viernes, septiembre 08, 2006

Llamerada Con Música Estridente

Probablemente uno tiene que estar profundamente trastornado para no poder ir al cine y ver una comedia sin dejar de pensar en política. Pero el boliviano es así, el nuestro es “el país de los analistas políticos” (y, por transitividad, también el de los “críticos de cine”) y ni siquiera un ejercicio humorístico se salva del fandango politiquero o de la critica desaforada.

Rodrigo Bellot, quizás el más visible exponente de la nueva generación del cine boliviano, decidió abandonar la profunda introspección y el circunspecto discurso de “Dependencia Sexual”, para realizar una apuesta arriesgada, embarcándose en el desarrollo de una "comedia nacional” [sic]. Así nacía una llamita blanca.

“¿Quién Mató a la Llamita Blanca?” puede presentarse como una comedia social, aunque su acercamiento a los formulismos del género la vincule a ese olvidado subtipo conocido como “screwball comedy” más que a una elucubración envuelta en una tónica jocosa. Claro que la iconoclasia del abordaje de Bellot, y del guionista Juan Cristóbal Ríos, ribetea la comedia por el valor intrínseco de la carcajada fácil (¿Interesa alguna otra cosa cuando la idea es hacer reír?) y deja de lado la capacidad de transformación que se posee desde la construcción discursiva (sea esta cinematográfica o no). Entonces, no debemos esperar aquí una comedia política a lo Lina Wertmüller, aunque tampoco una trastada a lo Kevin Smith.

No quiero pecar de exageradamente negativo, por lo que considero necesario comenzar reconociendo los valores fundamentales que tiene la película. Realizada como un “proyecto de graduación colectivo” por los estudiantes de la Escuela de Cine “La Fábrica”, de Cochabamba, confirma la formación de una importante camada de técnicos y profesionales, capaces de abanderar el nacimiento de una industria cinematográfica local. En este aspecto, el técnico, la película es indiscutiblemente prolija, aunque todavía se eche en falta la posibilidad de realizar la posproducción localmente.

El otro aspecto altamente encomiable corresponde a los actores, cuya caracterización es creíble, y permite digerir el estereotipo caricaturesco que se propone desde el guión. En este sentido, si en películas como “Crash” el abuso del estereotipado como vehículo narrativo marcaba un flirteo autodestructivo, aquí la exageración y el despropósito, hechos carne en Erika Andia, Miguel Valverde y Pablo Fernández, terminan redondeando el espíritu “camp” de la película (si se me perdona el intraducible anglicismo). A la luz de la eficiente resolución de los papeles y las notables performances, en esta como en otras películas nacionales, creo que reclutar artistas extranjeros para los protagónicos, rotar hasta el hartazgo a los mismos cinco actores o quejarse de las dotes interpretativas de los nuevos actores bolivianos, es ahora poco menos que impensable.

Por otro lado, a diferencia del director, no creo que la película pueda inscribirse dentro del sistema semiológico que él llama “Neobarroco boliviano” [sic], pues la misma construcción audiovisual y narrativa trasciende un gusto distinto, como si se estuviese articulando el discurso de la película desde afuera, empleando elementos que se cree pertenecen al sistema estético “neobarroco” (culturalmente mestizo, popular, o simplemente “cholo”, concepto que se evita en la película) cuando ciertamente se sabe que la película no se pensó “desde lo cholo”, sino como un menos certero “cómo vemos nosotros a los cholos”, a diferencia de “Sena Quina”, reciente primer ensayo nacional dentro de la comedia sin pretensiones serias, y evidentemente compuesta desde y con “lo cholo”, sin caer en evidencias que comprometan la consecuencia de esta elección estética y léxica. Nótese que aquí, en este comentario, no confundimos cholaje con indigenismo, ni otorgamos una tónica peyorativamente racista al concepto. (Hágase referencia a la definición del cholaje como una capacidad cultural, propuesta por Pablo Rodrigo Barriga, para comprender mejor este planteamiento). Por supuesto que cuestionar esta autenticidad es una exquisitez análoga a recriminarnos algún pecado de formación; pues me pregunto cuán creíble resultaría una reconstrucción mía del lenguaje popular, incapacidad original incluso evidente en lo literario.

Pero la sombra de “Sena Quina” no deja de perseguir a esta película. Es cierto que se parecen poco y cada una tiene su particular lote de aciertos y fallas (más o menos abundantes), aunque el intento de Paolo Agazzi por producir comedia ligera termina abordando mejor algunos ríspidos temas que Bellot sugiere con exagerada persistencia. Por ejemplo, Bellot nos cuenta (incluyendo un recorte de las mismas, pegadas sobre la pantalla y en formato de texto) de las polémicas declaraciones de Gabriela Oviedo, Miss Bolivia 2003, para luego aprovecharse de la broma; mientras que Agazzi bautiza a un destartalado karaoke camba como “Tall & Blond People” (Gente Alta y Rubia), sutilmente aprovechando la broma. Evidenciamos, a través de este como de otros ejemplos, que Bellot y Ríos parecen no poder definirse entre el humor muy veladamente tocado (anecdotizar sin criticar, dicen), las bromas literalmente “tongue in cheek” y la sobre-explicación de algunos aspectos, necesaria para los espectadores extranjeros (mercado al que se apunta desde la reputación del Director y del Equipo de Producción) pero algo cargosa para el público local. Claro que satisfacer a unos y otros sería arrastrar la obra a un punto ciego de improbable existencia.

Sin embargo, en esta película la observación de lo abigarrado (según Zavaleta) no deja de parecer incompleta. No se aborda el pleno de esa intersubjetividad multitemporal y contradictoria. ¿Por qué burlarnos de un discurso popular urbano, y no de las clases medias y altas? Me parece que faltó un personaje que pudiese permitirnos reír de este sector social, sus preocupaciones y frivolidades, de manera sistemática y no a retazos, como sucede en “La Llamita”. ¿O tal personaje se hallaba detrás de la cámara?, ¿Al otro lado de la pantalla? ¿Es acaso tan difícil reírse de uno mismo?, ¿Cómo retratarían a la pequeña burguesía cruceña en una película producida en Huayna Tambo? Es imposible componer desde lo que no se es, he ahí una axiomática ineluctabilidad.

“Género obliga” dice Bellot para explicar el “final feliz”, que duele, más que por otra cosa, por ese facilista “Deus ex machina” que al final lo resuelve todo, dejando cabos sueltos y tendones tirantes por toda la trama. Ergo, considerando que la mayoría de las comedias ligeras no se caracterizan por un guión sólido, ¿Podemos justificar todo tipo de defectos argumentales? Sinceramente yo no lo creo así. La capacidad narrativa y humorística, no exenta de un ácido sentido crítico y de autoconciencia, de Juan Cristóbal Ríos ha quedado evidenciada en sus anteriores trabajos, pero en este parece que le faltó un pulimentado general de la matriz argumental.

Hablemos un poco más de del guión. Este, inevitablemente laxo, falla en su delimitación del pathos, socavando la cohesión narrativa al imponer inconscientes cortapisas, que evitan derramar un magma conceptual (el logos) incapaz de soportarse y hacer de tejido conectivo al mismo tiempo. Es posible percatarse de esto en la utilización irresoluta del narrador, en el jugueteo visual, en la pobre coherencia de la línea narrativa, que de no haberse pensado la película como un “road movie”, nos remitiría a un desolado trasiego entre gags y forzados momentos de acumulación dramática, que en general terminan mermando la capacidad comunicativa del texto fílmico.

“¿Qué tal la exploración estética de Bellot en esta?” me preguntaron. No supe si confirmar un consciente avance exploratorio en la “vanguardia” audiovisual y sintáctica, corroborar un abuso gratuito del efectismo visual, o culpar a ese infeccioso afán de sorprender al público, de agarrarlo con la guardia baja, tan diseminado entre los artistas y artistoides criollos, mal que yo también suelo adolecer. “Mejor no hablar de ciertas cosas.” diría Luca Prodan.

Cuando uno enfoca la cámara lo suficiente, se hace tan poderoso que casi puede transfigurar la realidad desde su mirada. En nuestro país, probablemente gracias a su peculiar sociología de masas, esto no ha sido posible desde un discurso humorístico. Así es que creemos que la sátira camufla o expone, aunque casi sin fondo; mientras que el cine serio de Ukamau (por decir algo) propone una dialéctica más palpable. Quizás este asunto corresponde más al ámbito de la madurez política que a la película comentada en cuestión, aunque yo no discutiría la poderosa fuerza sintética e ideológica del cine. Sino pregúntenle a Jorge Sanjinés, a los maestros soviéticos o hasta a Leni Riefenstahl. Lamentablemente con Bellot no hay una definición consciente en tal sentido.

Cerrando ya el presente comentario, prefiero no cebarme con aspectos altamente criticables (el mal mezclado sonido y su efecto sobre la inteligibilidad de los parlamentos, la subterránea disquisición racista, el intrusivo y luego recortado rol del narrador, etc.) sino esperar que el tiempo y las sucesivas transacciones con la película permitan consolidar, o no, una opinión al respecto. A pesar de todo, el film ya parece haber envejecido bastante mal, y muchas de sus situaciones y desarrollo humorístico han dejado de ser tan graciosos como cuando se concibieron, en el momentum de la actual “Revolución Democrática y Cultural”. Queda la esperanza de la futura consolidación de la comedia vernácula en el cine boliviano, pero para alcanzar esto hace falta todavía mucho tropezar en el camino. Al final de cuentas, el estridente chirrido de la frenada no evita que la llamita igual termine atropellada.

bellot_pyuto

domingo, septiembre 03, 2006

¿Qué (o Quién) Mató la Carrera de Bellot?


Soy amigo personal de Cheugaska y de un gay de closet (cuando le conviene).

Ayer vi la tan esperada película “¿Quién Mató a la Llamita Blanca?”. Resumiré esto para que no se cansen de leer, y para que el Bellot no me rompa las piernas ni me diga quienes son sus cuates.

Esta película hubiera sido chistosa y del agrado de muchas personas más (no estoy contando a la gente con un par de neuronas sueltas, que por escuchar palabrotas que dicen los tacheros, van al cine y se cagan de risa), si es que – como dijo alguna vez Hunter S. Thompson – los nazis hubieran ganado la guerra, si hubiesen terminado de construir la segunda “Estrella de la Muerte”, y si Kennedy no estuviera muerto. Lamentablemente, todo esto sucedió, así que la “Llamita Blanca” es una porquería.

