Rodrigo Bellot, quizás el más visible exponente de la nueva generación del cine boliviano, decidió abandonar la profunda introspección y el circunspecto discurso de “Dependencia Sexual”, para realizar una apuesta arriesgada, embarcándose en el desarrollo de una "comedia nacional” [sic]. Así nacía una llamita blanca.
“¿Quién Mató a la Llamita Blanca?” puede presentarse como una comedia social, aunque su acercamiento a los formulismos del género la vincule a ese olvidado subtipo conocido como “screwball comedy” más que a una elucubración envuelta en una tónica jocosa. Claro que la iconoclasia del abordaje de Bellot, y del guionista Juan Cristóbal Ríos, ribetea la comedia por el valor intrínseco de la carcajada fácil (¿Interesa alguna otra cosa cuando la idea es hacer reír?) y deja de lado la capacidad de transformación que se posee desde la construcción discursiva (sea esta cinematográfica o no). Entonces, no debemos esperar aquí una comedia política a lo Lina Wertmüller, aunque tampoco una trastada a lo Kevin Smith.
No quiero pecar de exageradamente negativo, por lo que considero necesario comenzar reconociendo los valores fundamentales que tiene la película. Realizada como un “proyecto de graduación colectivo” por los estudiantes de la Escuela de Cine “La Fábrica”, de Cochabamba, confirma la formación de una importante camada de técnicos y profesionales, capaces de abanderar el nacimiento de una industria cinematográfica local. En este aspecto, el técnico, la película es indiscutiblemente prolija, aunque todavía se eche en falta la posibilidad de realizar la posproducción localmente.
El otro aspecto altamente encomiable corresponde a los actores, cuya caracterización es creíble, y permite digerir el estereotipo caricaturesco que se propone desde el guión. En este sentido, si en películas como “Crash” el abuso del estereotipado como vehículo narrativo marcaba un flirteo autodestructivo, aquí la exageración y el despropósito, hechos carne en Erika Andia, Miguel Valverde y Pablo Fernández, terminan redondeando el espíritu “camp” de la película (si se me perdona el intraducible anglicismo). A la luz de la eficiente resolución de los papeles y las notables performances, en esta como en otras películas nacionales, creo que reclutar artistas extranjeros para los protagónicos, rotar hasta el hartazgo a los mismos cinco actores o quejarse de las dotes interpretativas de los nuevos actores bolivianos, es ahora poco menos que impensable.
Por otro lado, a diferencia del director, no creo que la película pueda inscribirse dentro del sistema semiológico que él llama “Neobarroco boliviano” [sic], pues la misma construcción audiovisual y narrativa trasciende un gusto distinto, como si se estuviese articulando el discurso de la película desde afuera, empleando elementos que se cree pertenecen al sistema estético “neobarroco” (culturalmente mestizo, popular, o simplemente “cholo”, concepto que se evita en la película) cuando ciertamente se sabe que la película no se pensó “desde lo cholo”, sino como un menos certero “cómo vemos nosotros a los cholos”, a diferencia de “Sena Quina”, reciente primer ensayo nacional dentro de la comedia sin pretensiones serias, y evidentemente compuesta desde y con “lo cholo”, sin caer en evidencias que comprometan la consecuencia de esta elección estética y léxica. Nótese que aquí, en este comentario, no confundimos cholaje con indigenismo, ni otorgamos una tónica peyorativamente racista al concepto. (Hágase referencia a la definición del cholaje como una capacidad cultural, propuesta por Pablo Rodrigo Barriga, para comprender mejor este planteamiento). Por supuesto que cuestionar esta autenticidad es una exquisitez análoga a recriminarnos algún pecado de formación; pues me pregunto cuán creíble resultaría una reconstrucción mía del lenguaje popular, incapacidad original incluso evidente en lo literario.
Pero la sombra de “Sena Quina” no deja de perseguir a esta película. Es cierto que se parecen poco y cada una tiene su particular lote de aciertos y fallas (más o menos abundantes), aunque el intento de Paolo Agazzi por producir comedia ligera termina abordando mejor algunos ríspidos temas que Bellot sugiere con exagerada persistencia. Por ejemplo, Bellot nos cuenta (incluyendo un recorte de las mismas, pegadas sobre la pantalla y en formato de texto) de las polémicas declaraciones de Gabriela Oviedo, Miss Bolivia 2003, para luego aprovecharse de la broma; mientras que Agazzi bautiza a un destartalado karaoke camba como “Tall & Blond People” (Gente Alta y Rubia), sutilmente aprovechando la broma. Evidenciamos, a través de este como de otros ejemplos, que Bellot y Ríos parecen no poder definirse entre el humor muy veladamente tocado (anecdotizar sin criticar, dicen), las bromas literalmente “tongue in cheek” y la sobre-explicación de algunos aspectos, necesaria para los espectadores extranjeros (mercado al que se apunta desde la reputación del Director y del Equipo de Producción) pero algo cargosa para el público local. Claro que satisfacer a unos y otros sería arrastrar la obra a un punto ciego de improbable existencia.
