discográfico con Elektra, que les ofrecía 25.000 dólares y un estudio listo para grabar. Tenían apenas tres canciones y una especie de jam desorientado con el que cerraban sus conciertos; no importó mucho y el cuarteto se lanzó a Nueva York jurando tener el material listo, pues allí John Cale los esperaba para comenzar a producir su debut.

Habiendo escrito la mitad del álbum la noche anterior de grabarlo (así afirmaba Ron Asheton, que se dividió con Iggy los deberes compositivos), Cale medió en esa inexplicable mezcla de los Doors y Velvet Underground que le había tocado producir, y sobrevoló con ellos los rincones más arty del sonido Stooge. Ron Asheton fue fundamental para la conformación del sonido del disco, gracias a su wah-wah enfurecido (debe ser el usuario más feroz de este pedal) y a las llamaradas distorsionadas de su guitarra, tocada siempre al extremo del acople. Autor de los mínimos pero perdurables riffs de “No fun”, “I wanna be your dog”, “Real cool time” entre otros, "The Stooges" de 1969 apenas conseguía capturar la demoledora potencia del grupo, que insistía en grabar con los amplificadores en 10 pero terminó entrando en el marco medianamente contenido que dibujó Cale.

Un fracaso rotundo en críticas y ventas, "The Stooges" sirvió para –a futuro– “fundar innumerables bandas”, muy a pesar de su estrepitoso fracaso inmediato. Sería tal vez la estela de John Cale y el similar efecto de su trabajo con la Velvet Undergound. Como fuera, cambiando de productor y en busca de alguien capaz de plasmar su sonido “auténtico” y descarriado, grabaron en 1970 "Fun house", recurriendo al viejo tecladista de los Kingsmen para guiar la empresa. Y la idea resultó fructífera, dado que se consiguió capturar el torbellino sonoro de la banda, a la que se le añadió el saxo de Steve McKay, elemento disruptor esencial y casi una zambullida en el free jazz. El resultado fue, nuevamente gracias a la imponente guitarra de Ron Asheton –menos apoyada en el wah-wah pero desatando una tormenta de distorsión sobre la furiosa base de su hermano Scott–, un tour de force inaudito. Bautizado como la “casa de diversión” donde estos punks dormían las borracheras o tomaban ácidos con hippies confundidas, el disco elevó el ataque de lava guitarrístico de Asheton a un nivel en el que podía codearse con innovadores más rigurosamente formados, pues lo que los Stooges estaban haciendo (lo decían ellos mismos) no era sino sus propias versiones de Albert Ayler, Ornette Coleman y hasta John Coltrane.

De algún modo la historia de los Stooges termina con el último chirrido de “L.A. Blues”, atonal freak out con el que cierran "Fun House". Desmembrados por el alcohol y la heroína –sólo Asheton pudo salvarse de esa adicción–, el descalabro comercial de su segundo álbum y la consecuente recisión de su contrato con Elektra acabaron por desbandarlos. Y aunque en 1973 David Bowie convenció a su disquera para que contrataran a su amigo Iggy y los Stooges, e incluso produjo "Raw Power" (a la sazón tanto el último disco de la banda en 35 años como el primero en dejar huella entre otras bandas); el hecho de contar con James Williamson en la guitarra y degradar a Ron Asheton al bajo, hace de este disco –no por ello es menos influyente o genial– un apunte marginal en la carrera del guitarrista original de los Stooges. Y por mucho que Ron se apañó para tocar el bajo con furiosa solvencia, el tercer fracaso consecutivo y los problemas experimentados en la producción lograron separar definitivamente al grupo, que con el auspicioso arranque solista de Iggy y la muerte de Dave Alexander a causa de una pancreatitis en 1975, vio cerrarse el capítulo más notable de su historia.

Luego de la disolución de la banda Ron Asheton adoptó un perfil relativamente bajo para las próximas décadas, a pesar de que bandas como los Pistols o The Damned no se empachaban de mencionarlos como sus influencias. Y aunque probó suerte como actor, no llegó a alejarse de la música y se unió a The New Order en 1974, una especie de superbanda del proto punk que no tuvo impacto. En 1976 Asheton volvió a encontrarse en la senda “vanguardista” con Destroy All Monsters, una banda que daba el salto hacia el post-punk heredando lo mejor de los Stooges y en donde la preciosa Niagara presagiaba el No Wave al señalar que el camino entre la primera Velvet Underground y Sonic Youth debía pasar necesariamente por los Stooges. Lastimosamente la escasísima repercusión de este grupo termino igualmente condenándolo a una prematura desaparición.