No voy a dar mi discurso de aspectos técnicos y otros, de los cuales el Bellot se encarga de tomarte examen y hacerte recuerdo si es que ya te olvidaste, no en vano ha estudiado con la cabeza reluciente 12 años en el extranjero. Pero, para ser francos, los efectitos que se gasta el Bellot son una huevada, le hubieran ido bien metiendo tales efectos si lo filmado fuera un video de “Agua Bella” o de los “Maroyu” (son los taquilleros de América, por si la dudas) en lugar de una película. Los efectos son abusados vilmente y la mayoría de las veces simplemente pecan de truchos. No sé si el audio es así de malo, la verdad no podría decirlo con certeza, porque soy medio sordo, así que tiene el beneficio de la duda. Sin embargo, y ya que estamos hablando del sonido, el narrador se “llevó la flor”. Guery Sandoval, mejor conocido como el eterno “chango ese de tra-la-la”, parecía que a ratos tenía algo atascado en la garganta, porque no se le entendía nada de lo que decía. El resto de los personajes estaban bien. Menos nuestra Julia Nicole Kidman-Roberts, mejor conocida por los mortales con Alejandra Lanza, que simplemente lo hace sin ganas y a la “que me importa, si igual me va a pagar”. No soy un Adonis, de hecho soy gordo y feo, pero nuestra Kidman cochala es simplemente fea, y así tampoco va la cosa. “Que se mueran los feos”, dijo Boris Vian.

Ya me he debido pasar las cien palabras, pero que me importa. En síntesis. La película es mala, ALF es un peluche y la Alejandra Lanza es fea. Además (no es mi amigo personal, de hecho ni lo conozco en persona) Agazzi lo hizo bien con “Sena Quina”, ahí te cagabas de risa de principio a fin, es cierto que no estaba perfecta, pero los personajes eran auténticos, y te reías porque eres como ellos de una u otra manera. Y no en una película cargada de tanto efecto huevón, sin chiste, mal narrada y racista, como la Llamita. Si pudiera darle un consejo al Bellot sería el de ver “Sena Quina”, a ver si aprende algo de cómo se hacen comedias en nuestro país, cómo contar buenos chistes que gusten a todos, y no hacerse la burla a lo “niño jailón” de todo, ser racista y no saber aceptar críticas, no en vano ha estudiado con la cabeza brillante 12 años en el exterior. Si quieren vayan a ver la película, al final de cuentas, va a necesitar harta plata el Bellot, porque esto cuesta, y, cuando sabes que no vas a recaudar lo invertido, estas jodido. En serio.


N. del E. : Recomendamos leer la deliciosamente delirante carta de Rodrigo Bellot, donde desnuda algo más que su calva. Encuéntrenla aquí.

lunes, agosto 07, 2006

Futuras Memorias del Tiempo Perdido

¿Cómo comentar una película que retrata, descarnadamente, el mundo al que perteneces? ¿Es posible mantener la objetividad frente a un relato, tan cercano, que logra hacerse intrusivo? No creo que sea conveniente tratar de alambicar la obra de un cineasta, y no solamente por que personalmente no comulgo con la “Teoría del Autor”; sino por un necesario respeto a la conclusividad inherente a un texto fílmico, concebido como un todo más que como un simple instrumento.

Ergo, contando además con interesantísimos análisis temáticos como el del “Ojo de Vidrio” y hasta una “Perspectiva del Director” hecha pública, considero que un acercamiento personal, desde un nivel ni estrictamente técnico ni tampoco temático, tendría un grado de relevancia más significativo, al aproximarnos a “Lo Más Bonito y Mis Mejores Años”.

Mucho se ha relacionado el abordaje narrativo de Boulocq con la ética del movimiento “Dogma 95”; pero, en rigor, no se puede calificar la película como producto de estos votos. Boulocq elude algunos de los preceptos del manifiesto “Dogma” (¿No es esa la idea?) y se acerca más, en su lenguaje visual, a Wong Kar Wai (en el uso de los colores, tiempos y alientos) y especialmente a Harmony Korine (otro cultor del “Dogma Pro”). Es también posible construir una antecedencia, en el manejo léxico (la visión del director), desde el neorrealismo, la nouvelle vague, el remodernismo, la primera cinematografía boliviana, entre otros. Sin embargo, tan novedosa como resulta para el cine nacional, la propuesta estética (y de lenguaje) de Boulocq es menos perdurable o paradigmática que lo hecho por Bellot en “Dependencia Sexual”, por citar un ejemplo contemporáneo.

La comparación es siempre odiosa, aunque insalvable en un cine que, a pesar de rozar ya la madurez, se sigue construyendo desde sus particularismos (con su respectiva carga de territorialidad). Es en el rubro de las locaciones que Martín Boulocq logra presentar a Cochabamba como una ciudad que, sin ser un personaje, consolida su presencia/encierro permanentemente. Así nos encontramos con una fotografía a veces demasiado próxima, hasta el punto de hacer la ciudad irreconocible, mientras en otros puntos las tomas se cierran sobre paisajes tantas veces transitados que se hacen universales. Ahí le corresponde un gran merito diferenciador a la estética construida por Boulocq, que coopta con tomas de profunda y trabajada irrealidad (especialmente unos portentosos cielos inflamados) el espacio que podría quedar para presentar la urbe cochala como en una instantánea promocional, al estilo postcard turística de Valdivia y su La Paz en “American Visa”.

Pasando al aspecto del muy justamente elogiado sonido; este, junto con la precisa musicalización y el montaje, todos técnicamente perfectos, permiten al director explotar la plasticidad de un lenguaje pleno, tomado desde la imagen, para conducir el flujo narrativo.

Tratando el trabajo actoral, para comprenderlo, lejano de los cánones usuales, debemos referirnos al precepto : “Todo arte es ocultarlo”. Pues, así como no se pinta para anunciar que se ha pintado, aquí los actores no componen los personajes en el sentido clásico, no necesitan darle vida a un ser de papel, sino mantenerse naturales frente a las cámaras, no dejarse llevar por las ganas de sobreactuar, de salirse de ese personaje que habitan desde los instintos, salvo algún ajeno matiz particular, que logran amalgamar sutilmente con la propia conciencia. Luego, esa plausibilidad, inédita en nuestro cine, se sostiene por una historia bien narrada, por un guión minimalista y pulcro; valía que hallamos en el tedioso diálogo con la abuela, en los “puta, huevón…”, en esos prolongados silencios multitudinarios, o en las líneas que pronuncian personajes que bien podrían llamarse Berto, Alejandra, Martín o Javier.

Es quizás esta la mayor virtud de “Lo Más Bonito y Mis Mejores Años”, su valor de inmiscuirse en la vida de cada espectador, construyéndose desde situaciones comunes, en ubicuos emplazamientos, a partir de frases que no dejan de salir de nuestras bocas, sin por ello ser generacionales o datadas. De ahí la particular resonancia del título, de Proustianos ecos. Probablemente el film, con el tiempo, termine pasando de fiel reflejo de la vacuidad existencial actual, común entre la generación que retrata, a ser un testimonial documento de una época y sus contradicciones, contada según un ritmo profundamente humano, y por ello universal. Aunque, como el puente que vuela y permite separarnos del pasado, una nueva identidad fílmica tenga que construirse siempre desde lo pretérito. Es esta memoria, que elude la aproximación de Heráclito, la que permite que el río sea, al recordarse, casi el mismo en una segunda oportunidad. Entonces, tenemos en la opera prima de Boulocq, la mejor usina posible.

(Una versión corta de este artículo fue publicada en el semanario "La Época" del Domingo 6 de Agosto de 2006)

sábado, julio 29, 2006

Miedo a la muerte, no a la vida


Desde hace algunas semanas que Sucre no es más la capital silenciosa y aletargada. Sus habitantes aún no se acostumbran al bullicio cotidiano de las obras públicas y a la proliferación de andamios por todo el centro de la ciudad. Quizás estoy exagerando un poco, pues no todo el centro de la ciudad está cubierto de plataformas por las que caminan obreros apresurados. Sólo algunos edificios públicos; la Prefectura, el Colegio Nacional Junín, el Teatro Gran Mariscal de Ayacucho y la Casa Argandoña; lo están. En el resto de la zona central las obras son menores, pero es muy llamativo encontrar en una sola cuadra a más de diez obreros, entre albañiles, plomeros y pintores. No puede decirse que la ciudad esté recuperando su esplendor, lo cierto es que nunca lo perdió, pero puede decirse que
comienza a despertarse, a recuperar la vida que desde fines del siglo XIX no ha dejado de perder.
Temprano, a las siete y media más o menos, desde una de las terrazas que dan a la Plaza 25 de Mayo, se ve a los obreros descolgarse de los tejados de la Prefectura y descender por una cuerda balanceándose hasta sus canastillas, andamios móviles hechos de tablas de madera y cuerdas de plástico azul. El verlos ahí arriba, a más de treinta metros de altura, pintando los detalles del cóndor del Escudo Nacional que corona el frontis del edifico, es un espectáculo impresionante, al que todos los días los sucrenses asisten sin darse cuenta. Tal vez por esto nadie—que yo sepa—ha escrito algo al respecto. No he visto fotografías, ni reportajes, ni crónicas que hablen más de los trabajadores que de los trabajos. Ni una sola nota sobre estos pintores aéreos. Creo que ahí, viéndolos por primera vez, nació la idea de escribir algo que se pareciera a un artículo.

Este debía ser un reportaje ambicioso, sobre los cientos de obreros que trabajan en las obras de reparación, remodelación, reconstrucción y embellecimiento de los edificios públicos, pero cuando tomé el valor suficiente para atreverme a comenzarlo, las obras en el Colegio Junín y en el Teatro Gran Mariscal estaban en un punto de retraso crítico. Mientras más preguntas hacía para dar con los responsables, éstos se hacían más inasequibles y un montón de autorizaciones—que no tenía—se hacían necesarias. Mi única oportunidad era la Prefectura, y allí me dirigí.
Vista desde una calle cualquiera, la cúpula metálica de la Prefectura parece un lugar inalcanzable. En la punta de la cúpula flamea siempre la bandera nacional. Si alguna vez quieren subir hasta allí, ni se les ocurra preguntar, pedir permiso o acercársele siquiera a cualquiera de los guardias que caminan por ahí. Si lo hacen tendrán que hablar con el Jefe de Seguridad, que los mandará a la Recepción, que los mandará a la Secretaría de Despacho, que los mandará a hablar con el Administrador, que les dirá a su vez que no es posible hablar con los obreros, porque están ocupados. Mejor hagan como hice yo, y entren sin decir nada, poniendo cara de conocidos, o mejor, háganse a los giles, suban al primer piso y sigan por el pasillo hacia la izquierda. Ahí también hay un guardia, pero él supondrá que si ustedes han llegado hasta ahí es porque tienen algún tipo de permiso. Al final del pasillo encontrarán unas escaleras de piedra enmarcadas en una baranda de metal. Suban tres pisos y ya está, están en la terraza. Frente a ustedes se alza la cúpula, y sobre la cúpula, la bandera.

