
A Álex Ayala la primera antología boliviana de no ficción no le gustó nadita[i]. Conductas erráticas (Aguilar, 2009) es una impostura, nos dice, un libro de ficción que se hace pasar por no ficción, lastimando la memoria de Capote, Kapuscinsky y todos los demás. Pero no sólo está la malvada confusión de géneros, nos dice, también hay otro problema grave: los textos no se dedican a contar historias de otros, de terceros, sino que hablan, la mayoría, de sus autores, de las experiencias de sus autores: un Edmundo Paz Soldán que juega fútbol en el equipo de una universidad perdida en el Solid South gringo, un Sebastián Antezana que no se atreve, no quiere hablarle a una mujer en un aeropuerto europeo, un Wilmer Urrelo Zárate que casi se ahoga - ¿es cierto esto?- cuando su casa de la calle Tejada Sorzano casi desaparece bajo una inundación, una Giovanna Rivero que recuerda su lejano - ¿o no tan lejano? – oriente de narcos y videojuegos, y así. Todos son, nos dice Ayala, textos egocéntricos: puro ombliguismo e impostura, y de eso no se trata el non-fiction.
El problema con la crítica de Ayala, y esto salta a la vista, es que no es una crítica, sino un alegato moral. Lo que Ayala le critica a los textos de Conductas erráticas no es, qué se yo, el tratamiento del lenguaje, el dominio de las técnicas literarias, la solidez de las narraciones, la ubicación o el extravío con respecto al momento literario actual o cualquiera de esas cosas en las que se fijan los críticos. No. Lo que está mal es la pretendida impostura y el excesivo desinterés por los demás (siempre más interesantes que uno mismo, tendríamos que suponer).
Un argumento así presume que hay una distinción clara entre ficción y non-fiction, pero esto, por supuesto, está lejísimos de ser obvio, como se lo hicieron notar muchos lectores al crítico[ii]. Nadie como Juan José Saer para decirlo con precisión contundente:
el rechazo escrupuloso de todo elemento ficticio no es un criterio de verdad… aún cuando la intención de veracidad sea sincera y los hechos narrados rigurosamente exactos – lo que no siempre es así – sigue existiendo el obstáculo de la autenticidad de las fuentes, de los criterios interpretativos y de las turbulencias de sentido propios a toda construcción verbal. Estas dificultades, familiares en lógica y ampliamente debatidas en el campo de las ciencias humanas, no parecen preocupar a los practicantes felices de la non-fiction.[iii]
En todo caso, la discusión acerca de los géneros huele más bien a bronca gremial (Ayala lo dice clarito: lo que han hecho los compiladores es “como invitar a presentadores de televisión a formar parte de una antología de relatos cortos o a un veterinario a hacerse cargo de la cirugía de corazón de un paciente humano”), y eso – la bronca gremial - no me interesa tanto. A mi me interesa más bien eso de hablar de uno en lugar de hablar de los otros.
Y es que tengo la impresión de que el disgusto que le provoca al crítico que Maximiliano Barrientos nos hable de sus paseos por una Santa Cruz peligrosa o que Liliana Colanzi nos cuente sus aventuras íntimas entre Santa Cruz y Cambridge revela más que un mero gusto personal. Quizá nos hable de una falla, de una división generacional, de un quiebre en el tiempo de la literatura boliviana. Como intuía poderosamente Wilmer Urrelo en la única otra reseña de Conductas erráticas que he leído, “los bolivianos y bolivianas tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos”. Siempre es más fácil hablar de los demás.
Eso podría explicar que algunos de los textos que Ayala encuentra insufribles y aburridos (porque “no cuentan una historia que cree cierta curiosidad [en los lectores]”) a mi me parecen sino logrados, por lo menos reveladores (también hay textos pésimos, claro, pero de esos hablamos otro día: esto es más, lo aclaro por si acaso, una crítica a la reseña de Ayala que una defensa de Conductas erráticas). En esos textos me veo – o quiero verme – reflejado: está allí el individualismo extremo, el obsesivo amor por la escritura, el profundo odio al provincianismo, la mediocridad, al romanticismo y al sentimentalismo, la feliz confusión acerca de la identidad nacional, relacionada más con los aeropuertos y el exilio voluntario que con cualquier antigua costumbre o esencia nacionalista.