Sin embargo, en esta película la observación de lo abigarrado (según Zavaleta) no deja de parecer incompleta. No se aborda el pleno de esa intersubjetividad multitemporal y contradictoria. ¿Por qué burlarnos de un discurso popular urbano, y no de las clases medias y altas? Me parece que faltó un personaje que pudiese permitirnos reír de este sector social, sus preocupaciones y frivolidades, de manera sistemática y no a retazos, como sucede en “La Llamita”. ¿O tal personaje se hallaba detrás de la cámara?, ¿Al otro lado de la pantalla? ¿Es acaso tan difícil reírse de uno mismo?, ¿Cómo retratarían a la pequeña burguesía cruceña en una película producida en Huayna Tambo? Es imposible componer desde lo que no se es, he ahí una axiomática ineluctabilidad.
“Género obliga” dice Bellot para explicar el “final feliz”, que duele, más que por otra cosa, por ese facilista “Deus ex machina” que al final lo resuelve todo, dejando cabos sueltos y tendones tirantes por toda la trama. Ergo, considerando que la mayoría de las comedias ligeras no se caracterizan por un guión sólido, ¿Podemos justificar todo tipo de defectos argumentales? Sinceramente yo no lo creo así. La capacidad narrativa y humorística, no exenta de un ácido sentido crítico y de autoconciencia, de Juan Cristóbal Ríos ha quedado evidenciada en sus anteriores trabajos, pero en este parece que le faltó un pulimentado general de la matriz argumental.
Hablemos un poco más de del guión. Este, inevitablemente laxo, falla en su delimitación del pathos, socavando la cohesión narrativa al imponer inconscientes cortapisas, que evitan derramar un magma conceptual (el logos) incapaz de soportarse y hacer de tejido conectivo al mismo tiempo. Es posible percatarse de esto en la utilización irresoluta del narrador, en el jugueteo visual, en la pobre coherencia de la línea narrativa, que de no haberse pensado la película como un “road movie”, nos remitiría a un desolado trasiego entre gags y forzados momentos de acumulación dramática, que en general terminan mermando la capacidad comunicativa del texto fílmico.
“¿Qué tal la exploración estética de Bellot en esta?” me preguntaron. No supe si confirmar un consciente avance exploratorio en la “vanguardia” audiovisual y sintáctica, corroborar un abuso gratuito del efectismo visual, o culpar a ese infeccioso afán de sorprender al público, de agarrarlo con la guardia baja, tan diseminado entre los artistas y artistoides criollos, mal que yo también suelo adolecer. “Mejor no hablar de ciertas cosas.” diría Luca Prodan.
Cuando uno enfoca la cámara lo suficiente, se hace tan poderoso que casi puede transfigurar la realidad desde su mirada. En nuestro país, probablemente gracias a su peculiar sociología de masas, esto no ha sido posible desde un discurso humorístico. Así es que creemos que la sátira camufla o expone, aunque casi sin fondo; mientras que el cine serio de Ukamau (por decir algo) propone una dialéctica más palpable. Quizás este asunto corresponde más al ámbito de la madurez política que a la película comentada en cuestión, aunque yo no discutiría la poderosa fuerza sintética e ideológica del cine. Sino pregúntenle a Jorge Sanjinés, a los maestros soviéticos o hasta a Leni Riefenstahl. Lamentablemente con Bellot no hay una definición consciente en tal sentido.
Cerrando ya el presente comentario, prefiero no cebarme con aspectos altamente criticables (el mal mezclado sonido y su efecto sobre la inteligibilidad de los parlamentos, la subterránea disquisición racista, el intrusivo y luego recortado rol del narrador, etc.) sino esperar que el tiempo y las sucesivas transacciones con la película permitan consolidar, o no, una opinión al respecto. A pesar de todo, el film ya parece haber envejecido bastante mal, y muchas de sus situaciones y desarrollo humorístico han dejado de ser tan graciosos como cuando se concibieron, en el momentum de la actual “Revolución Democrática y Cultural”. Queda la esperanza de la futura consolidación de la comedia vernácula en el cine boliviano, pero para alcanzar esto hace falta todavía mucho tropezar en el camino. Al final de cuentas, el estridente chirrido de la frenada no evita que la llamita igual termine atropellada.





