Cuando llegué allí, me encontré con un grupo de muchachos que se gritaban instrucciones entre sí. Subiendo unas escalerillas de metal que subían en espiral llegué a la punta, ahora sólo la bandera estaba sobre nosotros. El primero de los obreros que encuentro es Ives, un joven de 22 años que antes ha trabajado en carpintería. Después de de unas cuantas preguntas Ives comienza a conversar conmigo. Víctor llega después, trayendo consigo dos baldes de agua, que tiene traer desde el tercer piso. Víctor es topógrafo, tiene 24 años y estudia Ingeniería en Medioambiente. Abajo, sobre la cúpula, están colgados Luis, de 21 años, que quiere ser maestro de escuela; Rubén, que tiene 16 años y todavía estudia en colegio; y Carlos, que lleva un quepi de cuando hizo su servicio premilitar, y al que, lamentablemente, no pude preguntarle casi nada. Decir que están colgados no es del todo correcto, porque están parados sobre los bordes sobresalientes de las ventanas de la cúpula y van sujetos por un arnés. Sólo se cuelgan a la hora de descender o ascender. Su trabajo hasta ayer consistía en pintar los detalles del frontis del edificio. Hoy están tratando de limpiar la cúpula(sólo el frontis, que es lo que se mira, me dice Ives)que la verdad está bastante oxidada. Para esta tarea están armados con baldes, botellas de plástico cortadas y palos de escoba unidos entre sí con alambres.

Sólo jailonguitos estudian en ese colegio, no? Me dice Luis cuando le cuento que he estudiado en el Pestalozzi. Antes seguro venías seguido aquí abajo, dice señalando la plaza 25 de Mayo. Abajo, en la calle, pasa una vagoneta negra con música a todo volumen. Es duro pensar que sólo 30 metros separan dos mundos completamente opuestos.
Y para contratarte que te piden? Pregunto, nada, quieres trabajar te dicen, y listo, te meten a trabajar de lo que sea. Ninguno de ellos tiene experiencia este tipo de trabajo, pero todos coinciden en que no es algo difícil de aprender. Cuando les digo que nunca he trabajado en un trabajo tan duro como el suyo, ellos se matan de risa. Esto es suave, de albañil, eso sí que es jodido, aquí es descansado, pintando no te cansas pues. No usan cascos porque se los lleva el viento, según dicen. Les pregunto si no les da miedo este trabajo, Si vos vas a lo seguro, no te vas a caer, pero si vas pensando: me voy a caer, me voy a caer, entonces te caes. Hay que tenerle miedo a la vida, no a la muerte. Si me caigo, entonces me agarro del suelo. Me dice Carlos mientras sonríe para la foto.
(De izq. a der. Luis, Ives, Rubén, Víctor y Carlos)







miércoles, julio 19, 2006

“Grand Theft Parsons” en 100 Palabras


Entretenida comedia negra, con aires de road movie, sobre el destino final de Gram Parsons. Basada en la historia real del talentoso pionero del country rock, que quiso terminar a las brasas; narra, desde el punto de vista de su manager, la odisea de Parsons y su ataúd camino a la pira que este le tenía preparada. Si bien toma algunas licencias, permanece bastante fiel a la versión “oficial”. Rociada con humor campirano, preciosas vistas del desierto, veladas referencias a Parsons, hippies caricaturescos, surrealistas extras y policías de carretera, lejos de ser una obra maestra, se disfruta en su honestidad.

sábado, julio 01, 2006

El Loco Alemán y el Violinista con el Diablo en el Codo


Klaus Kinski es casi un sinónimo para actor psicópata. Tremenda reputación se labró el actor germano a fuerza de representar roles demenciales con desmesurada pasión, al igual que gracias a su caótica vida fuera de cámaras, plagada de perversiones, violencia, sexo y películas de bajo presupuesto; quedando registrado tal desenfreno, entre papeles, en su infumable autobiografía titulada “Todo lo que necesito es amor”. Sin embargo su mejor legado pervive en sus magistralmente demoníacas actuaciones, especialmente las que logró con su amigo-enemigo, el director Werner Herzog (entre las que se cuentan joyas como “Aguirre : Der Zorn Gottes” o “Fitzcarraldo”). Considerado como el último gran genio que hayan dado las artes escénicas europeas, uno no puede dejar de ver lo que este denominara como `el proyecto de su vida`; una biografía, muy al estilo Kinski, del legendario virtuoso del violín Níccolò Paganini. Una película que, además de protagonizar, él también escribiría, editaría y dirigiría. Los resultados quedan, apenas contenidos, en un tour de force fílmico no apto para públicos delicados.


“Kinski : Paganini” marca el debut de Klaus como director, aunque es también la última película en la que intervendría. Originalmente ofrecida a Herzog por el propio Kinski, fue rechazada por este, tanto por considerarla “imposible de filmar” como por lo deteriorada que se encontraba la relación entre los dos genios, cada cual tan testarudo y maniático como el otro. Se necesitó mucho tiempo y algo menos que una curiosa coincidencia para que una productora italiana accediera a financiar la cinta. La obra, proyectada como una opera prima de 16 horas, estaría completamente controlada por Kinski, que incorporó en el elenco a buena parte de su familia (su entonces esposa e hijo) y se lanzaría al publico serializada, probablemente por televisión. Pero, cuando, estando cerca de la mitad de la realización, los inversores vieron lo que Klaus había filmado, conmocionados, decidieron abortar el proyecto, para furia del desequilibrado alemán, que con intensa pasión abordaba la tarea. Tras mucho insistir Kinksi logró que se presentara su trabajo, con el material disponible, en forma de largometraje. Lamentablemente lo compuesto por él apenas alcanzaba para armar una película, que debido a su tono y contenido todavía sería cercenada una vez más, llegando a exhibirse el año 1988 en Cannes, provocando estupor y cosechando principalmente opiniones negativas entre críticos y público. Esta es la breve historia, interesante sin duda, de esta película y como vino a ser.


Hablemos ahora del film en cuestión. Es indispensable, antes siquiera de ver la película, saber que Klaus Kinski se creía la reencarnación de Paganini. No pienso dar crédito a la especulación trascendentalista, pero los paralelos entre las vidas de uno y otro son sencillamente desconcertantes; por consideraciones de espacio dejaremos el análisis de este aspecto para otra ocasión. Lo importante es que Kinski, por la anterior razón, tenía especial interés en la realización de este trabajo, que persiguió ya antes de alcanzar fama internacional y que culminaría (si tal cosa se puede decir) apenas un par de años antes de morir. Claro que Kinski es Kinski y no se puede esperar lo mismo de una biopic realizada por Bertolucci que por él. “Kinski : Paganini” es casi una excursión a la lunática mente de Klaus, una especie de tren de pensamiento más que una experiencia narrativa convencional, un montaje irreal y personalísimo llevado al cine, el demonio Kinski capturado en celuloide.


La película comienza como debería terminar, con una ovación. Un tenébrico salón de concierto, abarrotado, espera al animalesco virtuoso. No hay música pero tampoco silencio, la expectación retumba. Quizás esta escena iniciática es una de las mejores logradas de la película, y por bastantes factores. Entre una oscuridad ribeteada de difuminadas franjas aureas, que salpican los palcos, se escabulle un trasgo con un violín en bandolera. Reptando sobre el escenario aparece una sombra. El teatro enmudece. Es el maestro Paganini. La música arranca, se desborda el teatro y ya no es posible mantener la calma ante el gran Paganini. Su furiosa performance desata pasiones carnales entre el auditorio, especialmente en numerosas mujeres, al borde de la histeria, que estallan en sollozos y gritos. El trajeado genio se mueve, casi zozobrante, entre las sombras. Una cabeza melenuda, un rostro pálido y deslucido, un par de manos huesudas y descoyunturadas, bailotean en el vacío, desde la oscuridad. El fuego enmarca la postal; hay fuego alrededor, hay fuego en el violín, hay fuego en las mujeres que deliran por el virtuoso, hay fuego en la lasciva mirada de las condesas que se tocan con excitación, al ritmo del violinista. “Italia es el país del fuego”. Níccolò, con una venia, desaparece del escenario, fundiéndose completamente con el renegrido mutismo, en medio de una batahola de fanáticos extasiados. El silencio no vuelve donde Paganini ha tocado. Este magistral inicio para la película logra levantar las expectativas hasta del más escéptico, especialmente porque contiene todo lo que de aquí en más se podrá ver.


En lo sucesivo se nos presentan imágenes, sueños, memorias y delirios relacionados con la vida de Paganini. Se trata de un flujo crudo, directo, inclemente; conducido por un incesante y perfecto violín, interpretado por Salvatore Accardo (la reencarnación de Kinski no llegó a tanto, él heredó la actitud pero no así la aptitud de Paganini) que no solamente acompaña, con su música, sino que narra y contradice, aúlla y gime, arrulla o excita, cierra el cuadro y lleva el ritmo de la historia. El violín es el texto, se lee desde las cuerdas y con el arco de los fotogramas. Las imágenes no son aquí centrales, la música es el verdadero elemento a seguir. "El violín es la voz de Paganini".


Tocando este preciosista elemento narrativo, que sigue la conducción musical, debemos hablar de la fotografía. Esta, opaca y granulosa, se debe a la obsesión de Kinski por la autenticidad, aprendida de Werner Herzog, y que le llevó a filmar solamente con luz natural o iluminado por velas. Esto se hace notar y el contraste entre las luminosas escenas campestres y las furiosamente lúgubres actuaciones de Paganini (en realidad solamente asistimos a un recital en la película) sirve para acentuar la pesadez de la historia, su onirismo. Sin embargo el mérito de la fotografía, a veces rústica, sucia y otras mágica y concisa, se debe a Pier Luigi Santi, quién sigue la estela magistral de los estetas gráficos europeos. Más aún, gran parte del lenguaje cinematográfico parece tributar a Herzog, para pesar de Klaus, quien siempre tildó de “inepto ignorante” al director germano, llegando hasta a sugerir que habría sido él quién dirigió “Aguirre”, entre otras colaboraciones del magnífico tandem alemán. (Sin temor a equivocarme puedo asegurar que semejante aseveración dista de ser cierta, y no solamente tras ver "Kinski : Paganini".) Claro que la edición caótica y el manejo de cámaras, a veces inexplicablemente siniestro, son totalmente virtud de Kinski y su visión de la historia.


Pero no vayan a creer que esta película es mala, ni mucho menos. Su mayor fortaleza recae, nuevamente, en las dotes histriónicas de Kinski, quién adopta manierismos y posturas con una maestría incomparable, que rivaliza con la sutileza puramente británica de Sir Lawrence Olivier o la robustez descarada de Marlon Brando. Seguramente pocos se atreverán a decir que esta es la mejor actuación del alemán, y probablemente no lo es, pero el efervescente talento de Kinksi se desborda como en sus más logrados roles. Si dudan de la perfecta actuación de este, fíjense en la forma en que Klaus juega con su cuerpo y rostro, pasando de una amenazadora furia a transmitir lujuria y fiereza, o hasta a momentos tocando la mansedumbre de un riachuelo detenido. La voz, otra de los grandes talentos del germano, que se inició recitando a Shakespeare, Villon y Cocteau, muda según la ocasión y voluntad del maestro, adquiriendo timbres dolorosamente emponzoñados al proferir imprecaciones y rozando una primaria ternura al dirigirse a su hijo. Vaya, es difícil creer que Klaus Kinski haya sido un solo hombre.