Por ejemplo, Ayala dice que en “Muestrario de guerra: literatura y vida”, Rodrigo Hasbún “da vueltas como trompo sobre sí mismo”, pero yo encuentro en ese texto, no casualmente escrito en “nosotros”, algo así como un manifiesto – perdóneseme el anacronismo – de mi tiempo, la voz de una generación que siento mía, “una generación que descree de las fronteras bien delimitadas (entre tradiciones nacionales, entre géneros, entre expresiones artísticas de distinta naturaleza, una generación y que no siente atada a obligaciones de ningún tipo”, una generación cuya guerra es leer doce horas seguidas y no necesariamente salvar al mundo.
Esto no lo vio Ayala; como tampoco vio que Hasbún no “lee a Cheever sin llegar a ningún lugar en concreto”, sino que lee a Cheever, a Carver, a Onetti, a Sáenz, a Beckett (y que escucha a Cohen a Dylan) y que son éstos – amigos íntimos - los que le han enseñado a leer, a escribir y, en suma, a vivir. Esto no lo vio Ayala, como no vio las bellísimas notas al pie de “Planetas errantes” de Maximiliano Barrientos:
Escribir sobre lo doloroso que es ver bailar a las mujeres que queremos bailar con desconocidos. Escribir sobre el cuerpo que es frágil e impredecible…. Escribir sobre las personas que perdimos por muertes, porque se fueron a otro país, porque dejaron de ser felices a nuestro lado. La vida sin ellos. Eso básicamente es la literatura: la vida sin esas personas, la vida con miedo a perderlas.
Como no vio en “Hacia la esquina de Jimi” la magnífica prosa de pronto se convierte en verso de Juan González:
siempre en la misma esquina.
nunca por más de dos horas.
y con intervalos estratégicos.
que abre para fumar crack.
le da duro a “la piedra”.
y se nota.
cada vez más.
El crack pasa factura rápidamente.
Como no vio, detrás de la frivolidad de “Todas la fiestas del mañana”, sutil, dulcemente escondido, el miedo a envejecer, el maldito miedo a envejecer y morir:
Algún día, supongo, nuestros cuerpos nos pasarán factura. Algún día, un desperfecto en nuestros organismos nos recordará que no somos jóvenes. Que la fiesta ha terminado.
Todo esto no lo vio el crítico.
Y creo que no lo vio no sólo por una cuestión de gustos. No lo vio por ser un lector prejuicioso (ficción y no ficción son distintas, punto), por ser un lector puritano (las historias de los otros son las interesantes, hablar de uno es ombliguismo, cosa fea, punto), por ser, en suma, un mal lector. Pero quizá no sea su falta, quizá sea más bien el tiempo y sus herencias. Quién sabe. Ya habrá tiempo para que la crítica – la de a de veras - diga lo que tenga que decir de Conductas Erráticas. Esperemos hasta entonces.

18 comentarios:
Es que Alex Ayala es español (concretamente vasco) y por eso no entiende a los bolivianos, lo cual se refleja en su trabajo.
Agudo el comentario, muy agudo, y anónimo también, claro.
" En esos textos me veo – o quiero verme – reflejado: está allí el individualismo extremo, el obsesivo amor por la escritura, el profundo odio al provincianismo, la mediocridad, al romanticismo y al sentimentalismo, la feliz confusión acerca de la identidad nacional, relacionada más con los aeropuertos y el exilio voluntario que con cualquier antigua costumbre o esencia nacionalista. "
javier... y vuelvo otra vez y me acuerdo q entre alcoholes esa noche la blasfemia salio... y dije: yo podria haber escrito algo en algun momento asi... q me haga sentir esto q siento cuando leo lo q acabo de leer ...
ajajjaja
q buena leerte dp de tiempo, increible vos. o quizas no. saludos
MaJo
Anónimo:
¿Atribuir el traspie crítico al hecho de que Ayala es español, no es acaso cometer el mismo tipo de reduccionismo -políticamente incorrecto- que el cometió en su reseña?