Ya acostumbrado al fracaso, Asheton se abocó a las presentaciones en vivo, y alternó en el supergrupo de punk australiano New Race, que a inicios de los 80 incluyó a miembros de Radio Birdman, MC5 y los Stooges. Fue justamente un nuevo “rejunte estelar” el que propició la más reciente reaparición de Ron Asheton, que cuando fue convocado para grabar el soundtrack de "Velvet Goldmine" (Todd Haynes, 1998) se hizo amigo de varios músicos que lo idolatraban: Mike Watt, J. Mascis, Thurston Moore y Mark Arm, que no solamente quedaron encantados con la posibilidad de tocar con él, sino que lo invitaron a transformar este eventual experimento en una banda permanente, y hasta grabaron juntos un disco. (todavía iinedito) Pero a pesar del hundimiento de la idea, convocando nuevamente a su hermano Scott, Ron armó una nueva versión de los Stooges a partir de este experimento, contando a Mike Watt en el bajo y a J. Mascis en la segunda guitarra. Sorprendido por la recepción que tuvo esta reencarnación, Iggy Pop se apareció en uno de sus conciertos y desde entonces (2003) se reinició oficialmente la andadura Stooge, manteniendo a Watt en el bajo y hasta recuperando al viejo saxofonista Steve McKay.

Y aunque lo más relevante de esta reunión son las presentaciones “en vivo” –que a pesar de los años no han perdido su potencial revoltoso ni la sorprendente avalancha energética, ambos absolutamente memorables–, la banda también grabó un nuevo disco en 2007. Titulado "The weirdness" y esta vez creado junto al genial Steve Albini, el disco no es malo, pero sí queda como una adición muy menor al tríptico original del grupo. Durante todo 2008 la banda proseguiría su gira sin mayores sobresaltos, por lo que no deja de sorprender que Ron Asheton haya aparecido muerto en su casa de Ann Arbor. Probablemente el más saludable de los Stooges, Asheton aparentemente falleció a causa de un fallo cardiaco, dejando seriamente comprometida la continuidad de la legendaria banda, pues hay que tener agallas para querer llenar los zapatos de un guitarrista tan influyente como él. Salvo que James Williamson –actual vicepresidente de Sony Electronics– decida dejar el terno y retomar la guitarra, la certeza del final de los Stooges es tristemente casi total.

Precursores de casi todas las formas musicales que incluyan guitarras subidas y agresividad, al pretender inventar una nueva forma de blues -dado que la idea de adolescentes blancios recociendo el blues ya les parecía agotada- los Stooges descubrieron que el truco estaba en esencialmente saltarse el blues, exorcizarlo del rock. Tiene así total sentido que el wah-wah sea usado por Ron Asheton como si de una bomba de gasolina se tratase y ya no con la seductora actitud bluesera; lo mismo para la batería y el “four to the floor” carente de ese swing canónico. Ron Asheton fue en todo esto tan fundamental como Iggy Pop, y no en vano es uno de los guitarristas más influyentes del rock, casi tan robado en el cuartel punk como James Brown en la música negra. Siendo The Stooges una estupenda síntesis de todo el garaje rock estadounidense y de lo que la invasión británica llevó a ese país, tanto John Zorn como Jay Reatard siguen acercándose al arte desde la sombra de los de Detroit. Y es que el mundo no ha cambiado demasiado; sigue hundiéndose en una espiral de caos sobre la que no tenemos control. Y ese fue el sonido de los Stooges, de la guitarra de Ron Asheton, de la estampida de su hermano Scott, de la inundada demencia de Dave Alexander y sus bases, del poseso Iggy Pop perdiendo los pantalones en el escenario. Jamás debe pasársenos que Stooge en español significa chiflado. Y tal vez ese es el mayor cumplido que le han hecho jamás al mundo, y la música de este inagotable cuarteto el mejor de sus retratos.


domingo, diciembre 21, 2008

Aviso: Javier Rodríguez, the next great rock critic

Tenemos el gusto de anunciarles que nuestro querido Javier Rodríguez C. ha sido seleccionado por la prestigiosa revista Crawdaddy! como uno de los tres mejores nuevos críticos de rock. Ahora, Javier tiene la oportunidad de ser el "next great rock critic" de esta publicación; su texto, titulado "And the rockers red glare", compite por los votos de los lectores; los invitamos a leer su artículo y, si les gusta, a votar por él aquí