Sin embargo sus detractores podrán decir, respecto a la actuación, que Klaus solamente se estaba representando a sí mismo, mientras sobreactuaba sus devaneos de perversión mal escondidos (inicialmente su hija debería haber interpretado a la fogosa amante de Paganini, papel que finalmente rechazó. Pero el morbo se acrecienta al comprobar el innegable parecido entre Natassja Kinski y Dalila Di Lazzaro, quién finalmente se hizo cargo del rol). Sin duda que ni el guión ni el personaje (casi un Kinski musical fuera de control) ceden mucho terreno para la composición actoral, pero no se puede negar que las exigencias dramáticas fueron solventadas en todo rigor y con soberbia factura, muy a lo Kinski. Cualquiera que acuda a una película que lleva “Kinski” en el título debería saber que esperar.


El otro personaje central es Achile Paganini, hijo de Níccolò, representado por Nikolai Kinski, hijo de Klaus. La confusa construcción anterior es intencional. Innegablemente un niño no puede ser medido en su habilidad dramática o musical igual que un adulto. Pero tanto Paganini como Kinski idolatraban a los suyos, varones nacidos tras la mitad de sus vidas, cediéndoles mucho protagonismo y relevancia. Es así que, mientras Paganini otorgaba buen tiempo de sus recitales a su pequeño hijo, Kinski dedica buena cantidad de tiempo en cámara a su hijo (si no contemplamos el grueso del mismo que se enfoca en el propio Klaus). El joven Nikolai demuestra que ha heredado algo más que el rostro de su padre, pero lo reducido de su papel (y el contexto total del film) no permiten evaluar cabalmente su trabajo. Hoy por hoy Nikolai todavía pelea por consagrarse como actor profesional.


Claro que en la película no solamente aparecen miembros de la familia Kinski. Otro de los momentos más altos se da cuando un genial Marcel Marceau, aquí denominado “Pantomima”, imita a Paganini, en clave bufa y ante un público más vulgar. La escena no invita al ridículo, pero la plasticidad escondida detrás del atavio de sátiro y del violín mudo que empuña el legendario mimo, hilvanan la realidad (¿Crítica?) con la delirante visión de la tumultuosa vida de Paganini que hasta entonces se tiene, aterrando lo que creíamos era parte de una ensoñación impúdica respecto a un marco real y creible. Esta logradísima escena, que paraleliza sin descaro la “obertura”, es todo menos un “relleno”, más bien un ancla y un barómetro. La hora de Paganini ha pasado.


Llegando al final del film nos damos cuenta que lo mejor se estuvo reservando para el cierre. La inevitable muerte acecha a Paganini, a quien sabemos enfermo y llegamos a ver postrado, al cuidado de Achile. Se nos dice que Níccolò ha padecido muchas enfermedades desde su juventud, y que no ha seguido sus tratamientos por tacañería, tomando solamente la mitad de la dosis prescrita, para ahorrarse algo de dinero. Riqueza que finalmente dilapida. Los acreedores lo persiguen y el panorama es funesto, pero ni con la muerte cercana Paganini dejará de tocar.


La escena de la muerte de Paganini es tal vez, junto con la apertura, la de mejor factura del film. Un Kinski demacrado aparece en su jardín, es un Paganini fantasmal, moribundo. Tocando el violín, la única forma en que podría morir, presenciamos la agonía del maestro. Ni las parcas son capaces de detener ese demoníaco talento, esa catarsis salvaje, que, violín en ristre, nos muestra Klaus, casi en primera persona. Una cámara poseída por la música, en un vaivén desconcertante, retrata los últimos instantes del virtuoso, que no flaquea hasta ahogarse en su propia vida. Se corta la música, Paganini ha muerto.


A partir de este momento la voz y presencia del maestro resuenan en el violín apagado, que sostiene el fondo. Asistimos, ahora, a una desgarradora escena. El pequeño Achile abraza el cuerpo de su padre; llora sobre él, se aferra a su única protección, al amor paterno. Kinski, inmóvil y tendido, embalsamado y listo para la sepultura, con un rostro que parece una máscara de cera, o una expresión labrada en mármol, continua demostrando su gran aptitud actoral. Ni siquiera una máscara griega podría tener esa fúnebre apariencia, Klaus es un grande, eso no hace falta verificarlo. Luego, entre lágrimas del hijo y el lamento del violín de Paganini (su voz en esta tierra), la película se cierra, cargada de soledad y vacío. El que fuera antes ídolo musical, mancebo de la hermana de Napoleón, amante de cuanta doncella se le apareciese por delante, el gran Paganini, termina en un ataúd de madera vulgar, sin un lugar donde enterrarlo, sin un cortejo fúnebre, sin pompa ni ovación. La película que abrió con un derroche de gloria se cierra con silencio y abandono.


Resulta complicado comentar una película tan poco convencional, no en la vena de Lynch o Greenaway, pero tan poco convencional y alienada de la narrativa fílmica estándar, que se convierte casi en una pintura, alguien sugirió que goyesca, que se hace un verdadero gusto de experimentar, con la mente, los ojos, los oídos y hasta los instintos. El film no fue pensado para agradar al público general, aunque tampoco apela a un segmento demasiado erudito. Más bien se trata de una suerte de gusto adquirido, que encontrarán más fácil de asimilar aquellos familiarizados con la estética y semiótica cinematográficas europeas, que se hacen patentes desde el montaje y concepción hasta las escenas de desnudos, toccatas, violaciones u otras que se parecen a vertiginosos torbellinos de imágenes (como la audiencia judicial acerca de la descarriada vida de Paganini). El especial gusto de Paganini por las muchachas menores podría parecer políticamente incorrecto para ciertas sensibilidades, aunque tampoco es este un film centrado en el aspecto carnal, ni mucho menos.


“Kinski : Paganini” es una película corta (apenas bordea los 85 minutos) y divergente, fiel reflejo de la psique de Kinski y construida a partir de la particular visión de este. No estamos ante una cinta biográfica de corte clásico, ni ante cine arte en sentido estricto. Quizás es mejor pensar que esta película vendría a ser algo así como un psicoanálisis de Klaus Kinski vertido en celuloide, que aprovecha la libertad de su debut directorial hasta casi convertirla en libertinaje. La película, como ya se sabe, corrió casi la misma suerte que el ataúd de Paganini; nadie le quiso dar cobijo y fue severamente mutilada, por lo que casi no representa lo que el polémico actor germano pretendía hacer de ella. De cualquier forma, para fanáticos del trabajo de Kinski, amantes de la música de Paganini (imagino que no tendrán sensibilidades débiles), seguidores de la obra de Werner Herzog (por lo parecido del acercamiento estético de esta obra) y cinéfilos en general, me imagino que vale la pena recomendársela. Aunque probablemente necesiten verla más de una vez, para permitir que esta crezca, dejando que se asiente la estampida fílmica que pretende presentar la vida del disoluto Paganini. Claro que la veracidad histórica de la película es casi nula. En fin, si tienen la suficiente suerte de encontrarla en algún ciclo de cine, o la atrapan en su versión deluxe editada artesanalmente en Alemania, o si la “pescan” alguna madrugada en cierto canal de cine europeo, no desperdicien la oportunidad de verla. Tal vez, si tienen suerte, de entre las sombras se escabulla como un mal sueño el espectro de Kinski – Paganini, y se presente para hechizarlos con su violín.

viernes, junio 16, 2006

Tinta Roja



A veces cuesta ser periodista. Las noticias se te quedan en la cabeza y poco a poco nos vamos convirtiendo en aquello que nunca quisimos ser. Caemos y nos perdemos en un abismo del que quizás no lograremos salir. Olvidamos todo, vivimos el trabajo, dejamos a los nuestros y terminamos siendo parte de la noticia.


“Tinta Roja” es un testimonio de lo antes mencionado, introduciéndonos en la vida y emociones de Alfonso (protagonista de la historia), quien sin saberlo acabará siendo algo que nunca imaginó, dejando a un lado el sueño que tenía (como el mío) de ser escritor, adentrándose en una trama llena de altas y bajas, sueños, frustraciones y periodismo.


Debo admitir que no me gustó el ‘background’ de Alfonso; eso de no tener padre, vivir con su mamá y una tía, y tener una novia que estudió en la misma facultad. Pues, junto con un sinfín de otras situaciones, cotidianas para un habitante de cualquier ciudad de la “América morena”, terminan convirtiendo en “lugares comunes” situaciones que podrían haber sido mejor aprovechadas en el desarrollo narrativo. Aunque sin estos detalles la historia y sus personajes tampoco habrían sido lo mismo, no tendríamos las mismas posibilidades de cercanía e identificación con ellos. Mejor dejémoslo así.


La vida da giros extraños, en especial para Alfonso; quien, forzado por la vida, los guionistas, y en partes la novia, empieza a trabajar en algo que nunca le gustó, y poco a poco su vida va cambiando con ello. Así termina dando a parar en la sección de “Crónica Roja” de un periódico de mala muerte.


Hablando del desarrollo de personajes, un elemento que me agradó de la guionización de Fuget fue el equipo de “crónica roja”, que ente sus diversos caracteres tenía (entre otros) al fotógrafo que sólo hablaba cuando estaba borracho, el chofer que siempre tenía una frase (que combinaba el drama, humor y sabiduría, espetados en el momento apropiado, en un testimonio de lucidez bajada de Internet). Y Faunez, editor del suplemento, padre, cómplice y amigo de Alfonso.


Es necesario mencionar que, así como los personajes principales fueron cruciales para sostener la trama, sin los secundarios la película no habría tenido ese toque tan especial que posee, esa posibilidad de hacernos sentir como si los conociéramos en la vida real. Y es muy fácil notar su gran apoyo, sellado con un elenco de actores no muy conocidos y la magnifica manera en que respondieron a las expectativas que se formularon al inicio del rodaje. Esto se hace especialmente notable cuando la película se desarrolla en el bar, o mientras descansan; ellos siempre están presentes cuando el guión lo requiere, evitando caer en la mala costumbre de no usar apropiadamente los personajes secundarios, algo muy de moda en estos días.


Otro elemento que me dejó una buena impresión fueron las charlas “de a dos”, con un manejo de cámara, iluminación y diálogos totalmente acertados y acordes a los contextos que presentaba la película. Así, en la mayoría de las ocasiones, uno podía sentirse parte de esa íntima charla.


Los personajes y la historia que cuentan o construyen cada uno están muy bien trabajados, en especial el de Faunez, personaje clave para el desarrollo de la película; el jefe que a veces da los sermones del padre que nunca tuvo Alfonso y las lecciones de vida que puede compartir un hombre que vive al límite.


El estilo de vida de Faunez y la concepción que se tiene de él dan un giro tremendo cuando se descubre que, nuevamente, las apariencias engañan. Y es así como Alberto Fuguet y los guionistas que adaptaron esta novela se encargan de que esta no sea la historia de siempre, la del tipo que se descarrila, y por que ya está “súper arruinado” empieza a trabajar en lo que sea. A Alfonso lo trataron de otra manera. No dejaron que eso ocurriese, hubiera sido una decisión suicida; el público de estos días busca algo distinto, algo “alternativo”, si vale el término. Así la historia sigue el desarrollo que quisieron darle desde el principio sus creadores, sin caer bajo. Manteniendo siempre un nivel alto; aunque a ratos la trama se torna cursi, pero la verdad no importa. La película pasa, es digerible. Haciendo así de esta una magnífica obra, donde uno puede identificarse con los personajes (lo hice), y puede ver a través de los ojos de Alfonso. Un tipo que quiere ser escritor, pero antes tiene que estudiar una otra carrera ‘alimenticia’, que tiene una novia que no sirve para nada, que anda siempre con un libro en la bolsa, alguien que a veces se desconecta del mundo porque simplemente no lo entiende.