Majo:
No es blasfemia. Lo que sí tengo que hacerte notar es que la nota es de mi querido amigo Pablo Barriga, un escritor más prolijo y lúcido que yo.
Igual creo que él comparte la sensación que tu apuntaste. Llamándolo manifiesto, también te adjudicas cierta propiedad sobre el texto.
Un gran saludo a ambos, y da gusto reactivar el blog con textos como éste.
Llevo ocho años en Bolivia, lo que es más o menos un tercio de mi vida. Y no creo que la nacionalidad tenga nada que ver con lo que escribo. Es obvia la razón del anonimato de quien escribió ese comentario. Cuando no se pone el nombre casi siempre es porque se quiere hacer daño a alguien o difamar a alguien de manera consciente. Por lo demás, me parece buena la discusión y el hecho de que haya contra-críticas a mi crítica. Es algo sano. Un saludo a todos. Álex Ayala.
Saludos, Álex, y gracias por mostrar que las reacciones frente a la crítica no tienen por qué ser siempre iracundas.
:
primero: gracias, Pablo, por permitir reproducirla en el blog tambien, un honor pa nosotros.
segundo: ke cagada ke aparezca un anónimo tratando de mandar al corner la discusión con sus boberías. ke bien ke nadie le de bola.
tercero: muy buena la respuesta de Pablo, gran lectura del libro además. cada kien rearma el libro personalmente: el otro día un amigo me sorprendió diciendo ke para él CE era un retrato de la nueva Bolivia (y la segunda parte de ese ensayo "el arte nacional"????)
cuarto: bien ke Ayala kiera discutir. ahora habría ke ver por dónde empezar. pero se ve ke no compartimos, ya de entrada, ké es y ké no es no ficción.
un abrazo a todos
Voy a meter cuchara.
El uso de las palabras procede de un acuerdo, una noción social de uso de las mismas. Desde ese punto de vista, después de leer la nota de Alexander, pues, él tiene toda la razón, en cuanto al uso del vocablo 'no ficción'. (tsssk, lo que nos recuerda, además, la colonia cultural que somos del idioma inglés. Ni modo, pues, U-S-A all the way, como dicen)
No ficción se utilizó para la construcción narrativa periodística. (Algo que no parecen ser los textos mencionados).
Dicho eso, la intención de Maxi' y Liliana es completamente otra. Una exhibición de un grupo de personas que, a diferencia de lo que dice Wilmer, están gustosos de hablar de sí mismos. A la intención, más allá del nombre otorgado, se ajusta la observación de Pablo B.
Un subtítulo equivocado no desmerece un empeño que es nuevo en Bolivia.
Buen trabajo, a los dos.
Resulta curioso que el autor de la nota, un declarado "derribador de categorías" de ficción y no ficción pida una crítica "de a de veras". Curioso que un lector "no prejuicioso" tenga tanto prejuicio... En fin, lo cierto es que si un libro se vende como "literatura de no ficción" lo menos es que se justifique con tal. En mi opinión, "Conductas erráticas" no lo hace cuando se reduce una variopinta colección de ensayos, testimonios, memorias y, felizmente, sí dos buenísimos reportajes (Ortiz y Llorenti).
Pero claro, puedo también ser mala lectora, prejuiciosa, de otros tiempos, resentida... No es argumento ni eso ni decir que los adalides de esta nueva generación de "no ficcionadores" que tanto tienen que decir de sus mundos interiores han escuchado a Dylan y han leido a Onetti. Quizás no les vendría mal leer a Céspedes, Bellatín o Capote. Quizás...
Lo importante es que se publique, que haya crítica de a de veras y de mentiras y que los "malos lectores" sigan sin estar de acuerdo.
Para no perdernos, lo que digo en este texto es lo siguiente:
Premisa 1: La crítica literaria no se preocupa tanto por las taxonomías - cuestión, dicho sea al paso, siempre impugnada - como por la calidad de los textos.