Sin lugar a dudas el guión, y por supuesto la grandiosa obra original de Fuguet, estuvo fantástico en el manejo de los cuestionamientos y problemas de todos los personajes, mostrando una maestría que me sorprendió y mantuvo el nivel de interés por toda la película. Supongo que este appeal personal repercutió en el resto de la audiencia en otros niveles y tonos.


“Tinta Roja” tiende a momentos a ser cíclica, pero logra un alto nivel de expectativa, y es mejor no descartar que uno pueda llevarse una sorpresa, por predecible que huela el argumento. Y es que la película se mueve cerca al espectador, en una ciudad latinoamericana muy propia y común, dura y llena de pesares, con personas como nosotros, que andan en busca de varios porqués, tratando de sobrevivir en medio del caos, la pobreza y la corrupción, lejos de todo ese brillo y glamour que tiene el cine hollywoodense.


Tanto la película como el libro son obras fantásticas, no puedo cansarme de decirlo. Son de esas películas (y libros) que al verlos (o leerlos) te llenan de verdad. Sin explicación te identificas con los personajes y haces una especie de comparación con el mundo en el que vivimos y el planteado por el autor. De pronto conoces algún tipo como ese, haz hecho cosas parecidas a las que hace Alfonso, tu novia te ha dejado “colgado” igual que a él, en fin.


“Tinta Roja” es – como dijo Fuguet – un “clásico instantáneo” sobre el sueño de ser escritor y la odisea que significa serlo por estos lares. Con esto en mente nos encontramos con una mezcla de emociones y sentimientos en la que todos los personajes participan tanto como los espectadores, en una de las películas que más me ha gustado y de la cual se puede rescatar muchos aspectos, técnicos, visuales, y de actuación, con las salvedades de tratarse de cine latino y de escaso presupuesto. Esperando que la película llegue nuevamente a la ciudad porque merece que se la vea más de una vez no dejo de recomendarles que la vean cuando tengan la oportunidad de hacerlo.

martes, junio 13, 2006

Diseccionando Musas en 100 Palabras


Hoy inauguramos una nueva sección en el blog. Bueno, en realidad es una nueva forma de presentar las cosas, un nuevo vehículo expresivo. Esta intención nace, en buena parte, como expiación por mis luengos posts, genuinamente de “desgaste” (como el anterior, que parece que aparte de mi mamá no lo leyó nadie) y además buscando hacer de este tipo de comentarios una alternativa para presentar “reviews” de cosas que no ameriten sesudos análisis (sea por su medianería artística o sencillamente porque no queremos ensayarlos), trabajos que caracterizan el blog y que, por cierto, seguirán apareciendo por acá.


Además, y en parte todavía festejando nuestras 1000 visitas en poco menos de 3 meses, creamos este espacio como una forma de comprometernos a mantener actualizado este blog con mayor frecuencia, aunque por ahora tratamos de hacerlo hasta semanalmente. Claro que no vamos a romper nuestra “línea editorial”, por lo que no vayan a esperar comentarios de banalidades o cuestiones que no son de vistas regularmente aquí.


Y bien, sin más preámbulo les presento la sección denominada : “ [[….]] en 100 Palabras” que efectivamente presentará opiniones, reviews y comentarios en (hasta) 100 palabras (el título no cuenta, no sean exquisitos). Esta sección se ha pensado especialmente para todos nuestros visitantes – lectores que están a dieta, andan cortos de tiempo, los acosa la flojera lectora o sencillamente prefieren ir directo al grano y sin rodeos. Así que, vamos con nuestra primera prueba.



"X-Men III : The Last Stand" en 100 Palabras


No la dirige Singer y palidece frente a sus antecesoras. Apenas se sostiene como una entretenida película de acción. No espere una historia bien narrada o personajes sólidos; de eso no hay nada. Pero abundan excusas para saturar la pantalla de peleas, superpoderes y mutantes computarizados.


Si es fanático de los X-MEN verá estropearse algunas de las mejores historias de la gloriosa época Claremont – Byrne, aunque si no es un purista puede llegar a tolerarlo.


Si le gustan las extravaganzas de efectos especiales, apúntese, no será defraudado. Ahora, si prefiere una buena película de los X-MEN, quédese con las precuelas.

lunes, junio 05, 2006

Mi Ego y Tu Blog


(Escrito el día de la muerte del Papa, o el día de la Bestia, que es casi lo mismo)


¿Cómo hace uno para continuar con su blog después de un escrito como el antecesor? Se tiene que purgar primero, eso es obvio. Y no hablo de las abluciones normales, ni de ordalías corrientes. Las pastillas de laxante equino que acabo de tomar surten efecto inmediatamente. Cualquier intento por cruzar el filoso sendero trazado por mi colega, poco tiempo antes y en su texto ahora algunas líneas más abajo, tendría irremediablemente el mismo chapucero destino. Diarrea verbal, heces discursivas, cantidades aberrantes de materia fecal estirada sobre el papel y engullida luego como suculenta ambrosia. ¡Qué importa! Si, mientras mis entrañas se deslavan en un mar de bilis rabiosa y vacilantes trozos sólidos, yo me atrevo a lanzar una sardina al estanque de tiburones.

Debo admitirlo. En un principio quise escribir un comentario serio, un texto expositivo, un producto estricto de la majadería academicista. Pero no lo voy a hacer. Prefiero destilar ironía. Y para asegurarme de ello, a la sobredosis de laxantes añadiré una generosa servida de glándula pineal y un par de carabinas martiniquesas; regado todo esto por un exceso de tequila casero. Así que, adelante caballeros.

=== UNO ===

Ensayar una apología de las bitácoras y sus bondades sería una bajeza tan grande como admitir haber votado por el Tuto. Una desvergüenza fatal, casi como cuando declaré públicamente cuánto gozaba paseándome vestido de mujer, con tacos, maquillaje y todo. Pero resulta igualmente poco justo negarles al menos un par de aspectos positivos, que a las claras sí tienen.

Veamos, no van a negar que hoy el mecanismo de poder más grande que existe está en el control de los medios. Ah, yo sé que ustedes también ladran cuando desde la tele les tiran de la cadena para que así lo hagan. Y así como no es necesario que hayamos visto nuestros escritos rebotar desde las mesas de editores, que los consideran o muy polémicos o sencillamente desestimables (por atentatorios contra la línea editorial, supongo), la influencia de este sistema de control es innegable en todo ámbito y lugar. ¿Han notado cuán sistemáticamente pasamos de temas que nos parecen “irrelevantes”? Y ¿Qué nos dice que aquellos escritos son simples pucheros literarios? Pues eso, mucho de este “criterio” nos lo han regalado los medios masivos y nuestra permanente exposición a su censuradora doble moral, impregnada en la sociedad y su sistema domesticador.

¿A donde íbamos? Estábamos hablando de los blogs y su relación con los medios de comunicación tradicionales. Pues sí, no hay cosa como la libertad de expresión e información. Y por buenas razones (para bien y para mal) se puede afirmar que los blogs nos dan precisamente mucho de esto. Claro que por cada refrescante bitácora, atractiva y remarcable, debemos tragarnos otras 500 versiones vietnamitas de bufones y misántropos de toda especie. Pero de nuevo tienes razón, mi chirriante retrato especular, no estoy en posición de criticar.

Pero es cierto, el “periodismo alternativo”, de cuna bloggera, que pudo cambiar el balance del poder en el leviathan mediático en persona (véase EEUU y su particular Rathergate para mayores referencias) poco tiene que ver con el grueso de las bitácoras existentes en la red (y para mayor pesar, con la práctica totalidad de nuestros blogs nacionales) que encuentran su veta en temas como las reflexiones, vertidas desde un estrecho cúbiculo, atestado de música lounge y estimulantes visuales, espetadas por un wannabe dj que escribe desde Sebástopol o en las descaradamente impropias preguntas que un sadomasoquista transexual formula a su madre imaginaria.

Sin embargo, este y todos los otros blogs practican ese derecho irrenunciable y no transable, condición extensiva de la libertad más genérica, que llamamos “libre expresión”. Y esto en desmedro de los titanes mediáticos y lectores críticos que pululan la red. Los últimos tan infrecuentes como necesarios.

Claro que en una “escena” en la que los blogs son tan incipientes, resulta arriesgado y casi irrisorio pedir que dejemos de verlos como espacios habilitados para colgar puerilidades existenciales, y comencemos a hacer de este un medio válido para la expresión, más abierto y socializador. En fin, una nueva perspectiva social para la comunicación.

=== DOS ===

La comunicación en el marco de las TICs ha estado marcada por una despersonalización generalizada. ¿A que me refiero? Imaginen esto, cuando toman un libro están ejercitando al menos 3 de sus 5 sentidos (me explico, pueden percibir el grueso del libro con las puntas de los dedos, pasar sus hojas con recelo o prisa, o hasta establecer relaciones eróticas, no estrictamente platónicas, con el tomo, he ahí el uso del tacto; luego, le podemos ver el color, el volumen, los dibujitos y obviamente leerlo, ejercitando la vista; incluso podríamos sentir su olor, a veces femenino, otras sulfúrico y hasta a nauseabundo moho, olfateando sus páginas. Aún el sentido del gusto, como cuando con maña y valentía algunos humedecen las yemas de los dedos al correr los folios; pues no creo necesario tener que echarle una lamida al empastado para poder saborear el escrito.) Inclusive en los medios de difusión, actualmente masivos, todavía podemos verle la cara, aunque gesticulante y crispada, a los sujetos que se ocupan de leer las noticias, o escucharles la voz de barítono, en caso de ser una transmisión radial. Pero, las TICs, tan impersonales en su naturaleza y despersonalizantes en la misma medida, ¿Qué grado de “cercanía humana” nos ofrecen? Aparte de un puñado de caracteres repujados sobre líneas de código, nos queda poco menos que un ejercicio de imaginación para lograr sobrepasar ese factor de lejanía.


Bien, ¿Y qué de bueno tiene este contacto logrado? En un mundo en el que los ejercicios de soledad se imponen y lo más cercano que tenemos a otro ser humano pasa por el otro lado de una pantalla titilante, al menos esa certeza de poder entablar una charla con una “inteligencia” no artificial puede alentar a desconocidos deficientes sociales a saltarse su triste condición, haciéndose pasar por casi cualquier invento, coronando su realidad con una mentira vendible y seductora. Alto, la idea original era mostrar lo positivo, vaya forma de hacerlo… Me estoy dando palo solo, ¡que idiota!. Quizás el contacto generado del que hablamos pueda permitir configurar una suerte de sociedad, alternativa obviamente, pero al menos no estrictamente unitaria y aislacionista; en fin, una mutada sociedad virtual que podría enervar/entusiasmar en su lectura a señores como Huxley o Dick.

=== CIENTO VEINTICUATRO ===

¿Qué formación tienen nuestros bloggers? ¿De donde proviene su autoridad o aptitud para opinar? ¿Qué temas están capacitados para tratar?

Como en todas partes, tenemos entre nuestros bloggers toda una fauna mitológica absolutamente variopinta. Desde los que se han leído a Althusser, dominan los “Cahiers du Cinema”, tienen grado de Doctores en Filología Latina, etc. hasta tristes empíricos malhadados, “escribidores” frustrados, poetas de pacotilla, opinionólogos enjaulados, etc. Ciertamente un sociólogo podría encontrar un delirante filón de estudio en el lumpen (o en el parnaso) de esta comunidad blogosférica.

Pero esta proliferación generalizada de basura (digo contenido heterogéneo) tampoco es tan particular a los blogs, aunque claro está que su apertura inherente, así como nos ha permitido acceder a ensayos de discípulos de Ranciere, también le ha abierto las puertas de la auto – publicación a penosos blogstars empecinados en colgar patéticos “sonetos” (si a cualquier ensayo poético se le puede llamar así) entre textos plagiados y crónicas de sus tristes existencias.

Pero, ¿Qué patrón permite medir con la misma severa herramienta las peroraciones de un jovenzuelo enamoradizo y los sesudos análisis de un estructuralista? Yo no me veo en posición de criticar y sencillamente evito meterme con aquellos escritos pertenecientes a una línea para mi poco grata, ahorrándome también un mal rato. Lo mismo que haría con los ejemplares del más ramplón “davinchismo” literario, sin por ello tener que condenar a los libros o medios impresos en general, como un engendro plagado de porquería y abierto a cualquier pelafustán, reflejo de la decadencia cultural de nuestra sociedad.

Y me río un poco más, junto con las descalabradas costillas de algunas viejas glorias de la lucidez expresiva. En la tele comenta los deportes el mismo sujeto que hace poco estaba protestando contra la política masista, mientras penosamente leía las noticias. Y alguien me susurra que este tipo no ha sido ni deportista ni tiene la mínima formación necesaria para abrir la boca frente a miles de personas, pretendiendo resolver problemas nacionales rodeado de cajitas de té frutal y con el cliché pegado a la corbata. Me rasco la panza un poco, mientras una bofetada de silencio me reclama el haber escrito este texto, sin estar en posición para hacerlo.

=== &5*2 ===

Hace poco se ha comenzado a pronunciar, en medio de la blogósfera boliviana una corriente reformistas (al menos revisionista) que clama, pretendiendo analizar el derrotero de las bitácoras en nuestra realidad.

Sin embargo, preocupaciones profundamente existenciales relativas a los blogs, como este comentario junto con algunos otros publicados hace poco, pueden demostrar un nuevo estadio de maduración de la llamada blogósfera nacional.

Sí, pues no estoy meando alrededor del tema para demarcar territorio o apearme a una suerte de tren polémico, atrayendo así las codiciadas luminarias a mi marquesina. No señor. Mis gallinazos literarios reflejan (como quiero creer) la entrada a la “adolescencia” de los blogs bolitas, que además de reventarse espinillas, escuchar rockitos depresivos, farrearse por primeras veces, etc; también comenzarán a ingresar en una profunda crisis existencial. Así que a lo mejor de esto nos sale un tremendo y maduro hombre de mundo o un traumado chiquillo eterno con problemas edípicos. El tiempo, y la respuesta a estos azotes irán dibujando las líneas de ese crecimiento.

=== CERO ===

No es ético escribir sobre un tema que no se conoce. Ni putear por el noble ejercicio de putear. Entonces, ¿De verdad creen que no he leído una cantidad alarmante de blogs antes de escribir esto? Pues sí, realmente lo he hecho.

Déjenme ahorrarles un poco de desilusiones, no porque quiera proteger su tiempo (para mi no tiene nada de precioso), sino para anunciarles al mejor estilo circense lo que por acá podrán encontrar:

Quinceañeras despechadas, recuentos de fiestas rave salidas de control, devotos a la marca de ropa abercrombie y sus loas al modelo Iñaki que las ofrece, beatniks criollos con sombrero y todo, fotoblogs de gente fea y sus amigos, amantes clandestinos y sus aventuras sexuales, publicidad religiosa que va desde el evangelismo al krishna, emigrantes y sus desventuras, el shock cultural de nuestros apreciados turistas gringos y sus visitas a la cancha, desclasados orientales, enrevesados textos de pesudointelectuales criados por madres castradoras, esquizofrénicos de colores, viejos comunistas, nuevos consumistas, caballos de las phinanzas, jazzistas homofóbicos, burgueses reconvertidos en indianistas, cortazarianos, eso cuya más profunda lectura política es una de Galeano, los que ansían la vuelta de Goni, los nazis de closet, críticos de cine divagadores, poetartistas, etc, etc etc.

Sean bienvenidos, pasen y vean.

=== UNO ===

Rebusquemos a la voz autorizada, no quiero quedar mal frente a mis amigos intelectuales. ¡Que dirían de mi si no incluyo al menos una referencia en mis textos…! ¡Pardiez, sería como salir a la calle en calzones!

"Ley Draconiana contra los escritores :

Debería considerarse todo escritor como un malhechor que en muy contados casos merece perdón y gracia. Este sería un remedio contra la invasión de los libros."

Tal cosa me la sugirió el punzante filósofo del martillo. Sí, Nietzsche pues, ¿Quién más? Y habría que pensar seriamente cambiarle eso de “libros” por blogs, ¿No? Así nos libramos de tanta apología a la estulticia literaria. Aunque también esto termine por costarnos la lectura de un Cioran o un Wolfe bloggeros, y solo por concepto de “daños colaterales”…

Uy, lo que se me acaba de ocurrir. ¿Estaría Borges profetizando en su “Biblioteca de Babel” el desenfreno verborreico, la abundancia de conceptos y no – conceptos escritos en ninguna y toda lengua, que ahora descalabran el Internet? No quiero ni pensar que, de estar vivo hoy, el gran Jorge Luis hasta podría tener su propio blog.

“De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.”

Prueben a poner alguno de los anteriores temas en Google, apuesto que les saltan al menos 100 blogs (¿hexágonos?) distintos por cada uno. Si es así, quedamos en ponerle aureola a Borges. ¿De acuerdo?

=== CABEZA ===

El egocentrismo, el onanismo discursivo, la anuencia solitaria, son temas recurrentes en gran parte de la “blogósfera”. Aunque sea en supuestas críticas como esta. Lo que me lleva a una duda certera y universal ¿Por qué se escribe?

No soy un payaso idealista, así que no me voy a tragar esa bella mentira de “El hombre escribe por expresarse, por comunicar una idea.”, ni la palabrería eufemística de “Se escribe para lograr trascendencia.” No señor, simple y llanamente se escribe por alcanzar un poco de “fama”. Y no me refiero al tipo de fama a lo Carlos Mesa, o Tom Cuise. Sino a una “fama” que sirve propósitos muy distintos, y que tiene su público y objetivo particulares. Sea atraer a futuros “biógrafos” o seducir a “morochas”, acabar como Gerente de Comteco o de nuevo Decano de Filosofía en Cambridge, etc.

En fin, desde el primer “pseudo – blog” que montara el guru drogata Timothy Leary, hace casi 10 años atrás, con el fin de documentar públicamente su muerte, hasta el inefable “Anti Blog”, esta evolución (o involución) ha hecho de los blogs una suerte de “reality show” para muchos “working class man, average joe off the street”, o “hijo de vecino” para sonar menos alienados. ¿O que propósito cumple sino ese blog que se tilda de “Diario”, que es además en esencia lo mismo que una bitácora?

Así, mientras algunos bloggers suenan a conciencias avanzadas de procedencia alienígena, muchos otros nos asemejamos más a trogloditas con garrotes, dispuestos a descalabrarnos ante la primera oportunidad. Tampoco resultaría raro que algún blogstar termine postulándose para un cargo público dentro de muy poco, o que el Samuel arme su blog de campaña. Admito que sería muy chistoso leer sus crónicas acerca de la dificultad que tiene para sonreír en sus spots, pero no creo que valga la pena el sacrificio de compartir ciberespacio con él. Aunque le dejo su nicho, como la tarada de Cristina tuvo el suyo cuando escribió su “biografía”. Al menos los blogs no desperdician papel…

Y bien, mientras podamos asistir al próximo debate de cortazarianos vs. coehlistas o de jazzeros vs. metaleros, además todo esto vía blog, vale la pena aguantar el tipo.

=== א ===

Ya se diluye de mi cuerpo el último espasmo. Mi mente, bueno lo que quede de ella, me obliga a correr al baño.

Ahí levanto la tapa del inodoro y comienzo a orinar, libre y suculentamente. El torrente ambarino inunda el receptáculo de porcelana y conforma una laguna dorada, desde la que un ojo reflejado me observa. No pasa demasiado tiempo hasta que el rostro silueteado en el ambarino fluido me grita “Soy Jesús, el Mesías.”. Asustado le contesto, “Carajo, que haces vos aquí. No deberías espiarme orinando. Eso no vale.” Con portentosa voz me responde la cabeza flotante “Para tu información soy Dios, y si quiero la puedo espiar a tu ñata cuando se esta bañando. Pero no he venido a eso, sino para hablar contigo sobre los blogs”. Tras la sentencia pronunciada por la reverberante voz le digo, “Oye no me dirás que tú también tienes tu blog.”, a lo que furioso me contesta “No digas eso, ¡blasfemo! Toda mi vida está registrada en los evangelios. Y si quieres más información te puedo dar un 900 – 10 para que llames y preguntes por mí. O mandando un SMS al…”, antes de que ha terminado su perorata lo detengo “Ya pues, que querías decirme de los blogs.”. Unos instantes de silencio preceden la respuesta, pronunciada con atronadora voz, “Que no son tan malos pues, chango. ¡Qué tanto reniegas y protestas contra ellos! Si vos tienes 11 blogs, ¡mamón! No vengas a hacerte al salsas conmigo. Solamente te estás creando otra úlcera, ¡figureti! Deja en paz a mis otras criaturas. Total si nadie te toma en serio.” termina por espetarme en la cara el sujeto, todavía zambullido en mi orina. “Oye, un cachito. Vos no eres Jesús. Solamente eres la proyección mental que hizo mi subconsciente del [insertar nombre de pila aquí] con peluca y barba postiza. ¡Que maraco que soy! Pero voz no llegas ni a doncito, menos a salvador, ni a blogstar trucho siquiera. Con mejor basura he alucinado antes. No friegues.” le contesto con igual malicia. El rostro parece dudar un rato, antes de devolverme la estocada, “Hablador, megalómano, mandacho. Yo estoy aquí para defender a los blogs y no importa si soy Cristo, Jean Sol Partre, Papa Noel, el Capitán Kirk, o el Chavo. Si quieres criticarlos primero deshazte de tu docena de pestilentes blogs, el primer pretencioso en joder por todas partes eres justamente tú. Y segundo, aprende a escribir mejor, escritorcillo de mala muerte. No me vengas con estas cosas, porque como vivo en tu cabeza sé muy bien de tus cochinadas, y las puedo empezar a contar en público.” Ahora la cara tiene ya otra pinta, menos pelo y más cara de pocos amigos. Se he enojado de verdad, seguro mi orina sabe a macerados rancios. No sé si por culpa del adrenocromo o qué, pero veo como le crecen un pico de ornitorrinco y un par orejas tipo Mickey Mouse. Mi propia inconciencia parece estar perpleja. “Bueno che, de vuelta tu alcantarilla será. Me hiciste reír un rato. Te busco en el próximo trip. ¿Listo?” le digo carcajeando, mientras suelto el agua; sumergiendo así, entre otras aguas servidas, la voz que, desde mi micción, me había interpelado. “Chau, y no te preocupes. Yo te paso el papel higiénico…”