Premisa 2: la reseña de AA le presta muy poca atención - si es que ninguna - a la calidad de los textos de CE y se concentra en la cuestión taxonómica.
Conclusión: de 1 y 2 se deduce que la crítica de AA no es una crítica literaria de a de veras.
Ése es todo el punto de la discusión. Si no compartes la premisa 1, Liliana, y crees que es más importante discutir el valor de CE dependiendo de si se ajusta o no al de por sí problemático término de non - fiction, allá tú. Ése es, digamos, mi prejuicio, yo creo que la crítica no debe perderse en esas nimiedades.
Algo más: yo acá no estoy evaluando la calidad de Conductas Erráticas. Apenas estoy intentando sugerir lo que le encontré de valioso allí. No soy crítico literario, lo repito, por eso espero a la crítica - la de a de veras.
Mira, no me creo así nomás, los cánones y entiendo que en estos tiempos hablar de buenos y malos lectores provoque urticaria. Personalmente, prefiero a los lectores que leen mucho, que disfrutan de las referencias, que se dejan sorprender, que gozan con los matices y que son cuidadosos al juzgar un texto. Para mí esos son los buenos lectores, pero si hay gente que piensa que lo más importante es la primera impresión, o que lo primero es que el texto se ajuste a su idea de lo que debe ser un buen texto, pues hombre, acá hay espacio para todos.
Saludos,
:
en primer lugar kerer meter eso de que CE no es no ficcion (ke es el argumento del gremio periodistico) es mezquino porke sólo considera como no ficcion a cierto tipo de textos (Walsh, Capote, Kapuscinsky, etc.) y los que no entran en ese patron no son no ficcion(uh!, la doble negacion). y Berger, Foster Wallace, Richard Ford, Shepard, Gizburg????(por citar algunos, y en nuestro país, gran parte del reciente Fe de Errancias del Kichi MacLean) es decir si hay elementos literarios ya no es no ficcion??? no, pues, no es asi. de todo leemos, clásicos y nuevitos, sin prejuicios. y si, estoy de acuerdo en ke haya critica, pero sin mala fe.
abrazones
Hola. Me llamo Efraín y quiero hacer una aclaración necesaria. Liliana Carrillo, obviamente, se refiere al escritor Rodrigo Hasbún cuando menciona los referentes que él maneja en su texto antologado (Dylan y Onetti). Lo que me molesta es cuando dice "Quizás no les vendría mal leer a Céspedes, Bellatín o Capote". Dejo constancia de que yo fui estudiante de Hasbún en su clase de literatura boliviana, donde leímos no solo a Augusto Céspedes sino además a Jaime Sáenz, a Óscar Cerruto, a Victor Hugo Viscarra y a todos los ecritores y escritoras importantes del país. A Rodrigo Hasbún lo acusan constantemente de desconocer la literatura boliviana cuando él fue catedrático de literatura boliviana durante mucho tiempo!!! Deberían tener más cuidado con sus prejuicios. En cuanto a los otros dos escritores mencionados, no me consta si los ha leído o no. Atentamente, Efraín.
A Liliana Carrillo y a todos los periodistas ofendidos (que por lo demás hacen un periodismo que deja bastante k desear) va a ser imposible hacerles entender k después del nuevo periodismo mucha agua ha corrido bajo el puente. Armen de una vez una antología de "reportajes" (que es lo que para ustedes significa no-ficción) y kédense trankilos.
Pablo, Vamos a tu premisa 1. "La crítica literaria se preocupa por la calidad de los textos", afirmas. Paz dijo que el papel del crítico es de mediador "de mundos"; mediador entre la obra y sus lectores, esos los mundos. Bloom dice que la crítica sirve sólo para explicar los gustos personales, esas lecturas que emocionan, que interesan. La crítica va más allá del papel casi arqueológico de buscar adjetivos correctos o imágenes bonitas "de calidad" y, claro, más allá de la taxonomía que desdeñas. No estoy, por tanto de acuerdo con tu premisa; ni con lo que crees que creo o pido a un texto.