En eso, alargando la mano para despachar el rollo de papel blanco por el caño, descubro que este parece tener algo escrito. Leerlo es, después de tanto blog que me he metido en la cabeza, casi un bálsamo. Está mucho mejor de lo esperado. A lo que se han tenido que rebajar los libros para hacerse notar en la era de los blogs. Su lucidez me desploma de un certero golpe, obligándome a sentarme sobre la taza de porcelana. Nadie podría haber ensayado una definición más perentoria de la blogósfera. Nadie, ni nunca. Impreso, como corresponde, y en perfecta pulcritud sentencia para la eternidad:


“Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.”

domingo, mayo 21, 2006

Crash


Las pasadas semanas nuestros siempre oportunos distribuidores tuvieron la suficiente gallardía para presentarnos una película que, si bien tiene el reluciente cartel de “Oscar a la Mejor Película 2006”, no se trata precisamente de una “rompe taquillas” por naturaleza; aunque tampoco es una apuesta tan arriesgada como proyectar alguna ignota película europea o un experimento de cine – arte. Claro que nos llega ya con bastante retraso (la película proviene del 2004) y abundantes copias pirata de por medio. Hablamos de “Crash”, o “Alto Impacto” como decidieron bautizarla en español.


“Crash” nos presenta un retrato de la ciudad de Los Angeles, vista desde la marginalidad y también desde dentro de la sociedad establecida, pero igualmente marginada, aunque esta vez por distintos tipos de relaciones conceptúales, estrechamente ligadas a los prejuicios y a un modelo de esquemas mentales profundamente colonialista (o como en Bolivia, neo-colonial). Componiendo una descripción desangelada de la ciudad más innegablemente multicultural y multirracial de los Estados Unidos, observada con igual crudeza desde la cúspide del poder como desde lo más bajo de esta urbe.

La dirección y el guión de la película están en manos del premiado e indudablemente capaz Paul Haggis, que esta vez debuta también como director. Haggis se ha labrado una reputación de solvencia y solidez en sus trabajos, libres de efectismos y bastante sobrios; además de gozar de una portentosa capacidad para capturar el discurso y sensibilidad de la sociedad americana contemporánea de una forma fiel, creíble y depurada, cercana en su lograda construcción a la obra del dramaturgo Tenesse Williams. Pero “Crash” parece no haber respondido a las expectativas creadas por este brillante currículum.


El problema principal del film recae, paradójicamente, en el guión más que en cualquier otro aspecto técnico que podría hasta perdonarse a un director novato. Sucede que, para mi gusto, la guionización abusa del cliché y hace de los estereotipos una suerte de absolutos sociológicos más que simples instrumentos para sugerir actitudes relacionadas con la intolerancia. Me explico, a momentos el hilo narrativo se sostiene solamente en el hecho, en extremo predecible, que le correspondería ejecutar a cada “estereotipo” según su naturaleza. Por ejemplo, el “negro” roba porque así le toca por ser pobre o si está mejor acomodado termina traicionando sus principios y actúa como un “blanco” aburguesado, etc. Así llega un momento en el que no queda del todo claro cuando solamente se está empleando el estereotipo con fines “didácticos” y no apologéticos de la actual política de Bush, por decir algo.


Y así es inevitable la aparición del melodrama excesivo y tristemente abundante, a momentos espoleado por la sobreactuación de algunos de los actores que figuran en el “estelar” reparto (Sandra Bullock, Brendan Fraser o Thandie Newton por ejemplo) o empantanado en la modorra de otros de los interpretes que se pasean en sus breves papeles (Don Cheadle está en su usual forma, pero el personaje pudo haberle demandado más) y hasta hay una que otra actuación notable (Michael Peña o Matt Dillon, quien encarna un muy efectivo policía intolerante, abusivo y racista) . Tal vez la faceta de dirección de actores pueda ser una habilidad que con el tiempo Haggis vaya puliendo, pero es un tanto extraño que se haya oscarizado una actuación tan poco pareja. Esto se justifica, de alguna forma, con el correcto manejo de otros aspectos, que conforman un conciso retrato casi fotográfico.


Como se ha dicho la debilidad principal de la película, que no es en absoluto mala, se la encuentra más que en el trabajo narrativo en la construcción de los personajes, pues sí logra tejer un entramado interesante. Sin embargo el juego con los estereotipos no se define completamente y los transforma en la encarnación de generalizaciones culturales, sin aclarar si realmente estas son válidas o no, pues todos sabemos que ninguna generalización es precisa o positiva. Y es que este guión no adolece de una narración tediosa o carente de atractivo, pero se puede entender la situación que plantea una gran historia contada con personajes pobremente trabajados apelando a la siguiente figura: no es lo mismo ver la Formula 1 en Mónaco que una carrera de triciclos, aunque el circuito, los objetivos y circunstancias sean las mismas.


Se ha calificado a la película ampliamente como “coral”, y en efecto lo es. Quizás hay algún facilismo en la unión de las historias, pero es algo perdonable en el lenguaje fílmico. Siempre y cuando sea solamente un vehículo narrativo, pero en este caso tal construcción sirve nada más que para desnudar falencias en la caracterización y concepción de los personajes, una verdadera lástima.


Y bien, todo esto nos deja una película a medio camino entre la crítica y el discurso moralizante, pues no se va ni por la “reprimenda” ni por la “corrección”, simplemente no termina la “lección” que en cierto punto parece comenzar. Por ello es justo hablar de la película como testimonial, ya que casi se limita a presentar la “instantánea” de L.A. (sacrificando, por abarcar mucho, el desarrollo de los detalles particulares) sin realmente confrontar con fuerza y argumentos. Es una película crítica, de eso no hay duda, pero por ejemplo “American Beauty” resulta mucho más efectiva en este sentido; virtud reconocible en la frontalidad de su abordaje, mucho más localizado y a la vez universal, y por esa misma razón menos sobreexpuesto por su propia naturaleza narrativa – conceptual que precisamente "Crash".


Cerrando el presente comentario debo reiterar que no me parece que esta haya sido una película mala, ni mucho menos. Pero siempre he creído que una gran obra cinematográfica debe tener uno o más de estos tres elementos: Corazón, Cerebro o Agallas (es decir poder jugar con las emociones de uno hasta el borde de la identificación, provocarle profunda actividad reflexiva y crítica o confrontar con energía y sin tapujos algún aspecto de la realidad, quizás hasta a nivel del “yo”). “Crash” trata de incluir tanto un poco de cerebro como otro de corazón, pero no hace buen uso de estas sus iniciales intenciones, lo que termina por costarle su appeal en uno y otro terreno.


Por supuesto, esta debe ser una de las mejores películas de la pasada gestión, y lo digo por su solidez e importante consecuencia temática. Tiene sin duda más de una falla, pero con todo está muy por encima del promedio de las películas “made in Hollywood”. Probablemente entró en desventaja a la contienda por los premios de la academia, pero salió vencedora en una de las más polémicas decisiones que haya tenido esta premiación en mucho tiempo. Esto debe tener algún merito, aunque particularmente yo no la haya contado entre mis favoritas para ese galardón. Quizás la profundidad que pretende mostrar apele mejor y encuentre mayor resonancia en la sociedad norteamericana que intenta retratar.


Pues bueno, ahora se vienen los blockbusters del verano boreal. Y se trata de una camada de films en general mucho más débiles, que seguramente ni siquiera competirían en la misma liga que esta. Y no sé si me voy a arrepentir de haber defenestrado tan implacablemente esta película con mi injustificada exigencia. Ya lo sabremos en futuros comentarios cinéfilos.


martes, mayo 09, 2006

Viciadas Variaciones sobre una Valiente Villanía


Ya lo dijo con mucho acierto la “Rolling Stone”, hoy estamos en la era del “Hollywood de Teflón”, nada se te ‘pega’, toda película parece querer contar una historia (si acaso) lo menos comprometida posible. Y aunque el año pasado vimos la politización de un sector de la industria (sus productos son las premiadas “Good Night and Good Luck”, “Syriana”, por nombrar alguna), todavía los esfuerzos por confeccionar un lenguaje cinematográfico que se constituya en vehículo ideológico son aislados y poco significativos (recordamos hoy con nostalgia a Sergei Einsenstein o a Jorge Sanjinés). Es en este contexto que la aparición de una película basada en una novela gráfica que exalta el terrorismo y la anarquía como medios de batalla contra un estado opresor no puede dejar de llamar la atención.


“V de Vendetta”, como yo conocí está magnífica obra escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd, en la económica y justa edición de la ahora extinta editorial española “Zinco” (por eso me cuesta tanto llamarla “V de Venganza”, nombre que suena al más chabacano ejercicio de fundamentalismo léxico), nos presenta una distopía en el mejor estilo Orwelliano, condimentada con un discurso a momentos propio de la narrativa Victoriana que con tanta delectación cultiva Moore (bien hizo nuestro querido “Ojo de Vidrio” al sugerir paralelismos Chestertonianos en esta Novela Gráfica). Pero el comentario del “comic” lo reservaremos para una ocasión posterior, pues ahora nos disponemos a ‘diseccionar’ la película basada en él, y que hace algunos días está en cartelera en nuestra ciudad (como en casi todo el mundo).


Alan Moore siempre se ha caracterizado por el ritmo “cinematográfico” de su narrativa, y el medio del comic se le ha dado muy bien para explotarla, haciendo del autor una verdadera leyenda viviente, considerado el mejor escritor de comics de todos los tiempos. Naturalmente sus trabajos siempre han estado bajo consideración para ser transformados en filmes. Y ha sucedido ya con su “League of Extraordinary Gentlemen" (de pobrísima y casi insultante factura), “Constantine” (bueno, si somos rigurosos es como decir que “Batman Begins” se basa en una obra de Bob Kane) y la algo más digerible “From Hell” (que sin embargo no le podría hacer sombra a la grandiosa y casi inescrutable obra de Moore).


Es ante los pobres resultados (cercanos a la carnicería más flagrante) que han tenido las adaptaciones de los trabajos de Moore que el maestro ha decidido retirar definitiva y absolutamente su nombre de toda transmisión cinematográfica que se haga de sus creaciones, en un movimiento que además de costarle una indecente suma de dinero podría dar fin con su carrera en el mainstream del comic americano, pues la todopoderosa Warner Media que controla gran parte de las adaptaciones hechas al cine de su obra, también es la casa matriz de la celebérrima editorial comiquera DC Comics. Entonces no vayan a sorprenderse cuando lean el título “Basado en una Novela Gráfica ilustrada por….” de hoy en adelante al ver una película basada en alguna creación de Alan Moore.


Pero ocupémonos de la película en cuestión. Lo peor que uno puede hacer en casos como estos, y hablando de adaptaciones en general, es procurar encontrar una trascripción por lo menos fiel al material original. Y lamentablemente esta no es la excepción que confirma la regla. Quizás las expectativas y temores que formé llegaron a ser tan igualmente altos que logré entrar al cine en estado “neutro”, sin saber casi que pensar al respecto. Sin embargo, cuando salía del recinto, algo más de dos horas después, pude comprobar con tristeza que la experiencia había sido felizmente ‘amortiguada’ por una poderosa canción de los Rolling Stones (“Street Fighting Man”, muy bien puesta en ese preciso momento y lugar) que cerró la película agregando una nota agradable que me mantuvo escuchándola completa, parado en medio del pasillo. Otra vez asistímos a una decepcionante película que no le hace justicia ni pálidamente a su fuente original.


La película se ha pensado para ser presentada a una audiencia tan heterogenea como la contemporánea, y además ajena por completo a la historia de V. No puedo asegurar si eso la hace más comprensible o no, pero me pareció que tendió a tergiversar demasiado de la misma, cuando debería haber pretendido traducir más que interpretar lo ya hecho por el autor de la obra original.


Me explico, la sutileza que destilaba el comic de Moore (a momentos sobrecogedora) es sustituida por una grandilocuencia casi paranoide. Por ejemplo, en la película V adquiere fama dando un bonito discurso (patadas de kung fu, movimientos antigravitatorios y disfraces de Guy Fawkes que aparecen por arte de magia de por medio) en la televisora nacional, transmitido en vivo en el living de todos los millones de ingleses enganchados a la única señal existente en la TV en el país. Con Moore V cobra notoriedad a la antigua, lentamente y por medio del infalible “boca a boca”, con más acciones y palabras que estallidos o apariciones mediaticas. Otro ejemplo, el temor que genera el estado totalitario en la novela gráfica es palpable y comprensiblemente plausible, mientras que en el régimen presentado en el film es más bien risible, y no representa casi amenaza, más allá de las implícitas restricciones con las que hoy, en los días de Bush y compañía, ya vivimos cotidianamente. Y así podríamos seguir con una notable cantidad de ejemplos.


Si algo es imprescindible para lograr una buena película que adapte otro texto no fílmico es el guión, cuyo trabajo estuvo a cargo de los hermanos Wachowsky (of Matrix fame), quienes de alguna forma tomaron la idea central presentada por Moore, algo de los personajes, mucho de las circunstancias y tejieron una historia un tanto mejor que sus secuelas a The Matrix, pero todavía muy alejadas de la solidez de la obra original, que pretendían adaptar con absoluta fidelidad, siendo fanáticos declarados de la misma.

Quizás su principal defecto como fuente narrativa está en ese empeño por redondear las historias, atando muchos cabos que Moore dejó sueltos deliberadamente o simplemente evitó tratar y que le daban punch a la historia. Buena parte del argumento original estaba envuelto por misterio, e inclusive el final es mucho más abierto que el encontrado en el film. Esto no porque se trate de una diferencia respecto al comic, sino porque hace de la película demasiado explicada, casi pedestre en su afán por dejar todo completamente claro y compacto.


Continuando en el análisis del guión, si bien uno de sus meritos (peligroso pero solventado sin demasiados problemas) es el tener suficientes agallas como para detener la los piñazos y explosiones y mandarse unos ‘excesivamente abundantes’ discursos, esto si se considera que la película fue vendida como una “de superhéroes”, “de acción”, “de los creadores de The Matrix", etc. Tal vez por eso, hacia la mitad de la película y ante la escasez de sangre y violencia gratuita, un grupo de espectadores comenzó a silbar y hasta a marcharse. Otro problema completamente distinto es el que atañe a la calidad y contenido de los diálogos que sustituyen la matanza esperada en cuestión.


A pesar de estas y otras ‘buenas intenciones’ la profundidad política de la cinta se queda en un discurso anarquista muy cercano en su trascendencia al de los Sex Pistols, cuando por el contrario el V “original” se explayaba en 'didácticas' explicaciones de teoría política sin hacerse denso o molesto, o deleitaba a su “publico” con tremendas menciones del “País de Jauja”. Debo reconocer que hasta a momentos, mientras leía cada capítulo de la novela gráfica, me sentí urgido de buscar las fuentes originales para comprender completamente el subtexto de algo tan “banal” como una historieta, imaginarán porque este trabajo es considerado como fundacional para el comic adulto contemporáneo, pero esa es evidentemente una historia distinta. Otra prueba de la grandeza de Moore alcanzada en “V de Vendetta” radica en aquel elemento, que se transforma aquí en una seguidilla de bombardeos inocuos, discursitos por la tele, proyección de películas antiguas, freír huevos y jugar a las espaditas con un maniquí. La diferencia salta a la vista.


La dirección, encargada al debutante James McTeigue, no presenta demasiados problemas, más bien hasta tiene algunos aciertos. Como el manejo de la iluminación, del encuadre y demás tecnicismos, que junto con la dirección fotográfica logran construir un retrato (literalmente) de V bastante efectivo. Y es que trabajar con una máscara inerme y tratar de comunicar emociones e interpretación histriónica no es cosa fácil, y tal mérito debe reconocerse en la cinta. A pesar de todo, más allá de algún momento de “bullet time” muy innecesario no le encuentro defectos a la dirección, eso sí, muy justa en sus recursos. Como se evidencia en la conjunción de “acción – explosión” y música (véase la ‘demolición pirómana’ que conduce V) que me trajo a la mente los magníficos resultados que, con menos gasto, hubiese logrado un maestrísimo como Kubrick.


Pasando a analizar el trabajo actoral, Hugo Weaving construye un V bastante balanceado y logra transmitir emotividad y acción en la medida necesaria (si cabe cuando se trata de un sujeto enmascarado perpetuamente) sin caer en una bufonesca caricatura del Tulipán Escarlata ni un clon Tatcheriano del Vengador del Futuro. Es una lástima que mucho del tratamiento que hayan hecho de su personaje los guionistas lo ha desnudado de esa clase, heroísmo y magnanimidad que poseía como Alan Moore lo había imagino. Aunque su rol es todavía importante, al igual que en la obra original, la verdadera protagonista de la historia es Evey Hammond.


En este caso Natalie Portman trata de hacerse cargo del papel, con resultados tan variantes como su acento, sudafricano más que inglés, tristemente logrado para encarnar a la inocente – rapada – revolucionaria Evey. Y no es que Portman sea una mala actriz, pero o se ha oxidado últimamente o simplemente habíamos visto un espejismo en sus primeros y prometedores años. Aquí no se mueve con la desafectada llaneza que la vimos adoptar en la saga de Star Wars, pero deja sabor a poco en un rol muy complicado y que me hubiese gustado ver tal vez en otras manos. Y si hasta los guionistas supieron reconocer y parcialmente respetar este personaje, ya comprenderán lo importante que era no echarlo a perder.


Los demás papeles son completamente secundarios y olvidables, y si Alan Moore supo hacerlos interesantes, por problemas del pobrísimo tratamiento que se hace del material debemos conformarnos con bosquejos de personajes grandiosos como fueran el Canciller, Finch y algún otro, que quedan aquí extremadamente ajustados a sus limitaciones. Así, aunque los asignen a grandes actores, no hay mucho caso…


Cerrando ya este extenso comentario, y temiendo haber olvidado algún aspecto, o abusado de la comparación con la novela gráfica (inevitable, por cierto), trataré de cerrar las apreciaciones anteriormente apuntadas.


El equipo creativo que abordó la tarea de adaptar la obra de Moore conocía la dificultad inherente y con todo tuvo la valentía necesaria para lanzar una película abiertamente política en los tiempos que corren; eso merece algún encomio. Sin embargo, destrozaron completamente una pieza magistral del comic, tomando apenas algunos aspectos (el amigo Romeo Marta llega a sugerir hasta un plagio, podrán leer su artículo completo aquí) y armando una historia semejante pero en el fondo apenas parecida, para desagrado de los fanáticos puristas del trabajo de Alan Moore como de los cinéfilos de buen gusto en general. Otro error mayúsculo del crew fue la forma en que trataron de vender la película, perdiendo uno y otro público y atrayendo precisamente al que terminaría por abandonar la sala más pronto que tarde, el amante de películas al estilo de "Spiderman" o de las peorcitas de Van Damme.


Y sucede que no lograron balancear los elementos que pretendían tomar para adaptarlos con los que iban a aumentar o cambiar, por ejemplo ¿Para que siquiera incluir la prisión de Larkhill si iba a ser tan subutilizada? ¿Por qué no hacer del líder el demente que amaba con desesperación a su computadora pero no se inmutaba ante la muerte de miles de sus compatriotas, que aparece en la novela gráfica?, ¿Por qué no mostrar lo peligrosamente cercanos que estamos a la realidad concebida por Moore para su distopía hace más de 20 años y hoy muy vigente? Estás y muchas otras interrogantes todavía me persiguen en estos instantes.


“V de Vendetta” pudo haber sido un clásico de la ciencia ficción cinematográfica, pero tenemos lo que tenemos y no se puede pedir más a nuestra desvencijada industria del cine. Con guiños solamente comprensibles para los fanáticos empedernidos de la novela gráfica, referencias al punk británico, algún pellizco inocente a la forma de hacer política que hoy está de moda en el primer mundo, su flirteo apologético con un mal planteado “terrorismo”, la edulcorada epifanía final de V, y otros elementos similarmente incongruentes casi lado a lado, comprendemos la muy debilitada homogeneidad y consistencia que presenta el film.


Así, desde los Stones hasta el pastiche Benny Hilliano nos encontramos con una película muy pasable, dada a las medias tintas pero que finalmente demuestra ser una muy viciada variación de una grandiosa obra maestra escrita por el inconmensurable Alan Moore; a pesar de todo valiente por atreverse a lanzar algo con un acento indiscutiblemente político al mainstream cinéfilo (abriendo camino para una, ojala mejor, adaptación de “The Watchmen”, supuestamente ya en pre producción) y haciendo finalmente, de lo que podría haber acabado siendo una villanía tan atroz como “The League of Extraordinay Gentlemen" un mucho más amortiguado desastre que peca por no alcanzar el listón tan alto que suele poner cualquier obra de la “Gran Barba de Northampton”.


A pesar de todo, Alan Moore siempre ha dicho que no importa cuanto se 'carguen' a sus creaciones con traducciones fílmicas insufribles, estas seguirán incólumes en el estante, esperando ser descubiertas en su verdadera gloria. Y eso voy a hacer ahora mismo.