En todo caso, y siguiendo tu argumentación (que por cierto también responde a una moral),cuestiono la contradicción entre derribar fronteras de ficcción y no ficción y elevar muros entre críticos- lectores: los de mentira y lo de a de veras. Nada más. Ahora bien, con tanto silogismo, estamos alejándonos de lo importante: que CE. Yo me reafirmo: el libro no tiene clara la idea de "no ficción" por eso junta diversos textos de desigual nivel que van del ensayo, pasando por la prosa poética hasta el periodismo. Genial, pero que no lo vendan como "primera antología de no ficción de Bolivia".
Señor Anónimo, de verdad no sé que ha leído el Sr. Hasbún pero ese no es problema mío; en todo caso su obra narrativa me parece interesante. De cualquier manera, de los autores que cité sólo Céspedes es boliviano, y venian a caso sólo por sus obras que fluctuan entre la ficción y la no ficción. Me sumo a su argumento: cuidado con los prejuicios.
Y a Armando, sí soy periodista; no estoy ofendida y, creame, después de la carrera de literatura y su maestría, creo que la no-ficción es mucho más que reportaje. Ya ve, no me quedo tranquila.
Un gran saludo a todos y que bien que se pueda charlar discrepancias con respeto, con ideas... ¿Dónde mala fe?.
Señora Liliana, ¿"Si no es problema suyo lo que ha leído el Sr. Hasbún", entonces por qué escribe: "Quizás no les vendría mal leer a Céspedes, Bellatín o Capote. Quizás..." con ese tono tan autosuficiente? Por otra parte, ¿Todo el problema de esta antología es el subtítulo evidentemente comercial que le pusieron: "Primera antología boliviana de no-ficción"? Eso, está claro, era para vender más. No le veo mayor misterio, Alfaguara es una editorial con intereses económicos.
Atentamente, Efraín.
1.
Me parece, Liliana, que no entendiste bien la premisa 1 del argumento, y que, por lo que mencionas, estás bastante más de acuerdo conmigo que de lo que crees. El crítico es un mediador, estoy de acuerdo, el crítico argumenta sus gustos personales, estoy de acuerdo, pero al final de cuentas, el crítico termina diciendo siempre “esto vale y esto no”, “esto es literatura y esto no” o “esto no está nada mal pero podría estar mejor”, y esto para mí preocuparse por la calidad de los textos (que no tiene que ver necesariamente con imágenes bonitas, no sé en qué estabas pensando). Lo que tú dices acerca del crítico no se contradice con la premisa 1, Liliana, lo siento. Si dirías “no, la crítica literaria no se preocupa en lo más mínimo de la calidad de los textos”, pues bueno, ahí sí estaríamos en órbitas distintas y una discusión entre nosotros no tendría sentido alguno.
2.
Por supuesto que mi argumento responde, en el fondo, a cierta sensibilidad moral, pero creo que tengo la honestidad de aclarar en qué consiste esta sensibilidad moral (la premisa 1 puede traducirse también cómo a la crítica le interesa sobre todo el valor estético de una obra). Por eso también es que intento presentar el argumento en forma de silogismo.
3.
No veo una contradicción entre cuestionar la pertinencia de la frontera entre la ficción y la no ficción y dividir, desde una perspectiva muy personal, a los lectores en malos lectores y buenos lectores. En el primer caso – en el de los límites entre la ficción y la no ficción – la demarcación se hace pasar como una descripción de las cosas, como algo natural, sin consciencia de que el criterio de demarcación es terriblemente endeble. En la muy subjetiva división que hago entre buenos y malos lectores, queda claro desde el principio que se trata de un juicio de valor, un juicio que compartirán sólo algunos. Siempre habrá otros que dirán todo vale y el juicio de Bloom vale lo mismo que el de un lector primerizo, pero, caray, yo pienso que eso no se puede decir así no más, sin una serie de consideraciones de por medio
4.
Y sobre lo de la etiqueta del texto, ¿en verdad tenemos que seguir discutiendo al respecto? ¿En verdad es importante?
Un saludo muy cordial. Es siempre un gusto tener este tipo de conversaciones.
PRB
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